En la era Milei, ciertos valores tradicionales parecen haberse invertido: lo que antes era condena social, hoy puede traducirse en apoyo político.

EVANGELIO INVERTIDO

EL EVANGELIO INVERTIDO: LA NUEVA MORAL DEL AJUSTE

UN MUNDO INVERTIDO

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Milei ha invertido los valores al punto tal de estetizar la maldad hasta hacer deseable el sufrimiento propio y ajeno.

El pueblo acepta el camino invertido hacia su propia destrucción como si el dolor fuera un sacramento.

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EL EVANGELIO INVERTIDO: LA NUEVA MORAL DEL AJUSTE comentarios en «2»

  1. El artículo propone una interpretación moral del presente político, pero incurre en una falacia de totalidad. La noción de “evangelio del ajuste” presupone una conversión colectiva hacia el sacrificio como valor, sin ofrecer evidencia empírica que sustente semejante desplazamiento cultural.
    La ciudadanía Argentina, lejos de haber adoptado una “moral invertida”, expresó en las urnas un cambio de preferencia política motivado por el desgaste de un modelo previo y por expectativas concretas de gestión. Confundir esa decisión con una adhesión teológica al dolor es desconocer la heterogeneidad social y los múltiples niveles de racionalidad del voto.
    El malestar no es fe ni penitencia: es síntoma de una crisis prolongada que la política (toda) aún no ha sabido resolver.

    1. Respuesta editorial «Librepensante»
      Por Alejandro Lamaisón
      En primer lugar, gracias por la discusión elevada y por ejercitar la dialéctica (la negación de la negación) de nmanera tal que se pueda aspirar a una síntesis superadora.
      La moral no se vota. Se filtra. Se desliza por las rendijas del lenguaje, por las frases que repiten los medios, por el gesto del funcionario que sonríe mientras recorta. No hay evidencia empírica del dolor, pero el dolor está. Está en la forma en que la gente camina, en cómo se agacha para pagar, en cómo se calla cuando el precio sube. Está en la arquitectura del supermercado, en la música que suena mientras el salario se evapora.
      El evangelio del ajuste no es una doctrina. Es una estética. Una forma de organizar la crueldad con eficiencia simbólica. No necesita conversión colectiva. Le basta con la repetición. Con la frase que se vuelve eslogan: “no hay plata”, “hay que sacrificarse”, “el Estado es el enemigo”.
      La inversión moral no es una teoría. Es un dispositivo. Un modo de hacer que el sufrimiento parezca virtud. Que el recorte se celebre como limpieza. Que el hambre se lea como madurez.
      La política no ha resuelto la crisis, cierto. Pero hay algo más profundo que la política. Una maquinaria invisible que convierte el malestar en espectáculo. Que transforma la pérdida en narrativa heroica. Que convierte el ajuste en redención.
      No hablamos de fe. Hablamos de una liturgia sin Dios. De una misa sin altar. De una ciudadanía que ha aprendido a aplaudir mientras se desangra.
      No hay falacia de totalidad. Hay totalidad de falacia. Un sistema que ha hecho del sacrificio un valor, sin pedir permiso. Sin necesidad de evidencia. Porque la evidencia está en el cuerpo. En el cuerpo que se adapta. En el cuerpo que se resigna. En el cuerpo que vota, sí, pero también en el que se calla.
      Veo jubilados apaleados hasta sangrar, veo personas sin piernas y sin ojos que tienen que concurrir en persona para que no les quiten los subsidios, veo que cierran 38 industrias por día, veo un presidente que hace como si se masturbara en público mientras se ríe cuando un escolar se cae desmayado a su lado. ¿Es esto un valor positivo?No es metáfora. Es coreografía. Una danza de signos invertidos. El dolor como trámite. La humillación como requisito.
      ¿Es esto un valor positivo? No lo sé. Pero sé que se repite. Y lo que se repite, se normaliza. Y lo que se normaliza, se convierte en valor.
      El presidente hace gestos obscenos. No importa si lo hace o si lo simula. Importa que el gesto existe. Importa que el gesto se transmite. Importa que el gesto se convierte en símbolo.
      La industria se cierra. Treinta y ocho por día. No es una cifra: es un ritmo. Una música de clausura. Una sinfonía del desmantelamiento.
      Y mientras tanto, los jubilados sangran. No por accidente. Por diseño.
      La moral no está en los discursos. Está en los cuerpos. En lo que se les exige. En lo que se les niega. En lo que se les obliga a soportar.
      No hay falacia de totalidad. Hay totalidad del espectáculo. Un espectáculo donde el sufrimiento es parte del decorado. Donde el dolor es parte del guion. Donde la crueldad es parte del estilo.
      No es política. Es estética. Una estética del ajuste. Una estética del desprecio.
      Y si eso no es inversión moral, ¿qué lo sería?

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