Alternativa a la catástrofe
La palabra alternativa se repite como un latido, ocho veces, para marcar el ritmo y la insistencia de que hay salida a este error histórico, a esta catástrofe del relato, a esta distopía institucional, aunque todavía no se vea con claridad.
Entre la imagen surrealista de la escribana de Adorni y la aciaga certeza de que estamos en guerra con Irán, Milei anuncia su tercera visita a Israel, entre el 19 y el 22 de abril, para participar de los festejos por la independencia del Estado sionista. Una celebración que, en la memoria palestina, se nombra como Nakba: catástrofe, expulsión, despojo.
Por otra parte, el gobierno libertario se enfrenta a una cuenta regresiva marcada por el paro de colectivos, la inflación persistente y las denuncias de corrupción. La ilusión inicial se ha quebrado, dejando al descubierto un modelo que promete sacrificio sin salida.
La conciencia general surge de manera progresiva como un eco en las calles, en el paro y movilización anunciado por la CGT para el 30 de abril, en la bronca acumulada de trabajadores que sienten que el relato oficial los ha estafado.
La alternativa no es aún un proyecto definido, pero sí un rechazo claro a lo que se vive: un país fragmentado que coagula en la sensación colectiva de haber sido traicionado.
Alternativa del vacío político
Según las encuestadoras de mayor prestigio, una alternativa aceptable para capitalizar la caída de Milei, no se traduce aun en una oposición consolidada.
¿Quienes serían los jugadores?
Patricia Bullrich, Mauricio Macri y los gobernadores del cordobesismo apenas asoman con escasa proyección nacional. Paralelamente, en Unión por la Patria, Axel Kicillof emerge como figura creíble, sin manchas de corrupción, mientras Cristina Kirchner y Sergio Uñac se mencionan como posibles actores.
Sin embargo, el vacío persiste: la alternativa debe ser transparente y convincente, capaz de recuperar al votante desencantado y de ofrecer un horizonte distinto. En este terreno, la oportunidad no puede limitarse a desplazar a los libertarios; debe articular un proyecto de país que supere el infierno del ajuste y la desocupación.
Luis Caputo acusa al periodismo de “odiar” al gobierno y de ocultar la supuesta recuperación económica. Pero la realidad se impone con nombres propios: fábricas cerradas, despidos masivos, empresas vaciadas, importaciones que reemplazan producción nacional. Topper, Verónica, Peabody, Moura, Cocot, Bahco, Paty, Quilmes, John Foos: una lista que funciona como epitafio de la industria argentina.
La narrativa oficial habla de récords y superávit, pero los números muestran otra cosa: caída del salario, contracción monetaria, inflación en ascenso, recaudación en baja, credibilidad erosionada. El “riesgo kuka” como excusa, mientras la deuda en dólares se aproxima como un muro sin salida.
El discurso del ministro se quiebra frente a la evidencia: la economía no se remonetiza porque no hay actividad que la sostenga. El superávit fiscal es frágil, la desinflación se detuvo, las reservas no se acumulan, la política monetaria es errática. El modelo se revela como ajuste perpetuo, sin horizonte de crecimiento.
Alternativa del futuro
La única alternativa que propone el modelo libertario se resume en tres puntos básicos: la destrucción del Estado, la privatización de la vida social y la reducción de la Argentina a minería, hidrocarburos, finanzas y agro. El resto, un 80% de la población, queda excluido.
En este sentido, la opción entonces, no es solo política: es cultural, social y filosófica dado que implica rescatar la idea de Estado Nación frente a la balcanización de los recursos naturales y la entrega a intereses provinciales y globales. La propuesta debe ser capaz de convocar a las mayorías, de ofrecer un programa que no sea pan para hoy y hambre para mañana.
Asimismo, la atmósfera por momentos irrespirable de los tiempos actuales es parte de la narración: en este presente perpetuo, la alternativa peronista es la única forma de abrir un futuro posible.
El ministro Caputo habla de récords invisibles. El presidente Milei insiste en la épica del ajuste. Pero la calle, las fábricas cerradas, los salarios pulverizados, cuentan otra historia.
En medio de este panorama devastador, Axel Kicillof emerge como contrapunto. No desde la retórica del milagro económico, sino desde la defensa de lo común: universidad, ciencia, salud, trabajo. Su Movimiento Derecho al Futuro busca instalar un horizonte distinto, menos sectario, más amplio, capaz de reunir a quienes ven en el modelo actual no libertad, sino despojo.

La alternativa se construye en tres planos:
- Producción y empleo frente a la apertura indiscriminada.
- Sistema público frente al vaciamiento.
- Soberanía monetaria y regional frente a la dolarización y el alineamiento ciego.
Mientras Milei enciende antorchas en ceremonias extranjeras, Kicillof convoca a encender otra llama: la de la memoria colectiva, la de un país que no se mide en reservas sino en aulas abiertas y fábricas vivas.
Es por eso que la palabra clave se repite como un mantra: alternativa. Ocho veces, como un latido que insiste en que hay salida, como una semilla a punto de brotar. La alternativa es la grieta en el muro del desencanto, el vacío que espera ser llenado, el futuro que exige ser narrado.
El problema no es que » «no odiamos lo suficiente a los periodistas basuras», ni la crítica internacional. El problema es el modelo. Y la alternativa se nombra en clave de futuro compartido: un país que produzca, que distribuya, que recuerde.
Tres acciones políticas de humanidad y justicia social que la crueldad de este gobierno jamás permitirá que se ejecuten.
No por convicción. Por diseño.
Alejandro Lamaisón