Un mundo sin paz
Hay momentos históricos en los que los acontecimientos en el mundo parecen dispersos. Un misil cae sobre Arabia Saudí, estudiantes franceses protestan por la educación pública, el precio del combustible sube en Estados Unidos, Ucrania arde bajo los bombardeos y Brasil se prepara para unas elecciones decisivas.
A simple vista son episodios desconectados. Sin embargo, observados desde una perspectiva más amplia, forman parte de una misma fotografía: la transición hacia un orden internacional cada vez más militarizado, más inestable y más desigual.
En este sentido, cada acontecimiento representa las piezas de un tablero global que está redefiniendo relaciones de hegemonía, prioridades presupuestarias y modelos políticos. Y en ese tablero, la guerra vuelve a convertirse en el gran organizador de la política.
El misil que atravesó la ilusión saudí
Durante años, Arabia Saudí cultivó una imagen de invulnerabilidad. El reino era presentado como una potencia militar respaldada por el mayor complejo armamentístico del planeta: Estados Unidos. La presencia de bases norteamericanas en la región y la adquisición constante de equipamiento militar de última generación parecían garantizar que ninguna amenaza pudiera alcanzar el corazón del poder saudí.
Pero el segundo ataque hutí (movimiento político y armado chiita originario del norte de Yemen) contra el aeropuerto internacional de Riad destruye, al menos parcialmente, esa narrativa.
A los hutíes nadie les daba dos mangos. Los veían como salvajes que solo saben hacer terrorismo de cuarta. Pero resulta que los tipos consiguieron encendedores grandes y le prendieron fuego al aeropuerto de Riad. Trece muertos, destrozos que duelen en la billetera y un mensaje claro para el tío Sam: tu escudo de protección -a decir de Espert- tiene más agujeros que un queso gruyere. Las bases de Estados Unidos en el Golfo ahora huelen a puro miedo político.
Lo relevante del episodio no son únicamente las víctimas ni los daños materiales. Lo verdaderamente significativo es el mensaje político. Un movimiento insurgente surgido en uno de los países más pobres del mundo ha demostrado capacidad para golpear el centro neurálgico de la principal monarquía petrolera de Oriente Próximo.
La pregunta inevitable es incómoda para Washington: si Estados Unidos no puede impedir que los hutíes alcancen la capital saudí, ¿hasta qué punto sigue siendo creíble su papel como garante de la seguridad regional?
Toda hegemonía descansa tanto en capacidades reales como en percepciones. Los imperios sobreviven mientras sus aliados creen en ellos y sus adversarios les temen. Cuando esa percepción se agrieta, el problema deja de ser militar para convertirse en estratégico. Precisamente, el ataque sobre Riad demuestra el deterioro de la sensación de control que caracterizó la era unipolar posterior a la Guerra Fría.
Netanyahu y la lógica de la guerra permanente
En Israel, la política interna y la guerra parecen haber quedado atrapadas en una relación de mutua dependencia.
Benjamin Netanyahu enfrenta una paradoja histórica. Cuanto más se extiende el conflicto regional, más posibilidades tiene de mantenerse en el poder. Pero cuanto más se prolonga la guerra, mayor es el deterioro de la imagen internacional de Israel.
Netanyahu está contra las cuerdas. Si no gana las elecciones del 27 de octubre, cambia el traje de mandatario por el mameluco de preso. ¿Su solución? Seguir rompiendo cosas. Su ofensiva ya es un incendio que quema Gaza, Cisjordania, Siria e Irán. La expansión simultánea de los frentes en Irak y Yemen configura un escenario sin precedentes recientes.
Mientras los colonos tiran abajo casas palestinas con retroexcavadoras, la imagen de Israel se arrastra por el fango, incluso entre los suyos. El genocida Benjamin necesita que la guerra no termine nunca, porque la paz para él tiene olor a calabozo.
Asimismo, la cuestión palestina vuelve a ocupar un lugar central en la opinión pública internacional, impulsada por imágenes que circulan en tiempo real y escapan al monopolio narrativo que durante décadas dominaron los grandes medios occidentales.
Lo llamativo es que la crisis de legitimidad ya no se limita al llamado Sur Global. Las críticas crecen también en Europa y dentro de sectores significativos de la propia comunidad judía internacional.
Netanyahu parece actuar bajo una lógica simple: mientras la nación perciba una amenaza existencial, la prioridad será la seguridad y no los procesos judiciales, los escándalos políticos o las divisiones internas, pero la consecuencia es peligrosa. Cuando la supervivencia política de un dirigente comienza a depender de la continuidad del conflicto, la paz deja de ser una solución y empieza a convertirse en un riesgo.
