La Cuba del materialismo histórico
La Habana, Cuba. Una ciudad que respira entre edificios ruinosos y música, entre consignas y cuerpos que insisten en vivir. León Rozitchner lee un discurso: no es ceremonia, no es efeméride. Es radiografía. Una disección del socialismo cubano frente al cadáver del “socialismo real” europeo.
La idea atraviesa todo: el hombre nuevo. No como consigna, sino como apuesta. La revolución no se mide sólo en fábricas o estadísticas, sino en la piel, en la memoria, en la capacidad de sentir distinto. Cuba resistió porque supo encarnar la historia en cada cuerpo. Allí donde la URSS se hundió en dogmas y rigidez, la isla insistió en la subjetividad como motor de la historia.
Episodios concretos: la oposición popular al aparato de Aníbal Escalante en 1962, el “quinquenio gris” y su rectificación, la tensión entre defensa y crítica. Rozitchner insiste: el socialismo no es sólo economía ni leyes objetivas. Es ética, deseo, imaginación. “El materialismo reconoce la historicidad de los procesos colectivos -escribe-, pero también la materialidad sintiente del cuerpo histórico de cada hombre vivo”.

León Rozitchner en Cuba antes de leer el discurso
El orador hace una pausa. Piensa en su país, una Argentina de memoria frágil: el terror genocida, la soledad de los resistentes, las Madres que enfrentaron la cobardía colectiva y la vuelta al capitalismo de desastre. Allí también la subjetividad fue decisiva. Y vuelve a Cuba como contramodelo del neoliberalismo: un país pequeño, asediado, que persiste en inventar nuevas formas de vida.
Rozitchner concluye con una imagen: el “son entero” de Nicolás Guillén. No abstracción, sino ritmo, cuerpo, sensibilidad. La revolución cubana se sostiene porque moviliza lo entero en el hombre, porque no deja nada afuera.
En tiempos de globalización y derrotas, el discurso recuerda que la victoria nunca es definitiva y la derrota nunca irreversible. Se juega cada día en la trama de la resistencia, en la capacidad de reinventar la subjetividad. Cuba, cuarenta años después, sigue siendo laboratorio y advertencia: sin hombre nuevo, no hay revolución que dure.
Cuba bajo asecho
A sólo 150 kilómetros de Cuba (90 millas náuticas), la escena se abre con un eco de viejas doctrinas. Volvamos atrás. Florida, marzo de 2026, un salón iluminado por pantallas y banderas. La cumbre «Escudo de las Américas» se convierte en un teatro donde los líderes latinoamericanos de derecha se alinean, casi coreografiados, bajo la mirada del presidente de Estados Unidos.
La palabra «coalición» se pronuncia como si fuera un conjuro, un dispositivo militar para combatir el narcotráfico, pero en realidad es un espejo que refleja la vieja pulsión de dominación.
En paralelo, Cuba observa y responde. La voz de Díaz-Canel, transmitida en la red X, denuncia la reunión como un atentado contra la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz. La frase «Doctrina Monroe» reaparece, como un fantasma que nunca se disipa, recordando que la historia se repite en ciclos de subordinación y resistencia.
El telón de fondo es la «Ley Helms-Burton», que cumple treinta años. Una ley que endureció el embargo y que aún hoy marca la respiración de la isla. El contraste con 2014 es inevitable: entonces, Obama y Raúl Castro hablaban de deshielo, de embajadas reabiertas, de viajes y comercio. Ahora, Trump declara que podría «llevarse Cuba» como si fuera un objeto debilitado, un territorio disponible. La respuesta cubana es inmediata: «cualquier agresor externo chocará con una resistencia inexpugnable». La palabra «resistencia» se convierte en núcleo, en mantra.

Trump fanfarronea diciendo que será “un gran honor” para él “tomar Cuba”,
La isla, acosada, recibe apoyos externos. Rusia, China, México, Brasil. Lula da Silva pronuncia una frase que condensa la paradoja: Cuba no pasa hambre por incapacidad, sino por bloqueo. La solidaridad se articula como un contrapeso, un gesto que intenta equilibrar la balanza.
Mientras tanto, la vida cotidiana en Cuba se filtra en imágenes mínimas. Un video viral muestra a niños cantando a Silvio Rodríguez en medio de un apagón. La letra dice: «Me acosa el carapálida». La escena es un fragmento de resistencia cultural, un recordatorio de que la identidad se sostiene en canciones, en voces que atraviesan la oscuridad.
La actualidad se despliega como un mosaico: sanciones, cumbres, doctrinas, leyes, declaraciones. Pero en el centro late la tensión histórica: la isla que sobrevive, que canta en la penumbra, que se aferra a la memoria como arma. Donde cada gesto político es también un gesto simbólico, y cada palabra pronunciada en Washington o La Habana se convierte en parte de una narrativa mayor: la persistencia de Cuba frente al poder del Norte.
Cuba libre o independiente
Un mes y medio después, cuba conmemora el aniversario número 65 de Bahía de Cochinos. No sólo fracaso militar: exposición de fisuras internas en el poder estadounidense, fragilidad de sus aparatos de inteligencia. Documentos del Archivo de Seguridad Nacional revelan que Kennedy llegó a considerar la disolución de la CIA.
Los memorandos de Schlesinger sugieren inspiración británica: un servicio clandestino sometido a control político. Evitar que la agencia operara como poder autónomo, capaz de arrastrar al país a aventuras encubiertas sin respaldo ciudadano.
El informe de Kirkpatrick fue incómodo: mordaz, autocrítico. La operación se sustentó en ilusiones: creer que una invasión desencadenaría un levantamiento popular contra Castro. La “negación plausible” fue, en palabras del propio informe, una ilusión patética.

Los contrarevolucionarios cubanos, entrenados por EE.UU. terminaron presos tras la invasión a Bahía Cochinos, en abril de 1961. Foto: AFP Imagen: 2/6
Ironías de la historia: Che Guevara agradeció la invasión. El fracaso estadounidense consolidó al régimen cubano y lo proyectó como interlocutor en igualdad de condiciones. Lo que para Washington fue fiasco, para La Habana fue victoria política.
Hoy, seis décadas y media después, Bahía de Cochinos sigue siendo recordatorio: los límites del poder, la necesidad de diálogo frente a la tentación de la violencia y la lección permanente de que conspiraciones, secretos y mentiras no sostienen imperios.
Mucho menos cuando el adversario -el pueblo cubano- conserva como valor inalienable la dignidad, la cohesión social y la memoria histórica.
Alejandro Lamaisón