LOS AÑOS DEL RUIDO Y LA TINTA
Tengo 65 años y a veces me despierto con la sensación de que el tiempo se ha vuelto un objeto. No una línea, no una sucesión, sino un artefacto que vibra en el fondo de la habitación. Lo escucho como se escucha el zumbido de una pantalla en ahorro de energía. Está ahí, pero nadie la ve.
En 1985 tenía 25. Vivía en un departamento alquilado en Caballito, con una heladera Siam que hacía un ruido como de respiración asmática. Alfonsín hablaba de democracia como si fuera una promesa que se podía tocar. Yo trabajaba en una imprenta, cortaba papel, olía a tinta todo el día. Me gustaba ese olor: era como estar dentro de una novela que aún no se había escrito.

Años de promesas que se plasmaban en una democracia naciente
Mi padre murió ese año. Infarto. Lo encontraron en la cocina, con la radio encendida. Radio Colonia, creo. El locutor hablaba de Uruguay como si fuera un país secreto. Mi madre no lloró. Dijo: “Se fue como vivió, sin molestar.” Esa frase me persiguió durante años. ¿Qué significa vivir sin molestar?
Después vino el menemismo. El país se volvió un shopping. Todo brillaba, pero nadie compraba. Yo me casé, tuve dos hijos, me endeudé. Trabajé en una empresa de seguros que vendía protección contra cosas que nunca pasaban. Me convertí en un hombre que hablaba de pólizas mientras pensaba en la poesía de Gelman. A veces, en el baño de la oficina, escribía versos en servilletas. Nunca los mostré.
AÑOS DE CAÍDA Y ORÁCULOS
En el 2001, cuando todo se rompió, yo tenía 41 años. Mi hijo mayor me preguntó si íbamos a tener que mudarnos a otro país. Le dije que no, que Argentina era como una madre alcohólica: te lastima, pero no podés dejarla. Esa noche, en la televisión, mostraban gente saqueando supermercados. Yo pensé: Esto no es hambre, es coreografía. Como si el país ensayara su propia caída.
Después vinieron los Kirchner, la ley de medios, la pelea por el relato. Yo ya no entendía nada. Me refugié en la música. Escuchaba a Spinetta como si fuera un oráculo. “Toda la vida tiene música hoy”, decía, y yo lo creía. Mi mujer se fue en 2012. Dijo que yo vivía en una cápsula de nostalgia. Tenía razón. Me quedé solo, con los discos, los libros, y una cafetera que parecía entenderme.
Los años pasaron en una secuencia de gestos olvidados, el eco de un sujeto que ya no existe.

El paso de los años se acumula en un espacio indefinido, entre el tiempo y la memoria
El tiempo no avanzó ni se detuvo, se acumuló en capas de ruido blanco, en la memoria de un teléfono celular vetusto que parpadea sin razón.
Todo envejece con una lógica secreta, como si el universo fuera un archivo, y nosotros, apenas notas al pie de una novela que nadie terminó
LOS AÑOS DEL SILENCIO COMPARTIDO
La pandemia no fue un evento. Fue un cambio de textura. Como si el aire se volviera código. Como si el tacto se volviera sospecha. Yo lo sentí antes que muchos. No por intuición, sino por saturación. Las pantallas empezaron a respirar. No mostraban cosas: las absorbían. El mundo se volvió interfaz.
Antes, la informática era herramienta. Después, fue hábitat. Las reuniones, los abrazos, los cumpleaños, los duelos: todo pasó por el filtro de lo digital. Yo, que había vivido el tránsito del papel al píxel, entendí que no era sólo una evolución técnica. Era una mutación ontológica. La gente ya no vivía en casas: vivía en plataformas. No hablaba: posteaba. No recordaba: buscaba.

En los años de pandemia el mundo se volvió interfaz
La pandemia aceleró lo que ya estaba en marcha. El algoritmo se volvió ritual. El scroll, plegaria. El silencio, notificación. Yo lo observaba desde mi escritorio, como quien mira una ciudad desde una torre de control. Pero no era indiferente. Era testigo. Como un arqueólogo que excava en tiempo real.
Los cuerpos se volvieron datos. Las emociones, métricas. El lenguaje, interfaz. Empecé a notar que las palabras perdían peso. Que los signos se deslizaban sin fricción. Que el sentido ya no se construía: se programaba. Y en ese paisaje, decidí resistir. No con protesta, sino con estructura. Con títulos que aún sostenían el mundo. Con subtítulos que aún ofrecían refugio. Con categorías que aún nombraban lo innombrable.
La velocidad de los objetos quietos se volvió literal. El mundo giraba sin moverse. La gente vivía sin salir. El tiempo pasaba sin pasar. Escribía en libretas viejas, como quien invoca un dios olvidado. No por nostalgia, sino por densidad. Porque en la textura del papel aún había resistencia. Porque en la lentitud aún había sentido.
EL SUAVE PLIEGUE DE LOS AÑOS
Ahora camino por Santa Rosa, donde me vine a vivir hace cinco años. Hay algo en el viento pampeano que me recuerda a mi padre. A veces creo que lo escucho en las ráfagas. Me siento en la plaza, miro a los chicos jugar, y pienso que el país es un niño que no termina de crecer. Que cada década es una repetición con variaciones mínimas. Que la historia no avanza: se pliega.

La encantadora plaza San Martín de Santa Rosa, a mis 65 años
Tengo 65 años y escribo esto en una libreta que encontré en una librería de usados. En la tapa dice: “Agenda 1993”. Me gusta escribir en objetos que ya vivieron. Me hace sentir que no estoy solo. Que hay una memoria que nos sostiene, aunque sea frágil, aunque esté llena de errores.
La velocidad de los objetos quietos. Eso somos. Un país que se mueve sin moverse. Una familia que cambia sin cambiar. Una vida que se repite, pero nunca igual.
Autor: Alejandro Lamaison
Fuente: Relato ganador del 1° premio concurso de relato para mayores «En los últimos 40 años» del ISS DAFAS 2025.