LA SOMBRÍA PERENNIDAD DEL CAPITALISMO
El capitalismo del siglo XXI contradice de manera brutal la sentencia marxista que lo imaginaba sepultado por el socialismo. No sólo no agoniza: se perfecciona. Se expande como un organismo que muta, que se adapta, que coloniza cada rincón de la vida social, como un río turbulento que arrastra crisis, desigualdades y mutaciones ideológicas.
La caída de los socialismos burocráticos del Este, la centralización del capital, la automatización y la revolución tecnológica han dado forma a un sistema que se reinventa en cada crisis. La de 2008, con su estallido hipotecario, fue el punto de inflexión: el neoliberalismo dejó de fluir, pero no murió. Se transformó en un espectro que aún coloniza la vida cotidiana.
El declive de la hegemonía estadounidense y el ascenso de China configuran un escenario multipolar. En ese tablero, dos proyectos se enfrentan:
a) Globalización neoliberal, que insiste en la desregulación y la financiarización.
b) Nacionalismos proteccionistas, que buscan replegarse y desglobalizar.
Ambos conviven en tensión, mientras las sociedades padecen precarización laboral, desigualdad creciente y segmentación de la clase obrera. La economía de plataformas convierte al trabajador en un engranaje desechable, mientras las redes sociales viralizan odio y teorías conspirativas.
El nuevo capitalismo de precarización laboral transforma al trabajador en un objeto deshechable.
Paralelamente, la derecha contemporánea articula un discurso que combina:
Defensa irrestricta del mercado y la propiedad privada.
Apelación a valores tradicionales: familia patriarcal, jerarquía, moral conservadora.
Idolatría del capitalismo neoliberal como religión secular.
En consecuencia, el resultado es un totalitarismo de mercado que coloniza la vida diaria, mercantiliza vínculos y deshumaniza relaciones. Como advierte Bob Jessop, se trata de una colonización expansiva: la financiarización de la existencia.
Asimismo, la mercantilización de la ciudadanía —de sujetos políticos a consumidores solitarios— erosiona la cultura democrática. En América Latina, el terreno abonado por el neoliberalismo permitió el ascenso de líderes de extrema derecha: Bolsonaro, Milei, Kast.
Hoy, la “batalla cultural” se libra en las redes sociales, donde algoritmos premian el odio y la antipolítica. por lo tanto, el peligro es claro: la democracia liberal se convierte en un obstáculo para el mercado, y el Estado posdemocrático autoritario emerge como su nueva envoltura.
DIALÉCTICA DEL NUEVO CAPITALISMO
El capitalismo de vigilancia, descrito por Zuboff, es la columna vertebral de esta mutación. La experiencia humana se transforma en materia prima gratuita: datos de comportamiento que permiten predecir y moldear conductas. El poder instrumentario convierte a los individuos en objetos de intervención, consolidando un modelo social donde la mente y el cuerpo se orientan hacia el individualismo competitivo.
En Argentina, Javier Milei encarna esta deriva. Su discurso antipolítica, su agresividad mediática y su arquitectura de gobierno apuntan a un Estado autoritario posdemocrático. Entre sus rasgos:
Represión de la movilización social.
Ataques a sindicatos y trabajadores.
Ajuste extremo y desfinanciamiento de la educación.
Defensa de la dictadura cívico-militar y retroceso en políticas de memoria.
Agresiones a minorías y construcción de enemigos simbólicos.
Asimismo, el mito del “granero del mundo” funciona como relato legitimador: un pasado de capitalismo pujante pero sin democracia. La distopía posfascista se sostiene en un totalitarismo de mercado que reifica el mundo y convierte toda relación en mercancía.
El posfascismo no es una réplica del fascismo clásico, pero conserva su matriz autoritaria. Carece de un proyecto utópico, pero se alimenta del malestar social y de la crisis del neoliberalismo. Es un fenómeno ecléctico, fluctuante, que mezcla nacionalismo, neoliberalismo y proteccionismo. Su amenaza radica en la construcción de Estados híbridos, autoritarios, que legitiman la violencia y deterioran las instituciones democráticas.

La nueva fase del capitalismo total: apalear la protesta social
Por su parte, la izquierda enfrenta el desafío de superar la melancolía post-1989 y construir un nuevo relato emancipador. El avance del posfascismo exige abandonar la parálisis del “no hay alternativa” y recuperar la imaginación política. Como señala Traverso, la tensión entre pasado y futuro se ha convertido en una dialéctica negativa. Es hora de invertir esa dialéctica y abrir un horizonte distinto.
El capitalismo fluye, pero su cauce se ha vuelto oscuro. La democracia se erosiona bajo el peso del mercado total. El posfascismo avanza como distopía en construcción. La pregunta no es si habrá crisis, sino qué relato será capaz de transformar el malestar en emancipación.
“En la penumbra del presente, el mercado dicta sus leyes como un dios sin rostro. La política se desvanece, la democracia se agrieta. Pero aún queda la posibilidad de un relato nuevo, un relámpago que interrumpa la noche neoliberal. Todo fluye, sí; pero no todo está escrito.”
CAPITALISMO VS. MEMORIA Y RESISTENCIA
La crisis de 2008, que muchos interpretaron como el ocaso del capitalismo, fue apenas un punto de inflexión: el neoliberalismo se reconfiguró, se radicalizó, se volvió más sofisticado. La financiarización de la vida cotidiana, el capitalismo de vigilancia que convierte la experiencia humana en materia prima, la economía de plataformas que precariza y fragmenta, son síntomas de un sistema que no se derrumba, sino que se reinventa.
Marx escribió que el capitalismo llevaba en sí mismo las semillas de su destrucción. Sin embargo, esas semillas parecen haber germinado en otra dirección: en lugar de dar paso al socialismo, alimentan nuevas formas de dominación. El mercado se ha vuelto totalitario, capaz de absorber la política, la cultura, incluso la intimidad. La contradicción es evidente: el capitalismo no se debilita, se perfecciona en su capacidad de control.
La paradoja del presente es que el capitalismo, lejos de ser enterrado, se ha convertido en sepulturero de alternativas. Su fuerza no radica en la promesa de bienestar, sino en la capacidad de moldear deseos, disciplinar cuerpos y colonizar imaginarios. El socialismo, que debía ser su heredero, aparece desplazado, debilitado, convertido en espectro.
En este sentido, el capitalismo líquido del siglo XXI no espera ser derrotado: se perfecciona en la crisis, se alimenta del desastre, se reproduce en la precariedad. Y en esa perfección oscura, la sentencia marxista se invierte: no es el capitalismo el que será sepultado, sino la esperanza de emancipación, a menos que la memoria y la resistencia logren interrumpir su cauce.
Alejandro Lamaisón
Fuentes: Revolución. Una historia intelectual, de Enzo Traverso.
La era del capitalismo de vigilancia de Shoshana Zuboff.