OTRO AÑO DE EXCLUSIÓN Y FALTAN DOS
El calendario se renueva y, como cada diciembre, la Argentina se enfrenta al ritual de desear un año mejor. Sin embargo, el aire festivo convive con una realidad áspera: las políticas sociales impulsadas por Javier Milei han dejado a la mayoría del pueblo argentino fuera de cualquier beneficio tangible. La promesa de “libertad” se tradujo en recortes, ajustes y un Estado que se retira de los espacios donde antes garantizaba derechos básicos.
Las calles, los barrios y las provincias sienten el peso de esa ausencia. Familias que dependían de subsidios, jubilados que ven licuadas sus pensiones, trabajadores precarizados que ya no encuentran sostén en programas de asistencia. La narrativa oficial habla de eficiencia y de batalla contra la “casta”, pero en los hechos reales la corrupción del gobierno empieza a hace sonrojar al mismo establishment que lo sostiene.
La inmoralidad gubernamental no es un rumor, sino una práctica sistemática. Casos como Andis o Libra muestran un gobierno que se mueve en la opacidad, con una justicia en pausa y un Congreso convertido en mercado persa. Allí, las leyes se negocian como mercancía: la oposición recibe la Auditoría General de la Nación, los radicales puestos en YPF. Todo se vende, todo se compra. Y, sin embargo, el oficialismo se consolida en las urnas, incluso en medio de un ajuste que pulveriza derechos.
Asimismo, La moral del gobierno de Javier Milei se exhibe como un teatro de privilegios fiscales y favores a los grandes empresarios. Bajo la máscara de la “inocencia fiscal”, se esconde un sistema que exime a los poderosos mientras exige sacrificios brutales a la mayoría.
En lo que va del año, el Ejecutivo ha pedido más de 100.000 millones de dólares, consolidando una dependencia que desnuda su carácter: un energúmeno al servicio de intereses ajenos, más preocupado por rendir cuentas a los mercados que por responder a la ciudadanía.
SEGUNDO AÑO SIN OPOSICIÓN
La oposición, por su parte, no ha tenido su mejor año. La misma aparece desmembrada, sin respuestas, derrotada por paliza en el Senado. El peronismo, replegado en el Parlamento, parece más preocupado por no desestabilizar al gobierno que por confrontarlo. Las protestas se lavan y suavizan, como si la misma oposición cuidara al oficialismo para que no se caiga. La paradoja es evidente: opositores que son oficialistas, bases que no votan y una sociedad que, en buena parte, no encuentra cauce político para expresar su descontento.
El problema es identitario. ¿Qué es hoy el peronismo? En el terreno de las reformas, su tradición es clara, pero en el plano ideológico se ha vaciado de consignas. No hay horizonte, no hay proyecto. Las reuniones de economistas con Cristina Fernández terminan en documentos invisibles, sin lineamientos, sin audacia. Se busca demostrar sensatez y ortodoxia macroeconómica a los mismos sectores que sostienen a Milei. ¿Por qué rendir pleitesía a quienes destruyen el país? La oposición necesita una terapia de autoestima: dejar de pedir permiso y recuperar el orgullo.
UN AÑO A LA DERECHA
En el año que termina, el fenómeno de la derechización es global, pero Milei representa una anomalía. Mientras líderes como Meloni, Orbán o Netanyahu se inscriben en proyectos nacionalistas, Milei es antisoberanía: trabaja para cualquier país menos para Argentina. Es la mascota pintoresca de Trump, un cipayo que entrega la soberanía económica y cultural. Las demandas externas son nefastas: patentes sobre semillas, presión sobre laboratorios, desfinanciamiento de la educación y la ciencia. La dirigencia económica, vencida y vendida, calla mientras es destruida.
Luis Bruschtein lo resumió en Página/12: El 2025 deja un año “con iglesias evangélicas que se oponen al aborto pero apoyan a un gobierno que regala libros que elogian a proxenetas y narcos; con militares que votan en masa a un gobierno que los lleva al suicidio; con industriales que se entusiasman con el oficialismo que los lleva a la quiebra; con jóvenes que se ilusionan con un “cambio” que les roba el futuro; con un gobierno que abandona a los discapacitados, pero se queda con una coima del tres por ciento de sus medicamentos, el país parece terminar el año en un descomunal aquelarre cuya lógica la oposición no termina de aprehender”.

Todos votan en contra de sí mismos. Es un aquelarre sin lógica, un gorilismo ancestral de clase dominante pero no dirigente, que se somete a Estados Unidos, aunque no reciba nada a cambio. La oposición debería tomar nota: no se trata de seducir a esa elite, sino de construir un liderazgo con orgullo, capaz de imponer condiciones y no de mendigar gobernabilidad.
SE BUSCA LÍDER
El país se desliza hacia un modelo extractivista y financiero, con educación técnica desfinanciada y soberanía militar y científica en ruinas. La conciencia social está en su punto más bajo: la gente cree las idioteces económicas que repite la derecha porque nadie las refuta. Falta un disparador, un eje que ordene la discusión pública. La derecha lo encontró en la inseguridad y luego en la inflación. ¿Cuál será el disparador de la oposición? ¿El Garrahan, la universidad, la discapacidad? Allí están los temas que duelen, los que pueden movilizar.
El peronismo necesita cuadros nuevos, diferenciación política y capacidad de confrontar al poder económico. Axel Kicillof, Cristina, Grabois: figuras con personalidad que pueden marcar el rumbo. Pero sin estructura política fuerte, cualquier intento de gobernar será condicionado por los mismos factores que hoy sostienen a Milei. La moral de la oposición está en juego: o se resigna a ser gris y complaciente, o recupera la audacia de un movimiento que alguna vez supo cambiarlo todo.
La pregunta que queda abierta es si habrá un liderazgo capaz de reconstruir un sentido común distinto, una narrativa que devuelva a la política su moral pública y rescate al país de la paradoja de su propia derrota.
DESEOS PARA UN NUEVO AÑO
A pesar de esto, el Año Nuevo también abre un resquicio de esperanza. La historia argentina ha demostrado que, frente a la opresión, la sociedad encuentra modos de resistir y de reinventarse. La batalla cultural no está perdida: se libra en cada conversación, en cada espacio comunitario, en cada gesto de solidaridad que desafía el individualismo impuesto desde arriba.
El deseo para este 2026 es que la reflexión colectiva se convierta en acción, que la memoria crítica se transforme en organización, y que la cultura popular vuelva a ser el terreno fértil donde germinen alternativas. Porque más allá de los decretos y los discursos, la verdadera libertad se construye cuando un pueblo decide no resignarse.
Feliz Año Nuevo, Argentina. Que la esperanza sea más fuerte que la exclusión, y que la batalla cultural se convierta en victoria social.
Alejandro Lamaisón