El mito Wilcock y el olvido
En la literatura argentina hay nombres que se desvanecen como si fueran humo, pero ninguno con la intensidad espectral de Juan Rodolfo Wilcock. Su figura se convirtió en un mito no por la acumulación de homenajes, sino por el silencio que lo rodeó durante décadas. Un escritor que eligió borrarse, que quemó sus propios libros antes de partir, que decidió que su idioma natal “no daba para más”. Ese gesto radical lo convirtió en un fantasma de la literatura argentina, un ausente que al mismo tiempo estaba más presente que nunca en la memoria de quienes lo conocieron.
La clausura de Wilcock
Wilcock nació en 1919, hijo de un inglés y una italiana, y se formó como ingeniero civil antes de entregarse a la poesía. Publicó seis libros en Buenos Aires, ganó premios, tradujo para editoriales prestigiosas, fue parte de la constelación que orbitaba alrededor de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. Pero su carácter misántropo y su inclinación por la ruptura lo llevaron a clausurar esa etapa. No sólo abandonó la poesía, también abandonó el castellano. En un ómnibus, camino a Roma, le dijo a Antonio Requeni: “Me voy a Italia a escribir en italiano, el castellano no da para más”.
El exilio de wilcock y la metamorfosis
En Italia, Wilcock se reinventó. Publicó novelas como El templo etrusco, relatos como La sinagoga de los iconoclastas, compilaciones de ensayos como Hechos inquietantes. Su literatura se volvió inclasificable: fragmentos, variaciones de mitos, anomalías históricas. Un humor negro que rozaba lo absurdo, un manejo salvaje de lo fantástico. Mientras Borges alcanzaba la consagración mundial y Cortázar se convertía en boom, Wilcock desaparecía de la escena argentina. Su nombre se borraba aquí, mientras en Italia se volvía un referente intelectual.
El escritor fantasma y la sinagoga
Su vida estuvo marcada por el plurilingüismo: francés de su abuela suiza, inglés de su padre, castellano aprendido en la infancia, italiano adquirido más tarde. Esa multiplicidad de lenguas lo convirtió en un escritor que nunca perteneció del todo a ninguna tradición. Como Nabokov, Beckett o Cioran, eligió cambiar de idioma, pero en su caso la decisión fue también un gesto de ruptura con su país. En Argentina, su obra permaneció invisible hasta los años ’90, cuando comenzaron las traducciones.

La influencia de Wilcock en el surrealismo de Bolaño fue reconocida por el propio autor chileno.
En 1982, un joven Roberto Bolaño recibió un ejemplar de La sinagoga de los iconoclastas. El libro le devolvió la alegría, lo inspiró para escribir La literatura nazi en América. Ese eco muestra la potencia de Wilcock: un escritor capaz de influir en generaciones posteriores, incluso desde la sombra.
La muerte y el regreso
Wilcock murió en 1978, recostado en un diván, con un libro de cardiología abierto sobre el pecho. Su muerte fue tan discreta como su vida: un retiro en Lubriano, lejos de Buenos Aires. Hoy, gracias a editoriales como La Bestia Equilátera, su obra regresa. Reediciones como El estereoscopio de los solitarios permiten que los lectores argentinos lo redescubran. Quizá era necesario que pasaran cuarenta años para comprenderlo.
La vida de Wilcock parece escrita en clave de surrealismo posmoderno: fragmentos, silencios, personajes que se desvanecen en la multitud. Un hombre que quemó sus propios libros, que se inventó un alter ego para polemizar consigo mismo en una revista italiana, que se convirtió en un escritor fantasma.
La atmósfera del vacío
Su obra es un espejo roto: cada fragmento refleja una anomalía, un mito, una historia absurda. Como en todo surrealista, lo importante no es la trama, sino la atmósfera: el vacío que rodea a los personajes, la sensación de que todo está a punto de desaparecer.

Wilcock es, en definitiva, un escritor inclasificable. Un argentino que eligió ser italiano. Un poeta que decidió dejar de escribir poesía. Un ingeniero que abandonó los planos por las palabras. Un fantasma que regresa, lentamente, a través de reediciones y rescates editoriales. Su obra, como la de la mayoría de los autores suprarealistas, nos recuerda que la literatura es también un territorio de desapariciones, de silencios y a veces de gestos radicales que desafían la memoria.
Alejandro Lamaisón