Demoliciones de sueños
El polvo todavía flota en el aire, como si las demoliciones no hubieran terminado. El paisaje de Qalandia es un mosaico de ruinas y vigilancia: el muro de separación recorta la colina, la torre israelí vigila desde la distancia, y un arco oxidado anuncia “Bienvenidos a Qalandia” como si la palabra bienvenida no hubiera sido abolida.

Samer Hamdia camina sobre los escombros de su casa, construida en 2020 con los ahorros de toda una vida. “Bienvenidos a lo que solía ser mi hogar”, dice. La frase se convierte en epitafio. La excavadora israelí llegó en diciembre de 2025, sin aviso, con el estruendo de motores y el gas lacrimógeno que hizo llorar a periodistas en directo. Cada acometida contra las paredes fue, para Najla, “como un martillazo al corazón”.
La política de las demoliciones
Las demoliciones no son accidentes, ni errores administrativos. Son parte de un guion sistemático: despejar el camino para los asentamientos, aislar Jerusalén Este, presionar a las comunidades palestinas hasta que se marchen. El Centro de Asistencia Legal de Jerusalén contabilizó 300 propiedades palestinas destruidas en apenas seis semanas de 2026. La ONU advirtió que esta política conduce a la “despalestinización” de Jerusalén.
Informe periodístico sobre las demoliciones en Jerusalén.
En Qalandia, el muro separa lo anexionado de lo ocupado. Pero Israel planea más: un asentamiento religioso en las tierras del antiguo aeropuerto de Jerusalén. Para ello, necesita zonas de amortiguamiento, espacios vacíos donde antes había hogares, recuerdos, clanes familiares.
El tiempo detenido
Samer recuerda la primera noche en su casa: “Dormí como no había dormido en mucho tiempo. Sentí paz”. Esa paz duró un año. Luego llegó la negativa del permiso, el aviso fantasma, la demolición. Diez años de litigios, 10.000 NIS en abogados, joyas entregadas como garantía. Todo reducido a polvo.

Demoliciones de lesa humanidad: La esposa de Samer observa entre lágrimas lo que quedó de su hogar.
Najla, con su hija de once años, recorre los restos como quien visita una tumba. “Me duele el corazón verlo en escombros. Es como revivir la pérdida otra vez”. La casa no era solo ladrillos: era el inicio de un nuevo hosh, el complejo familiar que debía crecer con los matrimonios de los hijos. Era arraigo, continuidad, pertenencia.
Las demoliciones como espectáculo: el teatro del poder
La escena de las demoliciones se repite en aldeas de Cisjordania: órdenes de derrumbamiento, excavadoras, desalojos en pijama. La violencia burocrática se disfraza de legalidad, pero en el fondo es un teatro de poder. El sionismo de Netanyahu se despliega como una maquinaria de desposesión, arrasando propiedades palestinas y ejecutando lo que observadores internacionales califican como crímenes de guerra.
El gas lacrimógeno dispersa a los vecinos, pero no borra la imagen: una familia expulsada de su hogar, un pueblo que resiste entre ruinas, una ciudad que se desangra en silencio.
La coreografía de las demoliciones
La campaña israelí de demoliciones es más que un acto físico. Es un guion estratégico, una coreografía de desplazamiento silencioso. La otra cara de la apropiación de tierras: borrar la presencia palestina, limitar el crecimiento urbano, fracturar la continuidad de los clanes familiares. Desde 2023, más de 7.000 palestinos han sido desplazados. Las cifras se acumulan como capas de polvo sobre las casas destruidas: 1.178 propiedades en 2023, 1.768 en 2024, 627 en los primeros meses de 2025. Cada número es un hogar, un recuerdo, una infancia interrumpida.

El discurso oficial habla de “construcción ilegal”. El ministro Smotrich lo llama “lacra”. Pero detrás de esas palabras se esconde la maquinaria de una política que busca dividir Cisjordania en dos, aislar Jerusalén, expandir los asentamientos hasta el Valle del Jordán. La demolición es el preludio de la infraestructura colonial.
Epílogo
Excavadoras como metáforas del poder, gas lacrimógeno como lenguaje del silencio, niños llorando como eco de un futuro cancelado. La demolición no es solo la destrucción de una casa, es la tentativa de borrar una presencia, de convertir la vida palestina en ausencia.
“Si esperan que nos vayamos, están soñando”, dice Samer. La frase queda suspendida en el aire, como un desafío contra el polvo y la maquinaria. Las demoliciones no logra borrar la obstinación de permanecer.
En el gris de Qalandia, entre olivos y escombros, la vida palestina insiste. La política del derrumbe busca vaciar la tierra, pero lo que permanece es la memoria: la casa soñada, el canto de los pájaros, la certeza de que quedarse es la última forma de resistencia.
Alejandro Lamaisón
Fuente: Internacional Progresista