SUBJETIVIDAD COLONIZADA, DEMOCRACIA EN RIESGO
Según la psicoanalista Nora Merlín, la colonización del sujeto y el control de la subjetividad son el verdadero campo de batalla político contemporáneo.
El avance de las derechas radicalizadas no se explica por su capacidad de representar mejor las demandas sociales, sino por su habilidad para intervenir en la subjetividad.
Parecería simplemente una impronta estética, una coreografía burocrática. Pero debajo, hay algo más oscuro: una falla en la representación, un vacío que se llena con miedo. El neofascismo lo entiende. No necesita programas. No necesita soluciones. Solo necesita intervenir en el imaginario social.
El mecanismo es simple, brutal. Construir enemigos disponibles. «Choriplaneros», comunistas, minorías diversas y el kirchnerismo convertido en figura espectral. No importa lo que haga. Importa lo que simboliza. Una amenaza. Una sombra que condensa frustraciones, resentimientos, broncas dispersas.
El odio funciona como pegamento social. Una obligación de clase. Una contraseña de pertenencia. Odiar al kirchnerismo es pertenecer al grupo que “lo logró solo”. Es un ritual. Una identidad. Una ficción compartida.
La novedad no está en la fórmula. El fascismo siempre necesitó un enemigo interno. La novedad está en la maquinaria. Redes sociales, medios concentrados, lawfare. Una psicopolítica que produce caos, amplifica el miedo, erosiona la autoestima colectiva. La angustia se vuelve paisaje. Se naturaliza. Y cuando la angustia se naturaliza, la subjetividad queda disponible. Lista para relatos autoritarios que prometen orden. Orden a cualquier precio.
El kirchnerismo es demonizado no por sus políticas, sino por su carga simbólica. Representa la posibilidad de que las mayorías populares disputen el sentido común. Representa la memoria de las luchas. Representa lo que el neoliberalismo necesita borrar. Por eso se lo convierte en enemigo. Por eso se lo convierte en amenaza.
SUBJETIVIDAD EN DISPUTA: EL SUEÑO INTERRUMPIDO
Hace más de setenta años, Perón ni siquiera imaginaba que hoy las batallas políticas se liberan en el territorio invisible de la subjetividad.
En este sentido, el gran estadista advertía en la Escuela de Guerra que “el año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Su visión de integración regional —el ABC entre Argentina, Brasil y Chile— buscaba construir una unidad económica y política capaz de resistir la presión de las grandes potencias.
El Mercosur, nacido en 1991, fue apenas un eco de aquel sueño, que alcanzó su esplendor en la primera década del siglo XXI bajo gobiernos progresistas y/o de centroizquierda. Pero el poder concentrado del capitalismo transnacional hizo saltar por los aires todo intento de unidad regional. La persecución sistemática de líderes progresistas mediante medios concentrados y lawfare fue la estrategia para desarmar cualquier proyecto emancipador.
Lo que Perón no imaginó fue que la dominación no vendría solo por la dependencia económica o política, sino por la colonización de la conciencia. El sometimiento ya no es impuesto desde afuera: es deseado, asumido, celebrado por sectores de la clase trabajadora que creen emanciparse entregando su destino al mercado. El neoliberalismo ha creado una falsa conciencia donde la libertad se confunde con la renuncia al Estado y la entrega de la salud, la educación y el esfuerzo de toda una vida a los designios del capital.
CONTROL DE LA SUBJETIVIDAD
¿Cómo logra el control de la subjetividad colonizar nuestra conciencia? Accediendo al poder a través del voto de un ciudadano que ya no tiene libertad de elección, sino que cree que elige libremente mientras los medios monopólicos le indican a quién elegir. El poder concentrado manipula el imaginario social, el sentido y las representaciones a través de un discurso único, sin debate, disuelto en un pensamiento monolítico cuyo objetivo es empoderarse a través del sentimiento más primitivo del ser humano: el odio.
Ese odio une a una clase social que detesta la palabra Perón, que aborrece a quienes viven de un plan social, que reniega de quienes con sus demandas populares “arruinan” el paisaje de la ciudad. Se desconoce la diferencia, la pluralidad de voces, lo heterogéneo: todos los elementos de la construcción populista son convertidos en amenaza.
El totalitarismo comunicacional del discurso del odio es efectivo porque digita la opinión pública y la somete de manera inconsciente, creando una visión del mundo homogeneizada y basada en un supuesto consenso que evita el conflicto político. Como señala Nora Merlín, “el rebaño homogeneizado se configura como una estructura fundada en la identificación, la sugestión, que se pretende garantía de pertenencia social, cuando en realidad es un ordenamiento meramente imaginario”.
LA MAQUINARIA EMOCIONAL
La derecha radical no avanza por representar mejor: avanza porque aprendió a operar sobre aquello que define cómo vemos el mundo. La batalla no es —o no es solo— racional: es emocional, simbólica, afectiva. Y en esa cancha la derecha juega con profesionales mientras las fuerzas progresistas siguen discutiendo candidaturas y programas. El campo popular parece atrapado en un anacronismo, creyendo que alcanza con ofrecer “propuestas” y “políticas públicas” cuando lo que se disputa es la subjetividad.

La subjetividad de los ciudadanos manipulada por una maquinaria emocional privativa exclusivamente de la ultraderecha
Quizás haya que asumir, de una vez, que estamos frente a una guerra por la subjetividad. Que se necesitan psicólogos, psicoanalistas, comunicadores, especialistas en cultura y memoria, no para manipular, sino para comprender qué le pasa a una sociedad sometida diariamente a una pedagogía del odio. Sin esa lectura, cualquier proyecto transformador queda desarmado frente a la maquinaria emocional de la ultraderecha.
RECONSTRUIR LA CONFIANZA
El desafío es reconstruir un sentido común que no esté gobernado por el miedo. Reponer la confianza, reactivar los lazos, disputar el territorio de las emociones. Porque la colonización del sujeto no es irreversible: así como el neoliberalismo fabricó una falsa conciencia, también puede despertarse la sociedad colonizada de su prisión mental.
La pandemia nos mostró que la experiencia neoliberal, al igual que el Covid, solo dejó destrucción y muerte. Quizá esa ruina sea también la oportunidad de pensar en libertad, la verdadera libertad: la de vivir según nuestros propios intereses y no los de nuestros velados manipuladores.
La batalla por la subjetividad es hoy la batalla por la democracia. Y si el campo popular no reconoce ese frente de lucha, difícilmente pueda recuperar la iniciativa. La pregunta que queda abierta es si seremos capaces de transformar el miedo en confianza y el odio en memoria compartida. Porque la verdadera emancipación no será solo económica ni política: será, sobre todo, una emancipación del sujeto.
Alejandro Lamaisón
Fuente: «La representación rota y la guerra por la subjetividad». Nora Merlín, Página 12