La ultradrecha y los nuevos verdugos del progreso
En la actualidad, el avance de la ultraderecha sacude los cimientos de la política global a través de una paradoja inesperada: las mismas clases medias que prosperaron gracias al progreso social son las que hoy impulsan este fenómeno. Para comprender este giro histórico, es necesario revisar las viejas teorías del conflicto de clases.
En 1848, en el primer capítulo del Manifiesto Comunista («Burgueses y proletarios»), Marx explicaba cómo la burguesía produciría las condiciones económicas y sociales de su propia caída. La frase célebre del filósofo alemán afirmaba explícitamente que la burguesía produciría, ante todo, «sus propios sepultureros» bajo el argumento de que el crecimiento de la gran industria requeriría concentrar a la clase obrera (el proletariado). Al unirlos y explotarlos de forma sistémica, el capitalismo destruiría el aislamiento entre los trabajadores y crearía la fuerza revolucionaria que terminaría por derrocarlo. Pues bien. Nada de eso ocurrió.
Hoy todo se puso patas para arriba: El progreso material impulsado por el Estado de bienestar y el progresismo no engendra ciudadanos revolucionarios, sino una nueva clase media asustada por la posibilidad de perder su estatus adquirido. Al transformar a las masas pobres en propietarios individuales, el sistema fomenta una mentalidad defensiva que, ante el vértigo del cambio cultural y fiscal, termina consolidando el avance de la ultraderecha.
Al revés de lo vaticinado por Marx, es el socialismo, el progresismo y el estado de bienestar el que genera sus propios verdugos, dado que las clases populares y obreras, al mejorar su estatus de vida, se auto perciben en una escala superior, “el que lo logró con el esfuerzo y mérito propio” y deja de votar a quienes lo pusieron en ese estamento para empezar a identificarse con la ultraderecha.
La prueba más concluyente es la última elección brasilera, en la cual se otorgó el triunfo a la ultraderecha más radical en detrimento del progresismo, Estado de Bienestar, capitalismo de izquierda o cómo se lo quiera llamar a un gobierno que durante tres mandatos logró sacar de la pobreza a más de 30 millones de personas.

Pese a la movilidad social ascendente lograda durante los tres gobiernos de Lula, la ultraderecha se impuso en las elecciones del octubre e irá a segunda vuelta.
A modo de ejemplo: Brasil es el país con más empleadas domésticas del mundo al punto tal que la mayoría de sus viviendas tienen generalmente una habitación de servicio. Lula logró que la mayoría de esas empleadas hoy sean empleadoras, motivo por el cual ese voto se le volvió en contra por el miedo de esa nueva clase -otrora degradada culturalmente y empobrecida- de perder su status patronal.
Parafraseando el inicio del Manifiesto Comunista, podríamos decir que “Un fantasma recorre el mundo; el fantasma de la ultraderecha”, ya que este fenómeno no sólo es en América Latina, sino también en toda Europa. Dicho proceso político no es casual, sino multicausal y comienza precisamente a gestarse con la caída del muro de Berlín y el advenimiento de las nuevas tecnologías en la década del 90. Asimismo, el quiebre psicológico de la postpandemia profundizó el individualismo necesario para que el ultraliberalismo utilizara en su propio beneficio el trauma del confinamiento y la rebelión libertaria.
Anatomía del mérito, postpandemia y la trampa algorítmica
A continuación, se presentan las ideas principales del argumento ultraliberal que explican este cambio de paradigma:
a) La ilusión del esfuerzo: El discurso progresista del «si querés, podés» sostiene falsamente que el éxito depende únicamente del talento y el esfuerzo individual, ignorando los privilegios de la desigualdad de posiciones en la partida y el azar.
b) La humillación del estancamiento: Quienes no logran ascender socialmente internalizan el fracaso como una culpa propia, lo que genera una profunda desmoralización y pérdida de la autoestima (el aumento en la tasa de suicidios, el exceso de consumo de opioides y la ludopatía es la prueba).
c) La soberbia del ganador: Aquellos que triunfan creen que su éxito es exclusivamente merecido, desarrollando un desprecio sutil hacia los sectores menos favorecidos y hacia el Estado como planificador de prioridades.
d) El miedo de la clase media: Quienes lograron ascender viven bajo una ansiedad constante y un miedo crónico a caer en la escala social si dejan de competir activamente (De allí la metáfora del que patea la escalera una vez que llega a su techo).
e) Capitalización política: Los movimientos de ultraderecha canalizan de forma efectiva el resentimiento y la ira de las clases populares y medias bajas contra las élites tecnocráticas que validan este sistema meritocrático.

