Belgrano, Milei y Adorni, en el mismo lodo
En coincidencia con la fecha del fallecimiento del general Manuel Belgrano, en el día de la bandera, el pueblo rosarino recibía en estado de perplejidad al presidente Javier Milei y a su jefe de Gabinete, Manuel Adorni.
La escena prometía solemnidad, pero detrás de la liturgia oficial se escondía una contradicción que rozaba la ofensa: la presencia de quienes representan un proyecto político de entrega colonial en el mismo lugar donde se honraba a Manuel Belgrano, el inmenso patriota que murió pobre y desobediente, defendiendo la soberanía y la dignidad de un pueblo en armas.
Belgrano fue el hombre que se negó a jurar fidelidad a la corona británica en 1806, que desobedeció al triunvirato porteño para crear la bandera, que imaginó una monarquía inca como forma de reconocer la mayoría originaria, y que exigió que el acta de independencia se imprimiera en castellano, quechua y aymara.

Belgrano y Milei con un fondo que lo expresa todo.
Su vida fue un manifiesto de soberanía. Milei, en cambio, se presenta como el apóstol del neoliberalismo, defensor de la dolarización y de la apertura indiscriminada de importaciones, un proyecto que implica la pérdida de soberanía monetaria y productiva. La contradicción es brutal: ¿cómo puede un presidente que celebra la subordinación a Washington rendir homenaje al hombre que encarnó la independencia?
Asimismo, la sombra de Adorni añade la cuota de cinismo enloquecedor. El funcionario enfrenta acusaciones por enriquecimiento ilícito, bienes no declarados y operaciones financieras opacas. Belgrano muere en la pobreza, entregando sus premios militares para fundar escuelas. La yuxtaposición es ofensiva: el funcionario sospechado de corrupción homenajeando al prócer que encarna la honestidad. La oposición pide su renuncia por inconsistencias patrimoniales, operaciones con criptomonedas y fondos de origen dudoso, mientras el gobierno lo exhibe en un acto cargado de simbolismo nacional.
Como dice el tango, «en el mismo lodo, todos manoseados»
Belgrano como signo
El homenaje a Belgrano en el día de la bandera se convierte en un escupitajo del poder hacia el pueblo. Los rosarinos que se acercaron al monumento lo hicieron con el corazón, con el celeste y blanco como símbolo de pertenencia y sacrificio. Pero la presencia de Milei y Adorni transformó la ceremonia en un gesto vacío, un simulacro de patriotismo.

El acto principal del día de la bandera es la hipocresía de quienes usan los símbolos nacionales mientras promueven políticas que desmantelan la soberanía que esos símbolos representan. Es Belgrano -que murió pobre y entregó sus bienes para la educación- homenajeado por quienes encarnan la entrega y la corrupción más bizarra de la historia nacional.
En clave semiótica, la escena se percibe como un teatro de signos: la bandera flameando, los discursos que se pronuncian como un grito hueco, las cámaras registrando el sainete indecoroso. Pero debajo de la superficie, el lenguaje se quiebra. Los símbolos se vaciaban de sentido. La bandera, que alguna vez fue un grito de independencia, se transforma en un telón de fondo para un poder que no cree en ella. En definitiva, un ritual vacío, un acto de cinismo político que ofende la memoria nacional.
La presencia de Milei y Adorni en Rosario no es un homenaje, sino una ofensa a Belgrano y a la memoria nacional. Es la contradicción de un gobierno que se abraza a la bandera mientras entrega la soberanía, que se apropia de los símbolos mientras los vacía de contenido.
Milei en Rosario. Foto: Captura de pantalla
Sin embargo, pese a la clonación digital de Palantir para manipular al pueblo, este sigue reconociendo en el celeste y blanco algo más profundo: los colores de «la casa del alma», la promesa de una patria libre, que no puede ser reducida a un acto oficial ni a un discurso vacío.
En el silencio que se abre tras los discursos oficiales, cuando el viento de Rosario agita el celeste y blanco sobre el monumento, habla una verdad más honda que cualquier protocolo: la bandera no es un decorado, es la sangre de quienes la levantaron en tiempos de guerra y esperanza. Belgrano murió pobre, pero dejó a la patria rica en dignidad; su gesto fue un pacto eterno con el pueblo.
La bandera flamea sobre Rosario como lo hizo en los días de Belgrano, pero su verdadero brillo no está en los discursos oficiales ni en la solemnidad impostada: está presente en el corazón del pueblo que la sostiene. Que hoy se la utilice como telón de fondo para proyectos de entrega y corrupción berreta es una herida abierta en la memoria nacional.
Y mientras ondee en el cielo, recordará que la soberanía no se negocia y que la Argentina, pese a todo, sigue siendo un sueño de libertad compartido.
Alejandro Lamaisón