LIBERTAD PARA MORIR
El libertarismo radical habla en un idioma extraño: la lengua de los sistemas, el argot de la libertad de mercado, la semiótica de la paranoia y la gramática salvaje del sálvese quien pueda.
Cuando la derecha ultraliberal atraviesa las arterias de un país para hacer reformas económicas, ejecuta una reingeniería del espíritu humano en donde el mercado no es solo un conjunto de leyes; es una teología sin Dios donde la crueldad es el único dogma incuestionable.
La multiplicación de los panes y de los peces ha sufrido un colapso matemático: se ha torcido la ecuación primordial, transformando el instrumento de reparto en un artefacto de acumulación espectral.
En los despachos gubernamentales la mentira oficial flota como un esmog invisible. Las palabras presidenciales -sintonizadas en todas las frecuencias hegemónicas, multiplicadas por algoritmos en tik tok y streaming- rebotan contra las fachadas de los edificios de departamentos donde la clase media se desintegra en silencio.
Hay una sintaxis de la devastación que el poder domina con maestría. Se nos dice que la libertad es la capacidad de elegir qué enfermedad padecer sin cobertura médica, qué fábrica ver cerrar sus persianas desde la ventana o en qué esquina vender baratijas antes de que la policía decomise el último intento de sustento. La desregulación es la gramática del vale todo; es la contaminación programada del tejido social para que el capital fluya sin la fricción de la empatía.

La justicia protege la libertad de los magnates para dar el marco legal al despojo ultraliberal
En los sótanos de la democracia, iluminados por tubos fluorescentes que zumban imperceptiblemente, la máquina judicial tipografía sus sentencias. Hay una ceguera voluntaria en los doce juzgados federales de primera instancia, tribunales adocenados que redactan el despojo. Las ratas y las culebras institucionales muerden siempre los mismos pies descalzos, mientras los magnates blindan sus riquezas en arquitecturas fiscales invisibles, islas lejanas donde el dinero no suda ni sangra.
LA LIBERTAD COMO RELATO
La defensa de la libertad tiene también su relato neodarwinista. Nos han vendido la ficción de que el egoísmo es el único motor del progreso humano. «La casta no son los de arriba, la casta sos vos», susurra la ciudad en sus intersticios. Las víctimas, encandiladas por el destello de la publicidad y los sesgos del streaming, terminan aplaudiendo la motosierra que les cercena el futuro. La libertad de ser analfabeto, la libertad del trabajo infantil, la libertad de morir a la intemperie: el catálogo de las mercancías ultraliberales.
El hambre que miden las consultoras, más que una abstracción estadística, es la pistola en la cabeza que te ponen para endeudarte con la billetera virtual. El desalojo, la pérdida del empleo, la falta de medicamentos en un hospital público de provincia son disparos al aire que condicionan cada segundo de la existencia.
El ataque contra la cultura y la educación no es un daño colateral; es el objetivo prioritario. Cuando se apaga el coro nacional, cuando se denosta a los artistas, cuando se tildan las instituciones de investigación de sobrantes presupuestarios, la maquinaria busca liquidar la última fábrica de utopías que le queda a la sociedad. Quieren un pueblo que no cante, un pueblo que solo produzca datos y consuma mercancías desechables en diez metros cuadrados de departamento alquilado.
Sin embargo, hay una resistencia obstinada que resiste a la velocidad del algoritmo. Está en las cocineras de los comedores barriales que defienden el plato de comida como si fuera una trinchera contra la barbarie. Está en la memoria de quienes vivieron la movilidad social ascendente y en los que se jubilaron durante una época en la que la que se echó a patadas en el culo al FMI.

Néstor Kirchner despide a la subdirectora gerente del FMI Anne Osborn Krueger, tras pagar definitivamente la deuda con el organismo internacional de crédito.
Ningún diseño financiero, ninguna ingeniería del odio puede apagar definitivamente la capacidad de un pueblo para reconocer la estafa. Ante la basura pútrida de la indiferencia institucional, el grito individual se vuelve colectivo. El clamor es menos desesperación que el primer acorde de una sinfonía que se niega a desafinar.
Si la derecha radical manipula la patria, reinventémosla; si usa el miedo, hablemos de esperanza; si coloniza el lenguaje, rescatemos palabras prohibidas: revolución, comunidad, futuro. La historia no pertenece a quienes acumulan en el vacío, sino a quienes, bajo la lluvia y sobre el barro, vuelven a levantarse para cantar como la cigarra contra el frío de la época.
Alejandro Lamaisón