La contradicción cultural: cuando la identidad pesa más que el bolsillo
Hay una contradicción que desconcierta a quienes analizan la política exclusivamente desde la economía. En Pilar, donde Javier Milei obtuvo victorias contundentes, una granja como Tres Arroyos está al borde del cierre y de despedir trabajadores. En Bahía Blanca, otro bastión libertario, se eliminan beneficios por zona fría que impactan directamente sobre el bolsillo de miles de familias. En Santa Rosa, empleados municipales enfurecidos por el destrato de la secretaria de gobierno Carmina Besga (pareja del intendente), afirman que volverán a votar a Milei.
Esta contradicción argentina que desafía las teorías clásicas del voto, genera la siguiente pregunta: ¿por qué alguien apoyaría políticamente un proyecto que parece perjudicar sus intereses materiales inmediatos?
La respuesta es más incómoda que misteriosa. Porque la política argentina ya no se organiza principalmente alrededor del interés económico, sino alrededor del rechazo. En este sentido, la contradicción ya no es económica sino cultural.
Durante décadas, gran parte del análisis electoral argentino descansó sobre una premisa sencilla: las personas votan según su situación económica. Si viven mejor, respaldan al oficialismo. Si viven peor, buscan una alternativa.
Pero la experiencia reciente demuestra que la relación se ha vuelto mucho más compleja y la contradicción se profundiza a medida que crece la pobreza.
Los datos económicos muestran un deterioro evidente. La pobreza oficial volvió a crecer hasta el 32,3 por ciento de la población. Algunas mediciones alternativas la sitúan entre el 40 y el 45 por ciento. La indigencia también aumentó. La actividad económica cayó 2,9 por ciento en julio, una de las peores contracciones de las últimas décadas fuera del período de pandemia. La industria, la construcción y el comercio exhiben retrocesos significativos. El empleo privado continúa mostrando señales de fragilidad.
Sin embargo, el apoyo político a Milei mantiene una capacidad de resistencia que desconcierta a sus adversarios.
¿Por qué? Porque para muchos votantes el gobierno no es juzgado por los resultados que obtiene, sino por los enemigos que combate.
Cuando un empleado municipal de Santa Rosa dice que votará nuevamente a Milei, aun cuando su salario depende de un Estado administrado por fuerzas opositoras, no está evaluando únicamente su recibo de sueldo, sino que está expresando una identidad política.
Su razonamiento no necesariamente es: «Milei mejoró mi situación», sino que la mayoría de las veces es: «Milei representa algo distinto de lo que vengo rechazando hace años».
La crisis de representación de los partidos tradicionales produjo un fenómeno particularmente poderoso: una parte importante del electorado dejó de votar a favor de un proyecto y comenzó a votar contra un sistema, contra la «casta», contra el kirchnerismo, contra los sindicatos, contra los movimientos sociales, contra una burocracia estatal percibida como privilegiada.

El imaginario social entró en contradicción: Aceptar hacerse daño a si mismo con tal de erradicar un sistema corrompido (la casta).
En ese escenario, los perjuicios concretos pasan a ocupar un lugar secundario frente a una satisfacción simbólica y se acepta el daño porque se considera necesario para castigar a los responsables de un problema mayor.
Milei introdujo en Argentina una narrativa que históricamente había tenido escasa capacidad de penetración electoral: la idea de que el sufrimiento presente es una inversión moral para un futuro mejor.
Durante años, la política argentina prometió alivio inmediato y Javier Milei ofrece algo distinto. Promete dolor.
Y precisamente por eso resulta creíble para muchos.
Cuando una granja cierra, cuando aumentan las tarifas, cuando cae el salario real, cuando desaparecen subsidios, una parte de sus votantes interpreta esos hechos menos como evidencia del fracaso del plan que como pruebas de que el ajuste es real.
El sufrimiento deja de ser una refutación y se transforma en una confirmación.
El caso de Bahía Blanca es especialmente revelador, ya que expresa otra dimensión de la contradicción. La eliminación de beneficios para zonas frías afecta directamente a sectores que respaldaron masivamente al oficialismo.
Desde una lógica tradicional, debería producirse una fuga automática de votantes, pero eso no necesariamente ocurre.
¿Por qué?
Porque muchos ciudadanos absorbieron la narrativa según la cual los subsidios constituyen privilegios injustificados y esta pérdida que los afecta personalmente, la interpretan como una corrección necesaria de las distorsiones heredadas.
La paradoja es brutal: sectores perjudicados terminan justificando políticas que los afectan directamente porque comparten el diagnóstico moral que las inspira.
Asimismo, existe otra dimensión frecuentemente ignorada y es que, precisamente, las dificultades económicas no necesariamente fortalecen a la oposición, sino que solo la fortalecen si aparece como una alternativa creíble.
Y ese parece ser hoy uno de los mayores problemas del campo opositor.
Comprender esta contradicción es clave para proyectar una alternativa fiable en las próximas elecciones, dado que muchos votantes distinguen entre el presente doloroso y el pasado que consideran responsable de ese dolor.
Por eso una caída económica del 2,9 por ciento o un aumento de la pobreza no se traducen automáticamente en votos opositores.
Si la comparación mental no es entre «hoy y mañana», sino entre «Milei y lo anterior», el oficialismo conserva ventaja.
La contradicción económica: pobreza creciente, recesión y resistencia electoral
Hay además una contradicción más profunda.
Los datos muestran la persistencia de una pobreza estructural cercana al 30 por ciento incluso en los mejores momentos. En este sentido, la UCA viene señalando desde hace años que el problema argentino excede a cualquier gobierno.
Empleo informal, baja productividad, déficits educativos, insuficiencia habitacional, dependencia de transferencias estatales. Es decir, una parte importante de la sociedad llegó a la experiencia libertaria después de haber comprobado que el sistema anterior tampoco resolvía esos problemas.
Por eso el deterioro actual no siempre es interpretado como prueba suficiente para abandonar el experimento, sino que muchos consideran que el fracaso previo fue aún peor.

En este panorama, las tres historias iniciales permiten imaginar tres posibles escenarios:
a) Si la inflación permanece relativamente controlada y la oposición continúa fragmentada, Milei podría conservar apoyo incluso con crecimiento débil y aumento de la pobreza. La identidad cultural seguiría predominando sobre la situación material.
b) Si continúan cerrando empresas, destruyéndose empleos y creciendo la pobreza, puede comenzar una lenta erosión de la confianza social, derrumbándose de manera lenta, como un techo que se descascara de a poco hasta que colapsa. La paciencia tiene límites. La fe también.
c) Que ni el oficialismo ni la oposición -quizá el escenario más probable- logran responder a los problemas estructurales: La pobreza sigue alrededor del 40 por ciento real, la economía alterna ciclos de recuperación y caída, la sociedad profundiza su desencanto y emerge una nueva demanda antisistema, incluso más radical que la actual.
En este sentido, la contradicción no es que personas afectadas por las políticas de Milei sigan votándolo. La verdadera contradicción es que amplios sectores sociales hayan dejado de creer que existe una alternativa mejor.
Mientras esa percepción persista, una granja que cierra en Pilar, un tarifazo en Bahía Blanca o un empleado municipal protegido por gobiernos opositores en Santa Rosa no necesariamente se transformarán en votos contra Milei.
Porque la política argentina ya no se parece a una discusión sobre quién administra mejor la economía.
Se parece cada vez más a una disputa sobre quién expresa mejor la frustración colectiva.
Y en ese terreno, al menos hasta ahora, el presidente sigue jugando de local.
Alejandro Lamaisón