RUIDO Y CONTRADICCIÓN: LA HERRAMIENTA DEL CAPITAL
El fascismo no se sostiene en la coherencia, sino en el ruido. Es el ruido lo que desorganiza la percepción, lo que inhibe la memoria histórica, lo que vuelve ilegible la verdad. El fascismo dice libertad mientras produce sometimiento, dice pueblo mientras destruye organización popular, dice revolución mientras consolida explotación. Todo se superpone en un flujo de consignas que no buscan convencer, sino saturar.
Asimismo, el fascismo no aparece cuando el capitalismo es fuerte. Aparece cuando el sistema empieza a hablar solo, cuando repite consignas que ya no ordenan el mundo. En ese punto de fatiga histórica, el capital libera una herramienta. No una idea nueva, sino un mecanismo antiguo reciclado: un poder capaz de sostener la dominación cuando el consenso se rompe. Eso es el fascismo.

Cuando el capitalismo entra en crisis comienza el ruido contradictorio, una forma de poder que niega y afirma al mismo tiempo
Rocco Carbone lo formula sin rodeos: cuando el capitalismo entra en crisis, activa un instrumento contradictorio. Una forma de poder que afirma y niega al mismo tiempo. Esa contradicción no es un error: es el método. El fascismo es ruido ambiguo, un lenguaje doble que satura e impide pensar.
La contradicción es su núcleo operativo. El fascismo no miente simplemente: superpone sentidos incompatibles hasta que el pensamiento se vuelve inestable. El mismo líder puede declarar al Papa encarnación del mal y luego elevarlo a símbolo nacional. Puede denunciar a un ministro como corrupto y luego entregarle el corazón del Estado. No hay rectificación: hay coexistencia. El mensaje no busca coherencia, busca aturdir.

El fascismo es ruido ambiguo, un lenguaje doble plagado de consignas, insultos, promesas y amenazas que impide pensar.
Ese ruido es la forma contemporánea del poder: una psicotización del espacio público que circula a velocidad de red. El sujeto no es persuadido, es desgastado. El poder no convence, esmerila. El ruido ocupa el vacío que deja la crisis de hegemonía, cuando las élites ya no pueden gobernar con consenso y las clases subalternas no logran articular alternativa.
En ese sentido, el nuevo fascismo no se define por camisas negras ni por marchas militares, sino por una sobreestimulación constante, un flujo de consignas, insultos, promesas y amenazas que circulan en las redes bajo la supervisión atenta del algoritmo.
Este funcionamiento encaja con la dinámica del neofascismo descrita por la teoría crítica: El vacío se llena con afectos primarios: miedo, resentimiento, deseo de castigo. El fascismo no crea ese vacío, lo ocupa.
RUIDO Y ANTIFASCISMO: RECONSTRUIR SENTIDO EN LA SATURACIÓN
El fascismo tiene la particularidad de convertir la contradicción en un ruido que atrofia la experiencia, que neutraliza la memoria hasta que logra ocupar el vacío que este borramiento deja.
Pero para hacerlo necesita presentarse como antisistema. Allí aparece su primer momento: el gesto plebeyo, la retórica de la revuelta. Ataca a las derechas tradicionales por globalistas y a las izquierdas por traidoras. Promete una tercera vía que disolvería los antagonismos en una nación purificada. Es una promesa de cierre: cerrar fronteras, cerrar conflictos, cerrar el futuro.
Luego llega el segundo momento. El fascismo pacta con el capital. La supuesta revuelta se vuelve administración. El Estado no desaparece: se reconvierte en plataforma de negocios, en aparato punitivo, en garante de la propiedad concentrada. Como señalaba Roosevelt, el fascismo comienza cuando lo privado coloniza lo público y el Estado se convierte en propiedad de unos pocos. La violencia ya no necesita milicias: se terceriza en policías autonomizadas, en decretos, en hambre planificada.

La historia nunca se repite con exactitud, pero los historiadores de UC Berkeley ven paralelismos preocupantes entre las condiciones sociales y económicas del fascismo europeo de hace un siglo y los movimientos antidemocráticos estadounidenses actuales. Foto a la izquierda: John Partipilo/Tennessee Lookout ©2024; foto a la derecha: Fotoarchiv für Zeitgeschichte/Archiv, 1935, vía AP. Ilustración: Neil Freese.
Carbone insiste en algo clave: el fascismo es una mímesis de la emancipación. Roba palabras del campo revolucionario -batalla cultural, pueblo, libertad- y las vacía de contenido. No combate la emancipación frontalmente: la imita para neutralizarla. Se disfraza de revolución para ejecutar una contrarrevolución tanática.
Por eso el fascismo es, a la vez, póstumo y preventivo. Se alimenta del fracaso de las izquierdas, pero también destruye por anticipado cualquier posibilidad de recomposición popular. Ataca sindicatos, feminismos, antirracismo, ecologismo, periodismo crítico. No tolera mediaciones. Todo vínculo colectivo es una amenaza.

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Con este cúmulo de pulsión de muerte, el antifascismo no puede limitarse a denunciar el exceso de ruido. Debe reconstruir sentido allí donde el fascismo produce saturación, debe restituir organización allí donde el fascismo promueve aislamiento. Las grandes movilizaciones importan porque interrumpen el ruido, restituyen el cuerpo colectivo, devuelven la experiencia compartida.
El fascismo siempre dice dos cosas al mismo tiempo, pero la historia no. La historia, tarde o temprano, obliga a elegir. Y en ese momento, el ruidose convierte en silencio, y el silencio en decisión.
En este escenario, el antifascismo no debe conformarse con señalar solamente las contradicciones discursivas ni con denunciar los excesos retóricos. Precisamente, es dicha contradicción la forma misma del poder fascista. Combatirlo exige algo más difícil: restaurar el sentido donde el fascismo produce ruido, recomponer organización donde promueve aislamiento, reconstruir horizonte donde promete catástrofe administrada.

Marcha antifascista en Santa Rosa, La Pampa, el 7 de febrero de 2026
Tal vez por eso las grandes movilizaciones antifascistas importan tanto. No solo porque resisten, sino porque rompen la psicotización, restituyen el cuerpo colectivo, interrumpen el monólogo del poder. Frente al fascismo que habla solo, el pueblo reaparece como multitud que piensa.
El fascismo siempre dice dos cosas al mismo tiempo. Pero la historia no. La historia, tarde o temprano, obliga a elegir.
Alejandro Lamaisón
Fuentes: Revista Jacobin: Fascismo. Fascististización, antifascismo. Por Ugo Palheta. Traducción Valentín Huarte. Revista Acción: La Paradoja Fascista. Enrevista a Rocco Carbone. Entrevista: Barbara Schijman.