Sosias del hombre de campo: el jubilado
La parábola «Ante la Ley», relato breve enmarcado dentro de la novela «El Proceso» de Franz Kafka, encaja de manera casi exacta con la situación del jubilado argentino frente al sistema previsional.
A continuación, analizaremos esta trágica similitud a través de los elementos semiológicos de la obra del gran escritor checo.
En la parábola contenida en la obra, el «hombre de campo» es alguien inocente, que viene desde afuera del sistema y espera pacientemente porque cree en la legitimidad de la Ley.

El jubilado o su sosias, el hombre de campo a quien se le niega la entrada a La Ley.
De la misma manera, el trabajador argentino que aporta durante décadas cree en un pacto social: trabajar toda la vida para recibir una vejez digna. Al jubilarse, se encuentra en la posición del «hombre de campo»: esperando pacientemente ante una puerta que nunca se abre, acatando las reglas de un sistema que lo desgasta.
Si fue estafado por su patrón y le robaron los aportes, deberá accionar judicialmente de manera pacífica el tiempo que sea necesario -los tiempos de la justicia que pueden llevar años- hasta que se pueda demostrar su derecho adquirido mediante el sacrificio de toda una vida.
Jubilado ¡afuera!
El jubilado, al momento de retirarse de la vida laboral descubre que la «Ley» (ANSES) calcula mal su haber inicial. Al reclamar lo que le corresponde, se topa con los verdaderos guardianes del sistema. La ANSES actúa históricamente como el primer guardián que, sistemáticamente, apela cada fallo favorable a los abuelos.
La Corte Suprema de Justicia funciona como el segundo guardián. En la actualidad previsional, la propia Corte ha emitido resoluciones (como la polémica suspensión de plazos procesales para dictar sentencias) que congelan el avance de los juicios de reajuste. El mensaje del guardián judicial es idéntico al de la parábola: «Es posible que entres, pero ahora no».
El guardián no prohíbe la entrada de forma definitiva, sino que dice: «ahora no puedo permitírtelo». Esta es la esencia de la promesa burocrática. En el contexto previsional, el guardián toma la forma de:
Promesas de futuras fórmulas de movilidad que «esta vez sí» el sueldo del jubilado le ganará a la inflación.
Largas esperas por fallos judiciales de reajuste de haberes que el Estado posterga o apela sistemáticamente.
Discursos que postergan el bienestar presente en pos de un equilibrio fiscal futuro.
Mientras tanto, mientras espera, el jubilado se acerca cada vez más al final de su vida.
El brillo de la justicia cada vez más lejos
La existencia de herramientas económicas como el Fondo de Garantía de Sustentabilidad anticíclico hace que la situación sea aún más fiel a la parábola. El fondo existe, está ahí, se supone que es el respaldo creado justamente para proteger el sistema y garantizar su sustentabilidad.
En la obra, el hombre de campo puede ver el brillo que surge de las puertas de la Ley; sabe que adentro está lo que busca. El FGS es ese «brillo» visible: los recursos están, la riqueza acumulada existe, pero el guardián (las decisiones políticas y macroeconómicas de turno) interpone barreras para que esos fondos se utilicen con otros fines financieros o estatales, impidiendo que lleguen a su destino original: el bolsillo del jubilado.

Protesta de los jubilados de los miércoles.
Sin embargo, el jubilado ve con impotencia cómo los sucesivos gobiernos utilizan esos fondos contracíclicos para financiar proyectos ajenos, otorgar créditos hipotecarios indirectos a través de bancos, o equilibrar la macroeconomía, mientras sus haberes mínimos siguen congelados o licuados por la inflación. El brillo del dinero está a la vista y parece llamarlo, pero la entrada al fondo les está vedada y si hay algo que el jubilado argentino respeta es a la autoridad.
El hombre de campo entrega todo lo que tiene para convencer al guardián, y este acepta los regalos diciendo: «Lo acepto solo para que no creas que has omitido algún esfuerzo».
En el caso del jubilado, el sistema previsional replica este cruel mecanismo a través de los bonos extraordinarios y parches de emergencia. El Estado otorga bonos que complementan mínimamente el haber básico, pero sin integrarse formalmente al sueldo, manteniéndolos achatados. Al igual que el guardián de Kafka, el sistema otorga estas ayudas temporales no para resolver el problema de fondo (un sueldo digno), sino para aplacar el reclamo y dar la falsa sensación de que se está haciendo un esfuerzo por ellos, manteniendo al jubilado en un estado perpetuo de sumisión y agradecimiento por las migajas.
Una puerta a punto de cerrar
El aspecto más trágico es la aceptación de la justicia tal como es. Kafka describe cómo el hombre de campo gasta sus fuerzas, sus recursos y su dignidad (los sobornos que acepta el guardián equivalen a los constantes sacrificios económicos que hacen los mayores) mientras envejece y finalmente muere esperando.
El sistema previsional a menudo juega con el factor tiempo. La espera eterna provoca que muchos jubilados fallezcan sin haber alcanzado nunca ese haber digno o sin ver el cobro de los juicios que ganaron contra el Estado. La puerta de la dignidad previsional, que estaba destinada a ser el refugio de sus vidas, termina cerrándose con su último aliento.
Esta comparación demuestra que la literatura de Kafka no era una fantasía absurda, sino una radiografía exacta de cómo las estructuras de poder modernas asfixian al individuo mediante la espera, la burocracia y la promesa indefinida de una justicia que nunca llega.
La analogía kafkiana se vuelve aún más profunda cuando nos enfocamos exclusivamente en las distintas etapas de la vida del jubilado argentino, trazando un paralelismo exacto entre su historia y el texto kafkiano.

Foto tomada por Telesur que recorrió el mundo
El mayor drama de la previsión social es que el tiempo corre a favor del Estado y en contra de la biología. Los juicios de reajuste demoran años, pasando por apelaciones y salas de espera infinitas. Al final de la parábola, el hombre está muriendo, su vista falla y ya no puede levantarse. El guardián le revela que esa puerta era solo para él y que ahora procede a cerrarla.
Miles de jubilados fallecen esperando que el guardián firme la orden de pago de su sentencia firme. La justicia llega tarde, lo que penalmente equivale a una injusticia. Cuando el jubilado muere en la pobreza, el sistema previsional efectivamente «cierra la puerta» de ese expediente que estuvo destinado únicamente a él, habiendo consumido su vida entera en el umbral de la dignidad.
En este sentido, el jubilado argentino ha tomado conciencia de que la puerta está abierta para sólo para él e intenta entrar todos los miércoles.
Sólo que en la parábola Kafkiana, el guardián al menos tiene compasión por el anciano escuchando sus últimas palabras con respeto y sin ejercer ningún tipo de violencia, mientras que en la Argentina de la crueldad libertaria, el guardián lo destroza a palos cerrándole la puerta antes de tiempo y gozando de manera repugnante de su salvajismo inmoral.
Alejandro Lamaisón