LA GUERRA COMO RITUAL DE VENGANZA
La guerra se reactivó como un eco oscuro, un retorno inevitable. El miércoles 8 de junio de 2026, el Golfo Pérsico se convirtió en un tablero de fuego: Irán lanzó una ofensiva contra la Quinta Flota estadounidense en Baréin y golpeó 85 objetivos militares en cuatro países.
La escena parecía escrita en un guion de catástrofe: misiles balísticos, enjambres de drones, depósitos de combustible ardiendo, radares Patriot cegados. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica lo llamó respuesta, pero en realidad era un acto de memoria, un gesto de venganza que se enlazaba con los funerales multitudinarios del ayatolá Alí Jameneí, asesinado el 28 de febrero por el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel.
Las imágenes transmitidas desde Teherán mostraban multitudes que coreaban consignas de muerte contra Trump y contra Israel. La guerra se volvió un ritual colectivo, un teatro de duelo y furia. En las calles, millones de cuerpos se movían como una sola respiración, reclamando justicia. La voz de Mojtabá Jameneí, hijo y sucesor del líder supremo, resonaba como un juramento: “Juramos vengar a los asesinos criminales por su sangre inocente derramada…”.
GUERRA INVERTIDA: EL CORAZÓN EXPUESTO DE LA QUINTA FLOTA
Trump, en su estilo brutal, había llamado “escoria” a los iraníes horas antes de ordenar el bombardeo de 90 objetivos en Irán. Su frase -“We have many ways we can win, but we’ve already won militarily…”- flotaba como un eslogan vacío, un simulacro de victoria.
Pero la realidad era otra: la Quinta Flota, ese inmenso aparato que controla 2,5 millones de millas cuadradas de mar, fue alcanzada en su propio corazón. Portaaviones, destructores, submarinos, aviones de combate: toda la maquinaria bélica estadounidense quedó expuesta, vulnerable, como si la guerra hubiera invertido sus coordenadas.
El ataque coincidió con un nuevo quiebre del alto el fuego. Washington acusó a Irán de atacar 13 embarcaciones comerciales cerca del estrecho de Ormuz; Teherán replicó que fue Estados Unidos quien violó el entendimiento. La verdad se disolvió en la niebla de la propaganda, en algoritmos de inteligencia artificial que clasifican escuelas como objetivos militares, en radares que confunden barcos civiles con amenazas. La guerra, con su halo de destrucción, suma dos nuevas atrocidades: el error y es cálculo fallido de la máquina que decide quien no debe y quien debe morir.

La guerra a pleno: Lanzamiento de un proyectil durante lo que, según el Comando Central de EE. UU. (Centcom), fue la tercera ronda de ataques de esta semana contra Irán. (Archivo: 11.07.2026)Imagen: U.S. Central Command/Handout/REUTER
En el Congreso estadounidense, la fractura se profundiza. Trump exige 67.100 millones de dólares de emergencia para sostener la ofensiva, mientras algunos republicanos buscan limitar sus poderes militares. El dinero se convierte en otra forma de sangre: cada día, mil millones de dólares destinados a la guerra, cada misil Tomahawk como cifra en un balance contable. La economía se funde con la violencia, el petróleo supera los 83 dólares por barril, el oro alcanza máximos históricos. El mercado reacciona como un organismo nervioso, temblando ante cada explosión en el estrecho de Ormuz.
GUERRA EXPECTRAL Y TEATRO GLOBAL
Hoy, la guerra entre Irán y Estados Unidos se ha transformado menos en un enfrentamiento militar que en un relato de espectros: el cadáver de Jameneí convertido en símbolo, las niñas de Minab muertas por un Tomahawk, los funerales multitudinarios que se transforman en amenaza colectiva.
Asimismo, es también un teatro global: Rusia y China condenan, Europa se divide, España y Italia dicen “no a la guerra”, mientras Trump estrecha la mano de Netanyahu y proclama que los “chicos buenos” luchan contra los “malos”.

Un verdadero teatro del absurdo, donde cada ataque genera otro ataque, donde cada palabra de odio produce otra explosión. Y en el fondo, lo que queda es la certeza de que ninguna de estas muertes acerca a la paz, que ningún misil puede borrar el duelo, que ningún cálculo estratégico puede justificar el sacrificio de millones de vidas.
La guerra, al final, sólo refleja la degradación del alma humana: la ambición, la soberbia, el miedo. Y en ese reflejo, lo humano se disuelve.
Lo absurdo es que seguimos llamando a esto “victoria”.
Alejandro Lamaisón