BANALIZACIÓN DEL MIEDO
Aquella tarde aciaga de 1940 en la que Walter Benjamin sintió miedo, no era sólo por su vida: era el temor de un intelectual atrapado en la maquinaria totalitaria que convertía la vida en residuo, en cifra, en desaparición. Benjamin temía la aniquilación física, pero también la aniquilación del pensamiento, la imposibilidad de seguir escribiendo en un mundo donde las palabras eran confiscadas por la propaganda nazi.
Perseguido por la SS (Schutzstaffel) , escribió que la historia se compone de ruinas acumuladas, que el ángel de la historia mira hacia atrás y ve catástrofes mientras es empujado hacia el futuro por la tormenta del progreso.

Un adolescente gazarí se orina de miedo al ser detenido por el ejército israelí.
Ese mismo miedo reverbera hoy en Gaza. La población gazarí vive bajo el zumbido constante de drones, bajo la amenaza de Netanyahu y su gobierno de extrema derecha, que convierte la existencia cotidiana en un campo de exterminio televisado. El miedo de Benjamin a los nazis se traduce en el pavor de los palestinos a un poder que decide quién merece vivir y quién debe ser borrado. En ambos casos, el terror no es solo la violencia material -la bomba, la bala, la cárcel- sino la violencia simbólica: la reducción del sujeto a enemigo, a desecho, a cifra estadística.
NACER Y MORIR CON MIEDO
Vivir con miedo en Gaza es como ser un replicante en Blade Runner: cada día es una cuenta regresiva, cada noche un rumor de drones que recuerdan que la muerte puede llegar en cualquier instante. Los gazaríes, como los replicantes, saben que su vida está marcada por un límite impuesto desde afuera, por un poder omnipresente que decide quienes son seres humanos y quienes deberían prescindir de esa categoría.
La escena en la que Rick Deckard (Harrison Ford) cuelga de una cornisa y Roy Batty (Rutger Hauer), el último replicante, lo salva mientras recita versos de Rimbaud, es una metáfora brutal: incluso quien ha sido condenado a morir conserva la capacidad de mostrar humanidad. “He visto cosas que vosotros no creeríais…”, dice Batty, y en ese gesto final revela que el miedo no destruye la dignidad, sino que la intensifica.
Vivir con el miedo a que te maten en cualquier momento ya que no eres considerado una persona. Sólo eres un replicante. Sólo eres un gazari.
Los palestinos viven esa paradoja: atrapados en un campo de concentración a cielo abierto, con leyes que los condenan por defecto, con un sistema que los reduce a enemigos. Y sin embargo, como Batty, siguen vibrando en la cuerda de la memoria, sosteniendo la dignidad en medio del temor. El miedo es atmósfera, pero también es resistencia: la certeza de que incluso en el borde de la cornisa, incluso en el instante de la caída, la humanidad puede salvarse en un gesto, en una palabra, en un recuerdo compartido.
CUANDO EL MIEDO ES LA LEY
La nueva ley israelí sobre la pena de muerte para palestinos en Cisjordania promulgada el 17 de mayo instala un miedo que no es abstracto, sino cotidiano, visceral: cada arresto, cada interrogatorio, cada tribunal militar es ahora una antesala de ejecución. La población palestina vive bajo la certeza de que la justicia ha sido programada para excluirlos, que la sentencia por defecto es la muerte.
El miedo no es solo al castigo físico, sino a la lógica que lo sostiene: un sistema que declara que matar a un israelí es negar la existencia del Estado, mientras que la violencia de los colonos queda legitimada como defensa. La angustia es saber que la ley no es neutral, que ha sido escrita para borrar.
En un paisaje apocalíptico de ruinas y discriminación, el miedo vibra como un ruido constante: tribunales que deciden por mayoría, sin posibilidad de indulto, juicios espectáculo que convierten la vida palestina en teatro de venganza. El miedo es el aire viciado del campo de concentración contemporáneo: Gaza, Cisjordania, las cárceles. El miedo es la certeza de que la historia se repite como tragedia, y que la ley misma se ha convertido en instrumento de exterminio.
LA GEOMETRÍA DEL MIEDO
El miedo en un campo de concentración no es un episodio aislado, sino un estado permanente de la existencia. Es el zumbido de los drones sobre Gaza, como lo fue el eco de las botas nazis en la Europa de Benjamin. Es la certeza de que la vida puede ser borrada en cualquier instante, reducida a cifra, a estadística, a silencio.
El miedo se convierte en respiración cortada, en vigilia interminable, en la espera de lo inevitable. Es un terror que no solo paraliza, sino que revela la brutalidad de un sistema que administra la vida como desecho. En Gaza, como en Auschwitz, el miedo es la atmósfera: la condición de existencia de quienes habitan el campo, atrapados en una tragedia que se repite.
Benjamin se suicidó en Portbou, atrapado entre fronteras que no le ofrecieron salida. Los gazaríes, atrapados en un enclave sitiado, experimentan esa misma clausura: sin fronteras abiertas, sin refugio, sin horizonte. El miedo se convierte en oxígeno, en respiración cortada, en espera interminable.
Walter Benjamin, uno de los cerebros más lúcidos del siglo XX, se suicida por miedo a caer en manos de los Nazis.
Así, el terror de Benjamin y el miedo gazarí se unen en una misma línea histórica: el temor a ser borrados por un poder que se proclama legítimo mientras organiza la aniquilación y el miedo a que la historia se repita como ruina, como catástrofe, como continuidad de genocidios que se justifican con nuevas palabras, pero que siempre dejan el mismo paisaje de cuerpos ausentes y memorias quebradas.
Sólo que esta vez, con la complicidad impúdica y vergonzante de la mayoría de la humanidad.
Alejandro Lamaisón