EL VASALLAJE FINANCIERO Y EL CRÉDITO AUSENTE
La sumisión de Milei a los Estados Unidos no sólo es vasallaje, sino el sometimiento más denigrante que pueda concebirse de un presidente al poder económico norteamericano, permitiendo que hagan con él lo que se les de las ganas.
En los pasillos del ámbito de las finanzas globales, las decisiones no se anuncian con estridencia: se deslizan como cuchillos silenciosos. JP Morgan, el banco que diseña el índice de riesgo país que mide la fragilidad de las economías periféricas, decidió primero cancelar el préstamo a la Argentina y luego elevar el riesgo país. El gesto no es menor: la misma entidad que había sostenido el supuesto acuerdo económico que permitió a Javier Milei capitalizar su triunfo legislativo, ahora retira el andamio y deja expuesto el vacío.

El vasallaje no sirvió y los dólares esperados se hicieron humo
El relato oficial hablaba de un crédito de 20.000 millones de dólares, un salvavidas que nunca llegó. El «Wall Street Journal» lo confirmó: los principales bancos de Estados Unidos no pondrán ese dinero. La señal es clara: pueden ofrecer adhesiones verbales, promesas de acompañamiento, pero cuando se trata de fondos concretos aparece la verdad desnuda. Y la verdad es que no ven en el esquema económico de Milei un mecanismo sólido, capaz de devolver semejante suma en un tiempo razonable.
LA INCONSISTENCIA DEL VASALLAJE
Pese al vasallaje denigrante en el que nos ha colocado Milei, el programa económico argentino no contempla un equilibrio externo razonable. No acumula reservas, condición básica que los acreedores miran para garantizar el cobro. Besent, en un intento de tranquilizar, anunció que el Tesoro norteamericano se haría cargo de los vencimientos de enero y quizás de mitad de año. Pero incluso esa garantía parcial revela la inconsistencia: un país que no puede sostener sus compromisos sin la tutela directa de Washington.
Los acreedores esperaban medidas cambiarias que permitieran iniciar un proceso de acumulación de reservas, un gesto mínimo de confianza. Nada de eso ocurrió. Tras las elecciones, Milei se empoderó en la convicción de que su política económica era genial, enviando un mensaje paradójico, místico implícito: “Yo gané no porque JP Morgan y EEUU me brindaron su apoyo, sino porque soy el león, porque las fuerzas del cielo están conmigo”.
Ni siquiera hubo garantías para conseguir los 4.500 o 5.000 millones de dólares necesarios para cubrir los vencimientos inmediatos. Besent se los aseguró a Caputo, pero el mecanismo del *swap* con Estados Unidos tiene un sesgo brutal: se activa cuando Washington lo decide, y lo primero que se usa es para pagar a los acreedores norteamericanos.
LA DEPENDENCIA ASIMÉTRICA ES VASALLAJE Y ESCLAVITUD
La relación con Estados Unidos no sólo es de vasallaje, sino que se configura como un vínculo de amo y esclavo. Argentina es un activo estratégico para Washington: sirve para debilitar la región, socavar el Mercosur, reordenar las alianzas. Pero esa utilidad geopolítica no se traduce en un apoyo económico genuino. El respaldo depende de una relación casi personal, marcada por la asimetría.
Si Trump enfrentara complicaciones políticas internas —su vínculo con Epstein, el descontento militar—, el único sostén internacional de Milei se tambalearía. La fragilidad del esquema argentino se revela entonces como doble: económica y política.
EL ESPEJO ROTO DEL EMPRESARIO
El peligro no es abstracto. Los sectores productivos de la Argentina quedan expuestos a un marco de acuerdos comerciales e inversiones que los coloca en situación de vasallaje. La lógica es simple: se abre la economía, se desmantelan las defensas, se entrega la soberanía financiera y productiva.
La reacción esperada ya no proviene únicamente del mundo sindical. El empresariado, enfrentado a la posibilidad de fundirse, debe comprender la magnitud del riesgo. La relación con Estados Unidos, tal como está planteada, no es un pacto de cooperación: es un contrato de subordinación.
SOBREVIVIR SIN VASALLAJE
El vasallaje no es solo un término económico: es la metáfora de un país que entrega su soberanía a cambio de promesas que nunca se cumplen. Argentina se convierte en escenario de un pacto desigual, donde los dólares se ofrecen como espejismos y la política se reduce a obediencia. La esperanza está si el empresariado y la sociedad entienden que el verdadero riesgo no está en el índice de JP Morgan, sino en aceptar como natural una relación de subordinación que amenaza con fundir la memoria y la producción.
El episodio de JP Morgan no es un hecho aislado: es un símbolo. La cancelación del préstamo y la elevación del riesgo país condensan la fragilidad de un proyecto que se sostiene en promesas y gestos, pero carece de sustancia. La Argentina aparece como un escenario donde los actores globales ensayan su poder, y el gobierno local se limita a aceptar el guion.

Viernes negro: Las acciones y los bonos en baja
La escena se percibe como un teatro de sombras: las cifras, los índices, los comunicados financieros son fragmentos de un lenguaje que oculta más de lo que revela. El riesgo país no es solo un número: es un relato sobre la confianza, la memoria y la soberanía.
La pregunta que queda flotando es si habrá una reacción sensata, capaz de romper el hechizo. Porque detrás de la retórica del mercado y de la épica del ajuste, lo que se juega es la supervivencia de un país entero. Y en ese tablero, la confianza puede ser semilla, pero también puede ser el polvo de un derrumbe anunciado.
Alejandro Lamaisón
Fuente: Ámbito Financiero, Página 12, Entrevista a Ricardo Aronskind en “La Mañana”, con Víctor Hugo Morales.