LA PENUMBRA DE LA ILUSTRACIÓN OSCURA
La Ilustración Oscura se presenta como un movimiento de pensamiento radical, una especie de contraluz que dice rescatar la verdad frente a la decadencia contemporánea. Sus expositores hablan de jerarquías naturales, de un orden que debe imponerse sobre la masa, de un retorno a la dureza de lo inevitable. Pero lo que se revela, en la textura de sus palabras, es una falacia: la nostalgia de un poder absoluto disfrazado de racionalidad.
Los principales exponentes de la Ilustración Oscura son Curtis Yarvin y Nick Land. Peter Thiel está vinculado como financiador e ideólogo afín, mientras que Javier Milei no es considerado un exponente directo, aunque sus políticas de desregulación y afinidad con Silicon Valley lo acercan a ciertos postulados del movimiento.
Todos debemos recordar la desopilante propuesta de campaña de Patricia Bullrich que nadie entendió, en la que, dada su limitación intelectual y expositora solo atinó a decir «vamos a armar un sistema que ponga el foco en el ser humano desde una perspectiva en el que todo aquello que tiene que ver con el ser humano…bajo una filosofía muy interesante”. Pues bien. Era eso: Bajar a la práctica la pseudo filosofía autodenominada «La Ilustración Oscura».
¿Cómo fue que llegamos a este estado de experiencias surrealistas? Pues hagamos historia del siglo XXI.
En Silicon Valley, donde el futuro se empaqueta en ofertas públicas de venta, dos hombres miraron el cielo pálido de California y decidieron que la luz del siglo XVIII era un error de cálculo. Nick Land, con las pupilas dilatadas por el aceleracionismo y el exceso de teoría, y Curtis Yarvin -a quien los iniciados prefieren llamar Mencius Moldbug, como quien invoca a un demiurgo menor en un foro de programación-encontraron el fallo en el sistema. El fallo, según ellos, es que usted pueda votar. El fallo es que la cajera del supermercado y el neurocirujano compartan el mismo espacio métrico en la urna. El fallo es la justicia social.

Nick Land y Curtis Yarvin fusionados en La Ilustración Oscura
Llamaron a su criatura la Ilustración Oscura. El nombre tiene ese magnetismo de la distopía de bajo coste, un escalofrío de novela ciberpunk que, al mirarse de cerca, revela su verdadera naturaleza: Propagar como idea metafísica lo que es simplemente un folleto corporativo con ínfulas de absoluto.
LA ILUSTRACIÓN DEL MIEDO: EL MITO DE LA CATEDRAL
La Ilustración oscura sabe que para demoler un edificio, primero hay que convencer a los inquilinos de que los cimientos están malditos. Yarvin inventó un concepto que es pura paranoia de código abierto: la Catedral.
¿Qué es la Catedral? Es el consenso. Es la red invisible pero asfixiante formada por las universidades de la Ivy League, el New York Times, el entramado cultural de Occidente y el funcionariado que sobrevive a los cambios de gobierno. Según el catecismo neorreaccionario, la opinión pública no existe; es un producto manufacturado en los laboratorios de la corrección política. La democracia, nos dicen, es una simulación donde la Catedral decide el menú y el ciudadano cree elegir el plato.
Hay un aroma a Gramsci invertido en todo esto, una hegemonía cultural leída desde el resentimiento del programador que considera que la realidad es demasiado desordenada para ser eficiente. El diagnóstico explota una insatisfacción real: la parálisis legislativa, la burocracia comunitaria, esa demosclerosis que convierte la aprobación de una ley de vivienda en una guerra de trincheras que dura décadas.
«La democracia es lenta», susurran los profetas de la ilustración oscura. «¿Acaso una empresa tecnológica sobreviviría si tuviera que someter su próximo algoritmo al voto del departamento de limpieza?»
En este sentido, los oscurantistas tienen razón. Los decretos del poder ejecutivo son lentos. Los acuerdos para votar una ley del poder legislativo son lentos. La «justicia impartida» por el poder judicial, ni que hablar. Pero hay una falacia evidente en el sentido forzado de este razonamiento: el Estado no es una empresa privada.
EL ESTADO COMO EMPRESA TECNOLÓGICA
Ahí reside el núcleo del engaño. La Ilustración Oscura no es un retorno al medievo por nostalgia de los castillos y los estandartes; es la entrega absoluta del espacio público a la lógica del capital riesgo. Su propuesta, el neocameralismo, es el mapa de un mundo parcelado en Estados-corporación.
Desaparece el ciudadano; nace el cliente-accionista. El territorio se gestiona bajo el criterio de la pura eficacia técnica.
- Adiós al Parlamento: Sustituido por un consejo de administración.
- Adiós al Presidente: Bienvenido el director ejecutivo.
- Adiós a la Soberanía Popular: Sustituida por la monarquía tecnológica.
