IMPOSTURA COMO FORMA DE GOBIERNO
En estos tiempos de simulacros generalizados, la impostura -que otrora fuera considerada deshonesta, malintencionada o incluso ilegal- hoy es adoptada por Milei como si se tratara de un acting de cosplayer: un presidente que horas antes reivindica a Pinochet en Santiago, mientras su aliado Katz celebra la apertura de una ruta comercial hacia las Malvinas, aparece en cadena nacional con gesto congelado, rodeado de ministros petrificados en una coreografía de incredulidad.
El discurso de Javier Milei sobre Malvinas es menos un acto de soberanía que un montaje, un simulacro que recuerda la atmósfera paranoica de André Glucksman: un país atrapado en la tensión entre espectáculo y vacío.
Dicha impostura se revela en la contradicción entre sus gestos recientes y su historial de declaraciones y políticas. Tras haber avalado públicamente la posición británica sobre la autodeterminación de los isleños y relativizado la dignidad argentina para recuperar el territorio, ahora intenta capitalizar la causa como bandera electoral.
Asimismo, el gobierno ha otorgado beneficios a petroleras vinculadas a operaciones en las islas y demorado en repudiar proyectos hidrocarburíferos extranjeros, lo que desnuda la falta de convicción real en la defensa de la soberanía. La estrategia, atribuida a Santiago Caputo, busca revertir encuestas que lo mostraban como “vendepatria”, pero se sostiene más en marketing político que en coherencia ideológica.
SI UNO VIVE EN LA IMPOSTURA
La hiperactividad política en Casa Rosada es otro síntoma de esta impostura: reuniones de gabinete consecutivas, encuentros con empresas multinacionales y actos protocolares que buscan proyectar liderazgo tras semanas de aislamiento en Olivos. El objetivo es instalar la imagen de un presidente activo y comprometido, aunque la agenda esté marcada por gestos superficiales y distracciones frente a la crisis económica y el endeudamiento. El recurso de poner a Malvinas en el centro de la escena funciona como un manotazo de ahogado para recuperar iniciativa y presencia en redes, pero dentro del propio gobierno reconocen que es una estrategia frágil, incapaz de ocultar la falta de convicción y las contradicciones que atraviesan su gestión.
El guion es conocido. Milei leyó la ley 26.659 la semana pasada como si fuera un hallazgo propio, cuando en realidad fue promulgada por Cristina Kirchner en 2011 y aplicada en 2021 contra Navitas Petroleum y Harbour Energy. Los libertarios jamás la usaron contra el proyecto Sea Lion. La impostura es doble: se declama soberanía mientras se desmantela el Ministerio de Defensa, se compra chatarra voladora, se destruye el sistema científico-técnico y se ignora la problemática pesquera. La épica se reduce a un gesto televisivo, un eco hueco en cadena nacional.
La contradicción es feroz. El mismo día en que Chile y el Reino Unido avanzan en un puente logístico con las islas, Milei se disfraza de nacionalista salvaje. El retrato thatcheriano que alguna vez colgó en su despacho se convierte en un espejo que distorsiona: de libertario furioso a la impostura ridícula de patriota, actitud que muta según la necesidad de sostener una imagen en caída.

La Odisea de la impostura malvinera de Milei, el Ulises libertario
Como se pregunta Aliverti en su columna semanal: ¿A quién puede ocurrírsele que El Retrato de Dorian Grey no acaba exhibiendo los pecados y la maldad de aquel que vende simbólicamente su alma a fines de mantenerse, para el caso, en una juventud ideológica que de libertario furioso habría mutado a nacionalista decidido?
Asimismo, el poder económico que lo encumbró -Paolo Rocca, Eduardo Eurnekian, el círculo rojo empresario- comienza a mostrar fisuras. Los industriales que lo apoyaron hoy padecen un plan económico que desprecia la producción local. Rocca, que alguna vez exigió “ponerle el bozal” al presidente para evitar insultos a la industria, ahora mide la posibilidad de instalar a un empresario como futuro candidato presidencial. La misma mano que lo llevó al poder busca reemplazarlo.
UN SIMULACRO PELIGROSO
En este sentido, la impostura malvinera se inscribe en un paisaje más amplio: un gobierno que se jacta de ser felpudo de Washington, que anuncia bases navales en Ushuaia exigidas por la generala estadounidense Laura Richardson, que vacía el presupuesto mientras proclama soberanía. La escena es de un absurdo de manual: un presidente que se convierte en caricatura de Galtieri, un país que asiste al espectáculo como si fuera un capítulo más de la novela interminable de su crisis.
En clave Librepensante, la impostura se revela en tres planos:
El simulacro televisivo: la cadena nacional como performance, un teatro de gestos congelados y palabras recicladas.
La contradicción estructural: reivindicar a Pinochet y a la vez proclamarse defensor de Malvinas es un oxímoron que desnuda la farsa.
El desgaste del poder: los mismos empresarios que lo llevaron al poder ahora buscan un reemplazo, confirmando que el experimento libertario se agota.
A simple vista, la impostura malvinera parecería un error aislado. Pero no.
Es la farsa irrespetuosa de los valores nacionales, el síntoma de un gobierno que, gracias a la armadura mediática y judicial que lo protege, entrega soberanía a troche y moche, dajándonos un país que contempla su propia desintegración como si fuera parte de un guion interminable, un eco hueco que revela la fragilidad de lo humano cuando la impostura se normaliza como forma de existencia.
Alejandro Lamaisón