DE ARGENTINA POTENCIA A ARGENTINA COLONIA
Finalizado cada ciclo liberal, Argentina siempre terminó igual: colonia, entrega, sometimiento y pérdida total de soberanía.
Desde la dictadura militar que enarboló el eslogan vacío de “Argentina Potencia” hasta el presente gobierno de Javier Milei, los proyectos liberales han repetido la misma promesa grandilocuente: convertir al país en potencia mundial. Sin embargo, la historia demuestra que detrás de cada relanzamiento de ese lema se esconde la misma conclusión: “Argentina colonia”.
Porque el liberalismo, en todas sus versiones, ha significado entrega de recursos, sometimiento a intereses externos y pérdida de soberanía. La potencia nunca llegó; lo que sí se consolidó fue la dependencia, la subordinación y la resignación de un país que, cada vez que abrazó el libreto liberal, terminó administrado como territorio ajeno.
La Argentina contemporánea se mueve en un escenario donde las palabras “soberanía” y “acuerdo” parecen haber perdido su sentido y ambas trazan un mapa común: el país vive una recolonización silenciosa, legitimada por discursos oficiales y sostenida por estructuras históricas de dependencia.
LA ARGENTINA NUNCA DEJÓ DE SER COLONIA
Desde los primeros pactos con Inglaterra hasta las actuales concesiones a Estados Unidos, la trama es la misma: una élite local que actúa como intermediaria dócil de intereses externos. La historia se repite como en un inventario de escenas coloniales, donde embajadores y funcionarios hablan como si el país fuese un territorio administrado desde afuera.
En este sentido, esa colonización no es sólo económica, sino también cultural y simbólica, dado que los medios y la justicia funcionan como instrumentos de legitimación, naturalizando la entrega y borrando la memoria de luchas populares. La colonización se infiltra en el lenguaje, en la narrativa oficial, en la aceptación resignada de que “no hay alternativa”.

Imposible no ser colonia con un presidente tan paradójico: su fortaleza para someter a su propio pueblo y su pusilanimidad con el gobierno norteamericano.
Asimismo, en lo coyuntural, el poder ejecutivo ejercido pusilánimemente se exhibe en “ofensiva completa”, pero la ofensiva es hacia adentro, contra la propia soberanía. El supuesto “acuerdo comercial” con Estados Unidos es un pacto de concesiones unilaterales. Argentina concede, Estados Unidos recibe.
La salida del BRICS, el alineamiento con Washington e Israel, y la renuncia a cualquier proyecto autónomo son síntomas de una política exterior que se presenta como modernización, pero que en realidad es subordinación. Precisamente se desnuda la paradoja que mantiene sometida a todo un pueblo: el Ejecutivo se muestra fuerte, pero su fortaleza consiste en entregar lo que no le pertenece.
COLONIA HISTÓRICA
Si tenemos en cuenta la dimensión histórica podemos definir la “Argentina colonia” como continuidad, como repetición de escenas que se actualizan en cada época.
Por otra parte, si tomamos la dimensión cultural, podemos establecer la colonización como atmósfera simbólica, legitimada por los medios hegemónicos y una justicia corrompida, que naturaliza la entrega.
Por último, si consideramos la dimensión política terminaremos reconociendo la ofensiva actual del Ejecutivo como parte de ese mismo libreto.
El resultado es un diagnóstico integral: “Argentina vive una recolonización contemporánea, donde la historia, la cultura y la política se entrelazan para sostener un modelo de dependencia”.
La neo colonia ya no necesita ejércitos ni cañones. Se manifiesta en:
– El lenguaje oficial: palabras técnicas, cifras, promesas de inversión que ocultan la subordinación.
– La economía: contratos y acuerdos que benefician a la metrópoli y vacían al país.
– La cultura política: la aceptación resignada de que “no hay otro camino”.
– La memoria borrada: la historia se repite, pero se presenta como novedad.
En conclusión, Argentina aparece como un cuerpo colonizado, con cicatrices invisibles. Un país que firma papeles como si fueran guiones, que actúa en una obra escrita en otra lengua, en otra capital.
Por lo tanto, ser colonia de una potencia no es un recuerdo del pasado: es un presente que se actualiza con cada concesión y la independencia es todavía una tarea pendiente.
La ofensiva del Ejecutivo no es soberanía, sino la confirmación de que la colonización se ha vuelto atmósfera: un zumbido molesto que acompaña cada decisión política.
Y en ese murmullo interminable, la palabra que queda, la única que resiste, es “soberanía”.
Alejandro Lamaisón
Fuentes: Gustavo Campana en su columna radial de “La Mañana” junto a Víctor Hugo Morales, Hugo Presman en “La Tecla Eñe” con “Escenas de la vida colonial” y Eduardo Aliverti en “Página/12” con *“Un gobierno en ofensiva completa.