LOS CIPAYOS MENOS PENSADOS
Cipayos hubo siempre. Desde los soldados indios de los siglos XVIII y XIX que servían a las potencias coloniales europeas, hasta los políticos y legisladores argentinos -a partir del derrocamiento de Perón- que veneran a los Estados Unidos.
Siglo XXI. En una suite de hotel, alfombras gruesas, aire acondicionado que zumba como un insecto invisible. Atlanta, hace más de diez años. Ex presidentes, hombres de traje, representantes de la CIA. El murmullo de vasos de whisky, el roce de carpetas con sellos. Una reunión que no aparece en los diarios. Una reunión que decide el futuro de países enteros.
Una reunión de cipayos.
Luis Alberto Lacalle habla. Dos pasos, dice. Primero, la campaña de descrédito. Segundo, la traducción de esa campaña en juicios, procesos, destituciones. No hace falta el voto popular. Basta con los medios, basta con los jueces. La democracia convertida en un teatro de sombras.

Manolo Pichiardo fué el principal denunciante de los cipayos que concurrieron a Atlanta para desestabilizar a los gobiernos progresistas de la región.
La información llega por un desvío, un pasillo lateral: Manolo Pichiardo, dirigente dominicano, antes de asumir la presidencia del Parlacen. La filtración es un eco que se expande. Al año siguiente, Eduardo Duhalde aparece en escena. Otros cipayos se suman: Stolbizer, Ocaña, Michetti, Carrió. La “National Endowment for Democracy” como telón de fondo. Fondos norteamericanos, fundaciones, programas de liderazgo. Voces Vitales, Nueva Democracia, Instituto de Ayuda al Exterior. El sueño americano como molde.
El 4 de julio, la embajada norteamericana abre sus puertas. Políticos mediocres, jueces que se ruborizan ante sus propios juramentos, periodistas que buscan fama en operaciones mediáticas. La escena se repite cada año: brindis, banderas, discursos. La dependencia disfrazada de celebración.
SIN CIPAYOS NO HAY ULTRACAPITALISMO
Pero no son cipayos sólo los personajes secundarios. También los presidentes progresistas, incapaces de romper el estado de las cosas. El ultracapitalismo o neoliberalismo ha vaciado la palabra soberanía. La independencia se celebra mientras el patrimonio nacional se extranjeriza.
¿De qué soberanía hablamos cuando el país se endeuda a cien años, con cifras que superan la suma de las cinco naciones más endeudadas del planeta? ¿Qué independencia queda cuando de casi trescientas empresas públicas sólo sobreviven quince, la mayoría en manos extranjeras?
La Alumbrera, minera canadiense, declara oro, cobre, molibdeno. Olvida —deliberadamente— cromo, titanio, uranio, cesio, hafnio. La lista es interminable, un inventario de elementos que alimentan la industria militar y tecnológica de las potencias. Ocho mil millones de dólares fugados cada año. El contrabando de soja hacia Paraguay y Brasil. Treinta mil millones en exportaciones ilegales. La deuda externa podría pagarse en un año, si hubiera voluntad política.
La Hidrovía. El Paraná como arteria principal. Desde 1995, concesionada a Jan de Nul y EMEPA. Menem entrega la ruta navegable más importante del país. El 85% de las exportaciones circula por allí. El Estado ausente, las empresas privadas administrando treinta puertos. Declaraciones juradas en lugar de controles. El contrabando escondido bajo la línea de flotación.

La Hidrovía pudo haberse recuperado para Argentina de no ser por los cipayos que, al vencerse la concesión, automáticamente la renovaron a favor del extranjero.
Los cipayos infiltrados en el nuevo gobierno peronista. El decreto 949/20 de Alberto Fernández y la licitación pública. La misma empresa vuelve a ganar. El drenaje continúa. La esperanza se sostiene en proyectos como el Canal Magdalena, una alternativa para recuperar soberanía. Dragado urgente, talleres, astilleros, universidades nacionales. Una nueva Vuelta de Obligado, un gesto de independencia.
Pero la derecha neoliberal acecha y los cipayos se instalan nuevamente el poder. Traidores vendepatria, al servicio del capitalismo transnacional. La historia se repite como un eco. La entrega planificada, el contrabando, la evasión. La soberanía convertida en palabra hueca.
La columna termina, pero la escena sigue. El hotel, la reunión secreta, los nombres de cipayos que circulan en voz baja. El Paraná, los barcos, las cargas invisibles bajo el agua. La deuda, los minerales, los puertos privados. La astucia del neoliberalismo es esta: necesita cipayos. Sin ellos, no hay entrega. Sin ellos, no hay dependencia. Sin ellos, no hay ultracapitalismo.
Alejandro Lamaisón
…Continuará…