LA GUADIA NACIONAL EN LA ERA TRUMP
La irrupción de la Guardia Nacional en ciudades estadounidenses durante protestas sociales revela una mutación simbólica del poder: el fascismo como dispositivo de ordenamiento de los cuerpos y el capitalismo como criatura quimérica que absorbe símbolos ajenos para sostener su arquitectura en ruinas.
Donald Trump acaba de autorizar el despliegue de 300 soldados de la Guardia Nacional en Chicago y anuncia que enviará tropas a Portland, Oregon, “autorizando toda la fuerza, si es necesario” para manejar a “terroristas internos”. Como de costumbre, el discurso de Trump no tiene límites y afirma que “Portland está en llamas. Hay insurrectos por todas partes”.
Chicago y Portland son los últimos puntos críticos en la agresiva campaña de deportaciones masivas de la administración Trump, que ya desplegó militares en otras ciudades como Los Ángeles y Washington.
ACCIONES DE LA GUARDIA NACIONAL: CRÓNICA DE UNA INTERVENCION FANTASMA
No es el ruido marcial de la guardia nacional. No es el estruendo de las sirenas, ni el canto de las multitudes, sino ese zumbido que antecede al colapso: el sonido de los drones, el crujido de las botas sobre el asfalto, el murmullo de órdenes que nadie entiende pero todos obedecen. En Detroit, en Portland, en Atlanta, los manifestantes alzan pancartas como espejos rotos.
No es una metáfora. No es un error de traducción. Es una imagen aggiornada de la Guardia Civil española, con sus tricornios, sus uniformes verdes, sus gestos de otro siglo desplegada en suelo estadounidense como si la historia se hubiera equivocado de continente.
Nadie sabe explicar cómo ni por qué. Los comunicados oficiales hablan de “cooperación internacional en materia de orden público”. Pero los cuerpos en el suelo, los ojos irritados por el gas, los gritos en lenguas cruzadas, dicen otra cosa.
En Nueva York, una mujer con una camiseta que dece “We are the storm” es detenida por un agente que habla castellano con acento de Zaragoza. En Chicago, los escudos llevan el emblema de la corona borbónica. En Los Ángeles, los helicópteros proyectan sombras que parecen sacadas de una novela de Bolaño. Todo es real y al mismo tiempo irreal, como si el país hubiera entrado en una zona de interferencia simbólica.

Un cartel pide liberar Washington D. C. luego de que Trump enviara 800 soldados de la Guardia Nacional a la capital del país.Im
Los medios dudan ¿Es una intervención? ¿Una simulación? ¿Una exportación de protocolos represivos? Algunos hablan de una “Guardia Nacional privatizada”, contratada por conglomerados de seguridad transnacional. Otros dicen que es una performance, una obra de arte político. Pero los detenidos no son actores. Los golpes no son parte del guion.
Y entonces, como si el guion se reescribiera en tiempo real, Donald Trump anuncia el envío de tropas a Chicago. Dice que protegerían activos federales. Dice que intervendrán en Portland “si es necesario”. Dice que los responsables son “terroristas internos”.
La frase se repite en los noticieros, en los feeds, en los algoritmos. Terroristas internos. Como si el enemigo ya no estuviera afuera, sino dentro del lenguaje, dentro del cuerpo social, dentro del espejo. Gobernadores y jueces demócratas cuestionan la medida, pero el ruido ya está instalado. El ruido blanco. El zumbido. La interferencia.
La escalada de la aplicación de la ley federal sigue a otros despliegues similares en el país. Trump desplegó la Guardia Nacional en Los Ángeles y en Washington, D.C., y se espera que las tropas de Tennessee apoyen a la policía de Memphis.
El gobernador de California, Gavin Newsom, recurre a la justicia para detener el despliegue en Los Ángeles y obtiene un bloqueo temporal en una corte federal. El gobierno de Trump apela, y un panel de tres jueces de la Corte Federal de Apelaciones del IX Circuito indica que probablemente prevalecerá.
“La historia se repite, no como farsa, sino como interferencia. El fascismo no necesita pasaporte. Solo necesita una señal.”
Y así, mientras la Guardia Nacional patrulla calles que no son suyas, mientras los soldados estadounidenses se despliegan como piezas de ajedrez en ciudades fracturadas, el capitalismo quimérico continúa mutando. Absorbiendo símbolos, narrativas, uniformes. Sosteniéndose en el caos como quien respira en una atmósfera tóxica.
EL NUEVO LENGUAJE DE UNA GUARDIA NACONAL EN ACCIÓN
La presencia de la Guardia Nacional en ciudades estadounidenses no es solo un hecho político: es una mutación simbólica. Un síntoma de que los dispositivos de control ya no respetan fronteras, ni lenguas, ni narrativas.
El capitalismo, en su fase quimérica, absorbe símbolos ajenos para sostener su arquitectura en ruinas. Y el fascismo del siglo XXI no se presenta con discursos grandilocuentes, sino con uniformes que cruzan barreras temporales, con protocolos que se replican como virus, con silencios que se imponen como ley.
La protesta social, entonces, no solo enfrenta a los cuerpos armados, sino a las ficciones que los sostienen. Y en ese combate, cada pancarta, cada grito, cada gesto, se convierte en una forma de resistencia narrativa. Porque si el poder muta, también debe mutar el lenguaje que lo enfrenta.
Estados Unidos no se desliza hacia una guerra civil en el sentido clásico —con frentes armados y bandos definidos— sino hacia una guerra civil de símbolos, narrativas y dispositivos de control. Las calles se han convertido en escenarios de confrontación entre dos imaginarios: uno que busca restaurar un orden autoritario bajo el disfraz de seguridad nacional, y otro que resiste desde la multiplicidad, el caos y la protesta.
La fragmentación institucional, el lenguaje bélico desde el poder —“terroristas internos”— y el despliegue de fuerzas como la Guardia Nacional en ciudades fracturadas, configuran una atmósfera de preconflicto. No es solo una disputa política: es una guerra por el sentido, por quién tiene derecho a nombrar, a ocupar el espacio público, a definir lo real.
«No hay guerra civil. Hay una guerra de interferencias. Una guerra donde el enemigo es la señal que no podemos decodificar.”
La guerra que se aproxima no será entre estados, sino entre ficciones. Y en ese campo de batalla, cada palabra, cada imagen, cada gesto, se convierte en un acto de resistencia o de sometimiento. El capitalismo quimérico muta para sobrevivir, y el fascismo del siglo XXI se disfraza de orden. Lo que está en juego no es solo el futuro de una nación, sino el lenguaje con el que ese futuro será narrado.
Alejandro Lamaisón