Representación pictórica de la ultraderecha
Por otro lado, la salida de la pandemia del COVID-19 consolidó una profunda fatiga social y una desconfianza sistémica hacia las regulaciones estatales. Mientras el progresismo defendía las restricciones sanitarias y las cuarentenas en nombre del bien común, las plataformas digitales aceleraron el avance de la ultraderecha capitalizando el hastío del trabajador autónomo, del repartidor de aplicaciones y del micro emprendedor que necesitaba salir a la calle para generar ingresos. La validación del individualismo radical, motivado por la crisis sanitaria, aceleró la digitalización de la vida diaria y legitimó la mentalidad del «sálvese quien pueda».
El Estado pasó de ser visto como un protector a ser percibido como una maquinaria de control ineficiente. Al salir del aislamiento, el nuevo ciudadano de clase media periférica dejó de demandar salud pública o redes de seguridad colectiva y comenzó a exigir libertad absoluta de mercado y mano dura frente al desorden urbano que amenazaba su propiedad.
Diversos politólogos y sociólogos coinciden en que la crisis sanitaria no generó este fenómeno desde cero, pero actuó como un potente acelerador al profundizar el malestar económico, la desconfianza institucional y la polarización social. Esto allanó el camino para discursos antisistema u outsiders que prometían romper con el orden establecido. Las consecuencias económicas del confinamiento (cierre de comercios, pérdida de empleos, endeudamiento y la posterior ola inflacionaria global) acentuaron la desigualdad previa.
Muchos analistas explican el avance de la ultraderecha en Europa a través de cómo se dirigió el malestar hacia las políticas de austeridad, la burocracia de la Unión Europea, el miedo a la escasez de recursos y el discurso antiinmigrante. Paralelamente, en América Latina conectó fuertemente con el sector informal y las clases medias-bajas empobrecidas, prometiendo soluciones radicales frente a la crisis y el estancamiento económico.

Manifestación anticuarentena durante la pandemia de Covid 19
Durante las cuarentenas, muchos partidos de ultraderecha adoptaron banderas de «libertad individual» y escepticismo frente al rol del Estado. Al terminar la emergencia sanitaria, estas fuerzas lograron retener a un electorado que se sintió agraviado por los confinamientos obligatorios, canalizando esa indignación hacia una desconfianza generalizada contra las élites científicas, tecnocráticas y políticas.
El nuevo sujeto político de la era digital
La postpandemia dejó sociedades con altos niveles de ansiedad, incertidumbre y desafección democrática. El ecosistema digital y las redes sociales permitieron la rápida propagación de discursos basados en emociones intensas como el miedo y el odio. Esto ayudó a consolidar narrativas que culpaban a enemigos externos o internos de los males de la sociedad, facilitando el avance de la ultraderecha en los sectores más jóvenes e hiperconectados.

«Las patas en la fuente». Una foto que estetiza al sujeto político que el peronismo sacó de la pobreza y que hoy se encuentra en extinción , absorto y alienado en el imaginario libertario creado por el algoritmo.
La combinación entre la ansiedad por el estatus ganado y la velocidad de la digitalidad móvil ha creado un nuevo sujeto político. Ya no más el cabecita negra, el “aluvión zoológico” que estetizó la revolución industrial peronista ni, por el contrario, un nuevo votante ideologizado tradicional; el nuevo sujeto político es una terminal humana hiperconectada que utiliza las redes para:
a) Protección defensiva: El usuario busca proteger su pequeña parcela de bienestar, pateando la escalera colectiva a través de un simple clic en la pantalla de su teléfono. El dispositivo es la prótesis que reconfigura el sistema nervioso del nuevo propietario. El iPhone -la pantalla táctil reflectante- registra las transacciones del banco digital y administra el flujo constante del pánico aspiracional. El individuo que ha dejado atrás la miseria extrema ya no se informa, sino que consume fragmentos de quince segundos que parpadean en un bucle infinito.
b) La economía de la atención y la indignación: Los algoritmos de las redes sociales están programados para premiar el conflicto, la rabia y el miedo a la pérdida, emociones básicas del nuevo propietario de clase media. Ciertos sectores dominan este ecosistema porque convierten la complejidad de los problemas económicos y culturales en narrativas hiper-simplificadas de enemigos comunes.
c) El fin de los marcos colectivos: La pantalla individual atomiza al sujeto. El trabajador y/o desocupado tradicional ya no se encuentra en el sindicato o marchando hacia la Plaza para protestar con sus pares, sino que se encierra en su propio feed personalizado, donde el algoritmo le confirma de forma continua que el Estado es un parásito que le roba sus impuestos para financiar agendas abstractas ajenas a su realidad material.

Sujeto atrapado en una pantalla de I Phone
En este sentido, la paradoja más dolorosa de nuestro tiempo se consuma en el silencio de una pantalla táctil. Aquel sujeto histórico que el progresismo rescató del olvido, la miseria y le dio una movilidad social ascendente, hoy ya no marcha en las plazas ni busca el amparo de los lazos colectivos; se encierra en la trinchera digital de su propio bienestar, pateando con urgencia la escalera que le permitió ascender por pánico a caer al vacío. El capitalismo no necesitó destruir a sus críticos; le bastó con otorgarles una pequeña parcela de estatus, un algoritmo hecho a la medida de sus miedos y la ilusión de que el mérito es un logro estrictamente solitario.
Por todo esto, el avance de la ultraderecha que hoy recorre el mundo no viene de los márgenes desahuciados, sino del corazón de una clase media huérfana de comunidad y asustada por el mañana. En su desesperado intento por salvarse a sí misma, esta nueva clase termina votando a sus propios verdugos en un bucle infinito de indignación, scrolleos y clics.
Alejandro Lamaisón
Fuentes:
Michael Sandel: “La tiranía del mérito”.
Revista Jacobin: Algoritmos y ultraderecha: “la tecnopolítica del malestar”, por Hernán Borisonik.
El Diplo: «La paradoja de Brasil», por José Natanson