Exterminio racial: Fragmentos para una arqueología del presente.
El exterminio es cada vez más una realidad. La imagen llega pixelada, intermitente.
Una figura infantil en estado de desnutrición que se muere en los brazos de su madre famélica.
El silencio posterior no es ausencia de sonido, es una infraestructura del olvido.
Veo Gaza como una escritura borrada. Un palimpsesto que sangra bajo cada intento de negar lo evidente.
¿Puede una ciudad ser borrada tantas veces sin que desaparezca el mundo en su conjunto?
Lo que se dirime en estas ruinas no es sólo geopolítica. Es ontología. Es el derecho a existir sin estar permanentemente traducido en cifras, en daño colateral, en retórica de autodefensa.
Cada cuerpo palestino es una pregunta que se lanza al lenguaje. Y el lenguaje responde con cinismo: “Zona de conflicto”, “Operación precisa”, “Terrorismo”.
Pero ¿cómo se dice genocidio cuando los algoritmos lo rebajan a tendencia?

Coreografía del exterminio: cuerpos que claman por pan en un teatro de bloqueo
Hay una estética de la devastación que se cuela por cada pantalla. La repetición de la imagen neutraliza su sentido.
El niño a punto de morir es ahora un ícono, deslizable, compartible, desapegada de todo vínculo. Donde antes había duelo, ahora hay “engagement”.
Escribo para resistir esa mutación: “Europa ve los cuerpos sólo si su idioma los traduce. Lo otro, lo árabe, lo palestino, es ruido histórico. No hay justicia universal. Sólo estética de justicia”.
Conversación imaginaria con Walter Benjamin:
—La historia no avanza, dice él desde su ángel de escombros.
—Retrocede hacia el desastre, arrastrada por el viento del progreso.
—¿Y Gaza?
—Es el fulcro, el punto en que la historia ya no puede ocultar su forma.
—Una intifada contra la linealidad misma.
Negar Gaza es negar al Otro como posibilidad.
No se trata solo de Palestina, sino del modo en que Occidente se autoprotege del espejo ético.
Exterminio por diseño
El exterminio, fragmentado y persistente, encuentra refugio en la estadística, en la omisión editorial, en el algoritmo que decide a quién se le concede la dignidad de lo humano.
Hay palabras que caen como drones: “Complejidad”, “Ambigüedad”, “Ambos lados.
Son las formas que adopta la retórica para diluir la responsabilidad.
Diálogo imaginario con Heidegger:
—Lo técnico ya no oculta su esencia.
—El mundo es un depósito.
—Los niños palestinos, recursos descartables.
—La muerte, un cálculo logístico.
Y entonces, escribimos. No para explicar. No para convencer, sino para no colaborar con el lenguaje que vuelve aceptable el exterminio.
Existe Gaza. No existe Dios. O quizás existe, pero se niega a intervenir. O quizás existimos nosotros porque Dios no lo hace.
No es blasfemia. Es constatación. Es la ética de la mirada que no quiere consuelo, sino comprensión.
Como Primo Levi, como los que han estado en el umbral de la muerte fabricada por humanos, ellos saben que hay sitios donde la teología calla, donde el silencio de Dios se vuelve ruido en los huesos.
En Gaza, el exterminio a través del hambre no es ausencia: es arquitectura. Un diseño invisible que se despliega como lenguaje militar. Los cuerpos se vuelven signos, cifras, espectros. El pan, una ficción. El agua, un rumor. Israel administra la inanición como si fuera gramática: sujeto, verbo, desaparición.
Y mientras el mundo mira hacia otro conflicto, la muerte lenta se vuelve ruido blanco.
El genocidio ya no necesita balas. Solo necesita que el silencio se parezca a la lógica.
El hambre como arma es más que una estrategia bélica: es una forma de escritura política sobre el cuerpo. En contextos como Gaza, donde Israel impone restricciones alimentarias sistemáticas, el hambre se convierte en un lenguaje de exterminio, una forma de borrar al otro sin disparar. Filosóficamente, es el símbolo de una época donde la violencia se administra como logística, y el cuerpo hambriento se vuelve archivo del horror.
Marinette, Alma, Yulara: nombres de barcos detenidos en tiempos de exterminio
La flotilla que intenta parar el exterminio se fragmenta en el horizonte como una oración interrumpida. Cuarenta y dos barcos, cada uno con su carga de arroz, penicilina, activistas y cámaras apagadas. El Mediterráneo no es azul, es un archivo líquido. El Marinette, último en la línea, transmite en vivo hasta que una mano militar rompe la lente. La imagen final: una nota escrita a mano que dice “¡Vemos un barco! Es un barco de guerra”.
Greta Thunberg recibe una chaqueta de manos de un soldado israelí. La escena es cuidadosamente fotografiada. El gesto, el encuadre, la narrativa: todo está calibrado para que el mundo vea una versión de la seguridad. Pero los barcos no eran provocación, eran gramática humanitaria. La Global Sumud Flotilla, con más de 500 voluntarios de 40 países, intentaba romper el bloqueo naval sobre Gaza, un cerco que desde 2007 ha convertido el enclave en una cápsula de hambre.
Intercepción del pan: el exterminio también navega.
Israel intercepta. Israel deporta. Israel argumenta: “zona de combate activa”, “bloqueo legal”, “provocación disfrazada de ayuda”. Pero los activistas denuncian: “ataque ilegal contra humanitarios desarmados”, “embestidas intencionales”, “cortes de comunicación”, “cámaras fuera de línea”. El lenguaje se bifurca. ¿Qué significa “legal” cuando la ley se aplica sobre cuerpos hambrientos?
La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa advierte: “Los ataques deliberados contra civiles y la destrucción de infraestructura no pueden justificarse como legítima defensa”. Y sin embargo, Gaza se hunde. No por bombas, sino por la ausencia de pan. La hambruna como dispositivo. El exterminio como algoritmo de inanición.
La palabra “genocidio” tiembla. No por falta de evidencia, sino por exceso de cálculo. ¿Cuántos días sin agua? ¿Cuántos niños con el estómago vacío? ¿Cuántos barcos detenidos antes de que el mundo diga “esto es demasiado”? La respuesta no está en los números. Está en el silencio que sigue a cada intercepción.
El Dios de los cristianos, judíos y musulmanes observa desde el universo. No interviene. No puede. Pero recuerda. Cada barco detenido es un verso que no llegó a destino. Cada activista deportado es una sílaba que el mundo no quiso escuchar.
La flotilla no era una solución. Era una pregunta. ¿Puede el hambre ser una estrategia militar? ¿Puede la ayuda ser criminalizada? ¿Puede el mar ser cómplice?
La respuesta está en el Marinette. En su última transmisión. En la nota escrita a mano. En el momento en que la cámara se rompe y el mundo deja de mirar.
Nota final: Esta nota no tiene conclusiones. Sólo fragmentos. Como Gaza. Como el mundo cuando decide mirar hacia otro lado.
Alejandro Lamaisón