Ormuz: el cuello de botella del mundo
En el mundo actual, las guerras modernas ya no se miden únicamente en territorios conquistados o ciudades destruidas. También se expresan en el precio de los combustibles, en las cadenas logísticas y en el coste de la vida cotidiana.
El estrecho de Ormuz representa uno de los puntos neurálgicos del sistema energético del mundo. Lo que allí sucede repercute inmediatamente en los surtidores de Texas, en los supermercados chinos de Buenos Aires o en los shopping europeos. El aumento del precio del petróleo ilustra una realidad frecuentemente ignorada: la globalización ha conectado mercados, pero no ha eliminado las vulnerabilidades geopolíticas.
Cuando sube el combustible en Estados Unidos, no sólo se encarece llenar el tanque de un automóvil. En una economía profundamente dependiente del transporte por rutas, se encarece prácticamente todo: alimentos, manufacturas, servicios y logística. Por eso una guerra en Asia Occidental puede convertirse en un problema electoral en Washington.
Por otra parte, en el estrecho de Ormuz, Irán tiene la sartén por el mango. Si los yanquis quieren meterse ahí, necesitan 150.000 tipos dispuestos a morir en la arena durante meses. Nadie tiene el estómago para eso. Mientras tanto, el gasoil norteamericano vuela a 10 dólares el galón en las estaciones de servicio. Trump llega a las elecciones de medio término del 3 de noviembre con un setenta por ciento de la gente escupiéndole la vereda. Si pierde el Congreso, va a quedar como un pato rengo, arrastrándose hasta el final del mandato.
Trump y el fantasma del “pato rengo”
Las elecciones de medio término suelen interpretarse como un referéndum anticipado sobre la administración de turno y en el caso de los Estados Unidos, adquieren una dimensión todavía mayor.
La inflación energética amenaza con transformarse en un factor decisivo del voto. Al pueblo yanqui no le interesa los movimientos militares en Oriente Próximo ni las complejidades del estrecho de Ormuz. Pero sí perciben el precio del combustible cada vez que pasan por una estación de servicio y la política estadounidense posee una característica fundamental: las grandes cuestiones internacionales terminan siendo evaluadas a través del bolsillo.
Si los demócratas logran controlar ambas cámaras del Congreso, Trump podría enfrentar la segunda mitad de su mandato en condiciones de debilidad extrema. El concepto de «pato rengo» alude precisamente a esa situación: un presidente cuyo poder formal permanece intacto, pero cuya capacidad efectiva de gobernar queda severamente limitada.
La historia norteamericana demuestra que ningún imperio puede sostener indefinidamente proyecciones militares globales cuando surgen crisis económicas internas, y precisamente ahí aparece una de las contradicciones centrales de nuestra época.
Distópico: Europa anuncia una guerra futura
Pocas veces la historia ofrece situaciones tan extrañas como la actual. En la mayoría de los países del mundo, las guerras suelen sorprender. Los gobiernos preparan sus sociedades para conflictos hipotéticos, pero raramente anuncian con años de anticipación una confrontación específica.
Sin embargo, en diversos discursos europeos ha comenzado a instalarse la idea de que una guerra con Rusia sería prácticamente inevitable hacia el final de esta década. La sola formulación del planteamiento resulta extraordinaria. Es la locura con fecha de estreno.
Guerra ruso-ucraniana
En Ucrania, los rusos se cansaron de los buenos modales y empezaron a cuetear Kiev sin mirar a quién. Dice Atilio Boron que en el Kremlin se pudrieron de escuchar a los burócratas europeos jugar a los videntes, anunciando que la guerra total empieza en el 2030. Ni Hitler ni el archiduque mandaron tarjetas de invitación con fecha para sus masacres. Anunciar una guerra a cuatro años vista es una estupidez militar que solo se les ocurre a tipos que jamás pisaron una trinchera.
El fantasma del fin del mundo: Burevestnik, el novísimo misil de crucero ruso de alcance global.
Más allá de la discusión sobre si tal hipótesis es realista o no, el mensaje tiene consecuencias inmediatas. Si se convence a una sociedad de que una guerra futura es inevitable, entonces el rearme deja de ser una opción y pasa a presentarse como una necesidad.
Y cuando eso ocurre, los recursos deben salir de algún lugar.
La factura social del militarismo
En Francia, los pibes de los colegios secundarios salieron a romper la calma. No tienen banderas políticas, solo tienen hambre de futuro porque el gobierno les saca la plata de las aulas para comprar misiles.
En España, la policía sacó a patadas a una discapacitada de 87 años de su casa para dejársela a los fondos buitre y al turismo de Airbnb. La anciana se murió a los pocos días, de pura tristeza. Pedro Sánchez olió el cadáver político y llamó a elecciones para noviembre, dejando la puerta abierta para que la derecha más rancia de Vox y el PP se queden con el negocio.
