LA PRIVATIZACIÓN COMO RUIDO DE FONDO
En el aire de la argentina libertaria, de silencios cargados, de pasillos donde el poder se desliza como electricidad invisible, la privatización de Transener parece contaminar la atmósfera densa, viciada de inquietud. En la superficie, los números: 253 mil millones de pesos en dividendos liberados apenas horas después de que los Neuss y sus socios tomaran el control. Pero debajo, lo que late es la sensación de un truco viejo, un eco de los noventa, un capitalismo de amigos que se repite como un mantra.
El 27 de agosto, el directorio de Transener resolvió repartir esa suma monumental mediante la “desafectación parcial de la cuenta de reserva destinada al pago de futuros dividendos”. Al día siguiente, Genneia comunicó a la CNV la perfección de la transferencia de acciones.
La secuencia es precisa, burocrática, casi quirúrgica. Pero en este aire corroído por el tráfico de influencias, importa más la textura que la cronología: el murmullo de las pantallas en las bolsas del mundo, los documentos enviados a la Comisión Nacional de Valores, el zumbido de los servidores que registran la operación. Una coreografía de datos que oculta la simpleza brutal del movimiento: comprar con la caja de la propia empresa.

La privatización de Transener como metáfora de una conexión que une corrupción, amiguismo y deterioro del patrimonio nacional.
Los nuevos dueños —Genneia de Jorge Brito, Edison de los hermanos Neuss, Newsan de Cherñajovsky y Galli, Inverlat de Stanley y Salvai— aparecen como personajes de una novela coral. Cada uno con su biografía de poder, cada uno con su expansión territorial: Patagonia, Tucumán, Jujuy. La electricidad como metáfora de control, como red que atraviesa el país y conecta a los empresarios con el Estado, con los bancos, con los partidos políticos.
En el territorio de los significantes libertarios, la privatización es un escenario donde se cruzan tres notas periodísticas que denuncian lo mismo:
a) El reparto inmediato: los dividendos se liberan apenas consumada la transferencia, como si el tiempo fuera parte del truco.
b) La falla del sistema: durante la licitación, la oferta de los Neuss no aparecía, luego apareció, más alta, más conveniente. El sistema informático como personaje, como sospecha.
c) La caja heredada: los fondos acumulados cuando el Estado aún era socio, convertidos en botín privado.
La narrativa se vuelve paranoica: pantallas que muestran cifras, funcionarios que hablan de “problemas en el sistema”, empresarios que se sientan en directorios con la naturalidad de quien entra en un living. Todo parece normal, todo parece legal. Pero la atmósfera es de conspiración. Como en la novela «Ruido de fondo«, lo que importa no es el hecho sino la sensación de que el hecho está rodeado de un ruido que lo vuelve sospechoso.
El Estado, a través del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la ANSES, conserva un 19,6% de las acciones. Ese detalle introduce un matiz: el sistema previsional argentino participa del dividendo, recibe unos 49 mil millones de pesos. Pero la pregunta que flota es otra: ¿qué posición adoptaron los representantes del FGS frente a la decisión de liberar la reserva? ¿Qué análisis hicieron sobre el efecto que esa caja tenía en la valuación de Transener antes de la privatización?
En clave semiótica, la privatización de Transener es un relato sobre la electricidad como metáfora del poder contemporáneo. Líneas de 500 kV que atraviesan el país, como frases largas que atraviesan la novela. Una red invisible que conecta bancos, ministerios, empresas, familias. El reparto de dividendos es menos un movimiento contable que un gesto literario, un signo de cómo el capital se apropia de la energía acumulada, de cómo el poder se alimenta de reservas construidas en otro tiempo.
La escena final es casi cinematográfica: los Neuss, Brito, Carballo, Cherñajovsky, Galli, Salvai. Una mesa de directorio, papeles firmados, cifras que se repiten en pantallas. Afuera, el país con cortes de luz, con un sistema eléctrico que necesita inversiones. Adentro, la caja se abre y el dinero fluye. Como en «Ruido de Fondo», lo que queda es la sensación de que el verdadero escándalo no está en los números, sino en el ruido que los rodea, en la atmósfera de sospecha que convierte la privatización en un relato de poder, conspiración y electricidad.
EXPLICACIÓN FÁCIL DE UNA PRIVATIZACIÓN ESCANDALOSA
La privatización amañada de Transener refleja con crudeza la lógica de un tiempo político en el que la democracia baja su intensidad: el Estado se retira, los privados avanzan, y en el medio queda la sospecha de que lo público se malvende para beneficio de unos pocos.