Se invoca a Platón, pero a un Platón envilecido, mutilado de toda búsqueda del Bien o de la Justicia. El rey-filósofo es sustituido por el gestor eficaz, el titán de Silicon Valley que optimiza los recursos públicos como quien purga las líneas de código de una aplicación de mensajería. La legitimidad ya no emana de la voluntad general, sino del balance de resultados. Si los trenes llegan a tiempo y el Producto Interno Bruto crece un cuatro por ciento, el gobierno es legítimo. No pregunte por los derechos laborales de quienes limpian las vías; el rendimiento de la inversión no entiende de melancolías ilustradas.
¿Y qué ocurre con la disidencia? En el Estado-empresa no hay espacio para la protesta pública. La libertad de expresión-el voice de la tradición democrática-es un residuo ineficiente que contamina el canal de comunicación. La única libertad permitida es la de salida (exit). Si no le gustan las condiciones de servicio de su Estado-corporación, venda sus acciones y múdese a otra franquicia territorial. La política reducida a una portabilidad telefónica.
UN TRUCO GASTADO: FILOSOFÍA PARA JUSTIFICAR EL MONOPOLIO
Pero miremos detrás de la cortina de humo conceptual. Toda esta arquitectura teórica, con su jerga de microestados y soberanías fragmentadas, no es más que una hipótesis ad hoc diseñada para resolver el gran dilema del capitalismo tardío: cómo justificar la desigualdad obscena que genera el neoliberalismo sin tener que pasar por el engorro de explicarla en un debate televisado.
La Ilustración Oscura es el ala de camuflaje cultural del neoliberalismo radical. Cuando el mercado libre satura todas las esferas de la existencia-la educación, el amor, el descanso-, la democracia se convierte en su último estorbo. Los impuestos son vistos como un robo al creador de valor; las regulaciones ambientales, como un lastre para la innovación. Para salvar al mercado, concluyen Land y Yarvin, hay que destruir la polis.
La ironía es que su utopía de microestados competitivos es económicamente insostenible. En el mundo real, los bancos se fusionan, las plataformas tecnológicas absorben a sus rivales y el capital tiende al monopolio absoluto. El Estado-corporación no competiría en un ecosistema idílico de pequeñas repúblicas tecnológicas; devoraría y sería devorado hasta que solo quedase una única corporación global administrando el planeta como un inmenso almacén de distribución logística.
Detrás de la fachada de la rebeldía neorreaccionaria contra el establishment, lo que hay es el miedo pánico de una élite técnica a perder sus privilegios ante el recordatorio de que los seres humanos, por el mero hecho de nacer, somos iguales en dignidad y derechos. Los que nos quieren hacer creer es que hay una oscuridad mística y encriptada, pero sólo hay contabilidad «creativa»disfrazada de apocalipsis.
LA VERDADERA ILUSTRACIÓN
La verdadera Ilustración -la que estalló en París con la Revolución Francesa- fue la que sacó de la oscuridad feudal a la humanidad con una filosofía de luz. Fue la afirmación de valores universales: libertad, igualdad, fraternidad. Principios que no se negocian, que no se relativizan en nombre de un supuesto realismo sombrío. La Ilustración Oscura, en cambio, se alimenta de la desconfianza hacia esos valores, los reduce a ilusiones ingenuas, y propone reemplazarlos por un orden jerárquico que se justifica en la fuerza y en la desigualdad.
En las grabaciones de sus expositores, la retórica se vuelve casi cinematográfica: hablan de decadencia, de civilizaciones que se derrumban, de la necesidad de un nuevo mando. El tono es apocalíptico, fragmentado, como si cada frase fuera un disparo en la penumbra. Pero detrás de esa atmósfera, lo que se percibe es un vacío conceptual. La Ilustración Oscura destruye todos los principios universales abrazados desde 1789 y en vez de crear nuevos horizontes los anula de manera tal que crea la apariencia de que la sociedad se encuentre ante un callejón sin salida.
La Revolución Francesa, por el contrario, con todos sus excesos y contradicciones, nos legó algo irreductible: la idea de que el ser humano es portador de derechos inalienables. Esa certeza, que se inscribió en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, es lo que separa la luz de la sombra. Frente a ello, la Ilustración Oscura se revela como un simulacro: un intento de legitimar la desigualdad bajo el disfraz de la lucidez.

Recordar que las falacias de la Ilustración Oscura no son nuevas: son ecos de viejas tentaciones autoritarias, recicladas en un lenguaje de aparente sofisticación. Y debe ser también advertencia: la oscuridad no se combate con resignación, sino con la afirmación radical de los valores absolutos que nos constituyen.
La atmósfera contemporánea, saturada de discursos fragmentarios y de imágenes simbólicas, parece hecha a medida para que la Ilustración Oscura se infiltre. Pero es precisamente en esa atmósfera donde el legado de la verdadera Ilustración debe ser reivindicado como un principio activo.
Repito: libertad, igualdad, fraternidad. Tres palabras que siguen siendo, en medio de la penumbra, la única luz posible.
Alejandro Lamaisón
Fuente: Claudio Alvarez Teran «LA ILUSTRACIÓN OSCURA» Tecno-oligarcas, nuevos Reyes Filósofos. Land, Yarvin,Thiel, Karp.