Es aquí donde las protestas en Francia y la crisis habitacional española adquieren un significado mucho más profundo.
Las movilizaciones estudiantiles francesas son menos una defensa de la educación pública que una reacción frente a una nueva jerarquía presupuestaria donde los tanques parecen ganar terreno frente a las aulas. Cada euro destinado al esfuerzo militar es un euro que deja de financiar escuelas, universidades, hospitales o sistemas de protección social. La ecuación es brutalmente sencilla.
España ofrece otra manifestación de la misma tensión. Allí la crisis de la vivienda ha expuesto los límites de un modelo económico centrado en la financiarización inmobiliaria y la explotación turística.
La imagen de una anciana desalojada tras décadas viviendo en su hogar se transformó en símbolo de una sociedad donde los derechos sociales ceden espacio ante la lógica del mercado y mientras los gobiernos hablan de seguridad exterior, amplios sectores de la ciudadanía perciben inseguridad cotidiana.
El resultado es una combinación explosiva que alimenta abstención, desencanto y crecimiento de fuerzas políticas radicales.
Brasil y el laboratorio latinoamericano
Si Europa observa con preocupación el crecimiento de la extrema derecha, América Latina enfrenta una coyuntura igualmente decisiva.
Brasil no es un país más. Es la principal economía de la región, la nación más poblada de América Latina y uno de los actores geopolíticos esenciales del hemisferio sur, por lo que la posibilidad de que Flavio Bolsonaro alcance la presidencia tendría consecuencias que exceden ampliamente las fronteras brasileñas.
Luiz Inácio Lula da Silva durante un acto de campaña en Sao Paulo (Brasil), este domingo.Vídeo: EPV
Lo que está en juego no es únicamente una alternancia electoral. Es la orientación estratégica de toda una región. Un Brasil alineado con posiciones nacionalistas de extrema derecha reforzaría la influencia estadounidense sobre el continente y modificaría equilibrios políticos construidos durante décadas.
A fin de octubre, el pueblo carioca parece estar listo para entregarse a Flavio Bolsonaro. Un fanático sin calle, manejado por pastores evangélicos que te venden el cielo mientras te vacían los bolsillos. Que Lula gane sería un milagro de esos que ya no ocurren desde que Lázaro fue resucitado. Si cae Brasil, Estados Unidos se queda con todo el patio trasero, mientras Cuba se muere de sed con un solo barco de petróleo cada diez meses y México espera el golpe que lo deje inoperante.
Un mundo que vuelve a organizarse alrededor de la guerra
La gran enseñanza de este conjunto de acontecimientos que acontecen en el mundo actual es que la guerra ya no es un episodio excepcional. Está dejando de ser una interrupción de la política para convertirse nuevamente en uno de sus principales motores.
Los misiles hutíes sobre Riad, la estrategia de supervivencia de Netanyahu, la disputa por Ormuz, la incertidumbre electoral estadounidense, el rearme europeo, las protestas sociales francesas, la crisis española de la vivienda y el posible ascenso de Flavio Bolsonaro forman parte de un mismo fenómeno histórico.
Vivimos en un mundo en el que las prioridades militares avanzan mientras retroceden las sociales. Una época donde las potencias hablan cada vez más de preparación para conflictos futuros y cada vez menos de cooperación internacional.
La paradoja es evidente. Mientras la tecnología conecta al mundo como nunca antes, la política mundial vuelve a comportarse según lógicas que parecían propias del siglo XX.
El problema es que los ciudadanos ya están pagando el precio de esa transformación antes incluso de que las grandes guerras lleguen. Lo pagan cuando llenan el tanque de nafta, cuando buscan una vivienda imposible de pagar, cuando asisten a escuelas con menos recursos o cuando ven reducirse servicios públicos considerados conquistas irreversibles.
Tal vez la pregunta central de nuestro tiempo deje de lado el interrogante de quién ganará las próximas elecciones en Israel, Estados Unidos o Brasil. La cuestión realmente decisiva es otra: si este maravilloso mundo está entrando en una nueva era de confrontación permanente o si aún existe espacio para reconstruir una política internacional basada en algo más que la fuerza.
Porque, detrás de cada misil que cruza el cielo, siempre acaba apareciendo una factura que alguien, en algún lugar, tendrá que pagar. Y casi nunca la pagan quienes deciden las guerras.
Alejandro Lamaisón
Fuente: Resumen internacional de Atilio Borón, Doctor en Ciencia Política por Harvard, magister por FLACSO y licenciado en Sociología por la UCA.