DE PRESIDENTE A GUARDIÁN DE LA DEMOCRACIA
La escena política continental parece cada vez más un teatro de sombras donde la figura de un presidente puede ser manipulada por un titiritero cuyos hilos se tensan desde Washington. Donald Trump, autoproclamado guardián de la democracia, actúa como si la Casa Blanca fuese el centro de mando de todo el hemisferio. Su figura se proyecta más allá de las fronteras estadounidenses, imponiendo un relato en el que América —en su totalidad— se reduce a un tablero de ajedrez donde él decide las piezas que deben moverse.
La injerencia no es nueva, pero bajo Trump adquiere un tono de espectáculo mediático y amenaza explícita. Su retórica convierte a los países latinoamericanos en escenarios de prueba para su política exterior, donde la soberanía se diluye en nombre de una supuesta defensa de la libertad. El problema es que esa libertad se traduce en intervenciones, sanciones y operaciones encubiertas que buscan disciplinar gobiernos incómodos.
El caso de Venezuela es paradigmático. La narrativa trumpista construyó a Nicolás Maduro como enemigo absoluto, un villano que debía ser neutralizado a cualquier costo. La idea del “secuestro” de Maduro, promovida en discursos y filtraciones, no es solo una metáfora de control: es la evidencia de un proyecto que pretende borrar la autonomía política de un país entero. La amenaza de capturar a un presidente extranjero, de exhibirlo como trofeo, revela la lógica imperial que late bajo el discurso populista de Trump.
La pregunta que se impone es: ¿quién le otorgó a Trump el título de “presidente de América”? Nadie, salvo él mismo y la maquinaria que lo rodea. La arrogancia de adjudicarse el derecho de decidir sobre gobiernos ajenos es una forma de secuestro simbólico: se secuestra la soberanía, se secuestra la posibilidad de que los pueblos definan su destino sin tutelas externas.
En este contexto, la crítica no puede limitarse a la figura de Maduro ni a la coyuntura venezolana. Se trata de denunciar un patrón histórico que se reactualiza con cada administración estadounidense, pero que en Trump encuentra un tono brutal, casi performático. La amenaza de secuestro no es solo contra un presidente: es contra la memoria de independencia de toda América Latina.
La columna vertebral de Librepensante es clara: resistir la manipulación, desenmascarar la retórica del poder y recordar que la libertad no se negocia en los pasillos de Washington. Trump puede proclamarse “presidente de América”, pero esa proclamación es un acto vacío, sostenido por la fuerza y el espectáculo. La verdadera América —la plural, la diversa, la que late en cada pueblo— no necesita un caudillo extranjero que dicte su destino.
La denuncia contra el secuestro de Nicolás Maduro es, en realidad, la denuncia contra el secuestro de la soberanía continental. Porque cada intento de disciplinar a un país desde afuera es un recordatorio de que la independencia sigue siendo un campo de batalla simbólico y político. Y en ese campo, la voz crítica debe insistir: América no es propiedad de Trump, ni de ningún otro presidente que pretenda gobernar más allá de sus fronteras.
EL PRESIDENTE DEGRADADO: LA VERGÜENZA ARGENTINA
La política argentina atraviesa un momento de degradación simbólica y moral que no puede pasar desapercibido. El actual presidente, en un gesto que lo coloca como excepción mundial, ha decidido apoyar la invasión norteamericana a Venezuela. Ese alineamiento no es solo una postura diplomática: es un acto de sometimiento que nos expone como país y nos coloca en el lugar más incómodo de la historia reciente.
La vergüenza que sentimos los argentinos no proviene únicamente de la decisión en sí, sino de lo que implica: la renuncia explícita a nuestra soberanía. Convertirse en el único mandatario que legitima la intervención estadounidense significa aceptar que nuestras riquezas, nuestros recursos y nuestra autonomía pueden ser entregados en bandeja a los intereses de Washington. Es la imagen de un presidente que no gobierna para su pueblo, sino para un poder extranjero que lo utiliza como peón.
La degradación es doble: institucional y simbólica. Institucional, porque se traiciona el mandato democrático que debería defender la independencia nacional. Simbólica, porque se destruye la memoria de un país que siempre supo resistir las presiones externas, incluso en los momentos más oscuros. La Argentina que alguna vez levantó la voz contra las dictaduras y las intervenciones ahora se ve representada por un presidente que aplaude la invasión de otro país hermano.

Milei, el único presidente cipayo y entreguista de la soberanía nacional argentina que apoya la invasión a Venezuela, incluso más que los propios norteamericanos.
El sometimiento no es un gesto aislado: es la antesala de un vaciamiento. Quien entrega la soberanía en política exterior, también está dispuesto a entregar las riquezas internas: el litio, el petróleo, la tierra, el agua. Todo aquello que constituye nuestro patrimonio colectivo corre el riesgo de ser negociado como moneda de cambio en un pacto de subordinación.
La crítica, entonces, no es solo contra un presidente degradado, sino contra la lógica que pretende normalizar la entrega. La voz de los argentinos debe recordar que la soberanía no se negocia, que la dignidad no se arrodilla y que la vergüenza no puede convertirse en costumbre.
La historia juzgará este momento como uno de los más oscuros de nuestra política exterior. Y será tarea de la sociedad resistir, denunciar y reconstruir la memoria de un país que no nació para ser colonia, sino para ser libre.
Alejandro Lamaisón