EL SILENCIO DEL ESTADO Y LA MÚSICA DEL NARCO
No puede haber silencio cuando el narco invade las calles. Hay un zumbido en el aire. No es el de las maquinarias de la obra pública funcionando, ni el de los colectivos que llegan a horario, ni el de los hospitales sin presupuesto que atienden sin preguntar. Es otro tipo de zumbido. Más bajo. Más persistente. Como si alguien estuviera afinando una guitarra en una habitación cerrada. Como si el país entero estuviera esperando que empiece una canción que no pidió.
Milei y su banda hacen la prueba de sonido para el recital que dará por la tarde en el Movistar Arena, antes de la presentación de su libro «La construcción del milagro», pero ese no es el sonido que escucha la gente.
Hay otra forma de música, más pegadiza, más cautivante, que suena sin que la pidan, que penetra sin que la llamen y que entra de manera transversal en todos los estamentos sociales: la música del narco.
Argentina, octubre de un tiempo distópico, estropeado, casi como un archivo roto. El presidente standapero y cantante se autodefine como un topo. No un animal, sino un agente encubierto. Dice que vino a destruir al Estado. No a reformarlo, no a sanearlo. A destruirlo.
Lo dice con la convicción de quien cree que el caos es una forma superior de orden. Mientras tanto, su principal candidato en la provincia más golpeada por la violencia narco renuncia, salpicado por vínculos con el crimen organizado. Y en algún despacho de la Corte Suprema, la causa de extradición de un presunto capo narco duerme el sueño de los justos. Cajoneada. Silenciada. Como si el expediente fuera demasiado ruidoso para abrirlo.
Cuando el Estado se retira, no deja un vacío. Deja una invitación. El narco no necesita hacer campaña. No necesita prometer. Solo necesita estar. Donde no hay policía, pone sicarios. Donde no hay salud, pone ambulancias con logos falsos. Donde no hay justicia, pone miedo. Y el miedo, como el dinero, circula. Se convierte en moneda. En lenguaje. En ley.
En Rosario, los tiros ya no sorprenden. Son parte del paisaje sonoro. Como los pájaros o los autos. En los barrios del conurbano, los bunkers de droga tienen horarios más estables que las escuelas. En las fronteras, los camiones pasan con más certeza que las ambulancias. El narco no improvisa. El narco planifica. El narco ocupa.
Y mientras tanto, el Estado se retira. No por cobardía, sino por ideología. Porque destruir el Estado se ha vuelto una forma de virtud. Una épica. Una cruzada. Pero nadie explica qué pasa después. Qué queda cuando se apagan las luces. Qué música empieza a sonar cuando el silencio se instala.
Donde el Estado no está, el narco canta mucho mejor que Milei. Y su canción es pegadiza. Tiene ritmo. Tiene letra. Tiene poder. Y lo peor: tiene aceptación. Porque cuando el hambre aprieta, cuando la calle arde, cuando el futuro se borra, cualquier melodía sirve. Aunque sea la del crimen. Aunque sea la del miedo.
Argentina no está sola en esto. Pero está entrando. Como quien cruza una puerta sin darse cuenta. Como quien se sienta en una sala y no sabe qué película va a empezar. El guion ya está escrito. Y no lo escribió el Congreso. Lo escribió el silencio. Lo escribió el abandono. Lo escribió el topo que canta.
Y ahora, todos escuchamos. Aunque no queramos. Aunque digamos que no. Y el sonido que emite la banda del presidente ya no es música, sino ruido. Un ruido detrás del ruido que ya empezó.Y no hay Estado que lo detenga. Porque el Estado, simplemente, ya no está.
NARCO Y COMPAÑÍA S.A.
Pero el narco no está solo. Hay otro actor que entra cuando el Estado se va. No tiene rostro, pero tiene logo. No tiene votos, pero tiene lobby. No dispara, pero perfora. El capital extractivo. El capital especulador. El capital ficticio. Y su primo oscuro: el capital criminal. Juntos forman una sinfonía de saqueo. Una orquesta sin director que toca sobre territorios despojados, sobre pueblos silenciados, sobre cuerpos explotados.
El párrafo de Humberto Márquez Covarrubias lo dice sin temblar:
«Junto a las formas del capital explotador, especulador, extractivo y ficticio,
la forma del capital criminal complementa el cuadro de los capitales predatorios
que circulan en el orbe».
«Con la particularidad de especializarse en el control del mercado
de las drogas y el lavado de dinero, representa uno de los grandes pilares de la economía
mundial capitalista, pero también es retomado como uno de los mejores pretextos, junto
con los fantasmas del terrorismo y la migración, para justificar una serie de políticas,
que más que erradicar las drogas ilícitas, destruyen el tejido social para fines de control
de la población y despojo de territorios donde se habrán de instalar
megaproyectos orientados al saqueo indiscriminado de recursos naturales,
la explotación laboral y la especulación financiera».

EL EXTRACTIVISMO INDISCRIMINADO Y EL NARCO VAN DE LA MANO CUANDO EL ESTADO SE RETIRA DE SUS FUNCIONES
El capital criminal no es una anomalía. Es parte del sistema. Especializado en drogas y lavado, sí. Pero también funcional a una maquinaria global que necesita excusas para avanzar. Terrorismo, migración, narco tráfico. Palabras que justifican políticas que no buscan erradicar, sino controlar. No buscan sanar, sino despojar. Porque donde el Estado no regula, el capital ocupa. Y donde el capital ocupa, instala megaproyectos. Minería, agronegocio, energía. Todo orientado al saqueo. Todo disfrazado de progreso.
En el norte argentino, las comunidades originarias ven pasar camiones cargados de litio que no les pertenecen. En el sur, los glaciares retroceden mientras avanzan las concesiones. En el centro, los ríos se privatizan y los suelos se agotan. Y en todos lados, el tejido social se rompe. No por accidente. Por diseño.
El narco y el extractivismo no son enemigos. Son socios. Uno controla las calles, el otro los recursos. Uno lava dinero, el otro lo multiplica. Uno destruye el presente, el otro hipotecará el futuro.
Y cuando acaben las presentaciones musicales del presidente showman luego de los cuatro años más largos de la historia, sólo quedará una música que nadie pidió: la música del narco.
Alejandro Lamaisón