El caso es claro. El grupo empresario liderado por los hermanos Neuss asumió el control de la transportadora eléctrica a fines de agosto. Apenas días después, el nuevo directorio autorizó un reparto de dividendos por $253.535.989.514, dinero acumulado en ejercicios anteriores, cuando el Estado aún era socio. La cifra equivale a casi dos tercios de los USD 356 millones que pagaron por quedarse con la compañía. En otras palabras: compraron con la caja de la propia empresa.
La secuencia quedó registrada en los documentos enviados a la Comisión Nacional de Valores. El 27 de agosto, Transener informó la “desafectación parcial de la cuenta de reserva destinada al pago de futuros dividendos”. Al día siguiente, Genneia comunicó la perfección de la transferencia de las acciones de ENARSA en Citelec. Todo legal, todo prolijo. Pero la prolijidad no borra la sensación de estafa de guante blanco.
La historia recuerda viejas artimañas en el esquema de privatización de empresas argentinas: vender activos estratégicos a precio bajo, permitir que los compradores recuperen rápidamente lo invertido y dejar al Estado sin capacidad de incidencia.

De Menem a Milei: Después de cuarenta años la historia se repite en una nueva privatización con tintes escandalosos.
El Ministerio de Economía fijó un precio base de 206 millones de dólares. Edenor ofertó 230 millones, Central Puerto 301 millones, y finalmente Genneia y Edison Transmisión ganaron con 356 millones. Pero el proceso tuvo un episodio oscuro: la oferta de los Neuss no aparecía en el sistema, luego apareció, más alta, más conveniente. Los funcionarios hablaron de “problemas técnicos”. Los empresarios rivales sospecharon que alguien les permitió ver las ofertas antes de presentar la suya.
El reparto de dividendos reabre la discusión sobre el precio real de la privatización. Transener es un activo estratégico: opera el 85% de la red de transporte de energía eléctrica en alta tensión y más de 12.000 kilómetros de líneas de 500 kV. Un sistema que, según todos los especialistas, necesita inversiones urgentes para evitar apagones y cortes de luz. Sin embargo, los nuevos dueños prefirieron llevarse el dinero a casa en lugar de destinarlo a mejorar la red.
El Estado, pese a todo, no salió completamente. A través del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la ANSES conserva un 19,6% de las acciones. Eso significa que participa del dividendo, unos 49 mil millones de pesos. Pero también implica que sus representantes tuvieron voz en la decisión de liberar la reserva. ¿Qué posición adoptaron? ¿Qué análisis hicieron sobre el efecto que esa caja tenía en la valuación de la empresa antes de la venta? Preguntas que aún no tienen respuesta.
La privatización de Transener se inscribe en el diseño de la política energética libertaria: reducir la presencia estatal, abrir el juego a los privados, cumplir con las exigencias del FMI. Pero lo que queda en evidencia es otra cosa: la consolidación de un capitalismo de amigos, donde empresarios cercanos al poder se benefician de operaciones que, aunque legales, dejan un sabor amargo.
El estilo “Librepensante” obliga a mirar más allá de los números. Lo que está en juego no es solo una transportadora eléctrica, sino el sentido mismo de lo público. ¿Qué significa vender un activo estratégico por debajo de su valor real? ¿Qué implica que los nuevos dueños recuperen dos tercios de lo pagado en cuestión de días? ¿Qué mensaje se envía a la sociedad cuando las ganancias acumuladas se convierten en botín privado?
La respuesta es política y cultural: se naturaliza la idea de que lo público es ineficiente, que debe ser entregado, que el mercado resolverá. Pero la realidad muestra otra cosa: empresas rentables, reservas millonarias, activos estratégicos que se malvenden. El escándalo de Transener no es un hecho aislado. Es un síntoma de un modelo que privilegia a los grupos empresarios cercanos al poder y debilita la capacidad del Estado de garantizar servicios esenciales.
En el cierre de esta historia, lo que queda es la imagen explosiva de una operación que desnuda el verdadero sentido de la privatización: los nuevos dueños no solo compraron la empresa, compraron la alcancía con la plata adentro. Y mientras el país necesita inversiones para sostener su red eléctrica, ellos se llevaron en cuestión de horas lo que debería haber sido futuro, el retrato perfecto de un modelo que convierte lo público en botín y lo estratégico en negocio privado.
Alejandro Lamaisón