LA OBSESIÓN DE MIEI: UN BANCO CENTRAL AMPUTADO
El proyecto de reforma de la carta orgánica del Banco Central no solamente es el colofón de una política que considera la emisión monetaria como la única culpable de la inflación, sino que reafirma el desprecio del gobierno actual por cualquier herramienta del Estado para mejorar la calidad de vida de los argentinos.

En tal sentido, la Ley que Milei pretende derogar es la que en 2012 reformó el gobierno de Cristina Fernández, en la que el BCRA conducido por Mercedes Marcó del Pont tenía un mandato múltiple: Eliminaba la función exclusiva de preservar el valor de la moneda y disponía que tuviera como objetivos compartidos la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social.
Esta urgencia de reforma que parece sólo un tecnicismo aislado, es absolutamente un gesto ideológico libertario que busca amputar la política económica de sus brazos más vitales. Lo que se presenta como “independencia” es, en realidad, una forma de desposesión: quitarle al Estado la capacidad de ser utilizado como instrumento de desarrollo, empleo y financiamiento estatal.
La metáfora es contundente: Convertir al Banco Central en un monje encerrado en su celda, dedicado únicamente a custodiar el valor de la moneda, mientras afuera se derrumba el tejido social.
Precisamente, lo que quiere Milei es volver a la carta orgánica de Cavallo, denominada «ley de convertibilidad” para reinstalar el dogma de que la estabilidad monetaria es el único mandato posible, aunque ello implique la “paz del cementerio”: salarios reales pulverizados, desocupación creciente e ingresos nominales en caída.

Cavallo sostenía que el tipo de cambio se estabilizaba sin la intervención del Banco Central, siempre y cuando el tipo de cambio resultante incentivara la entrada de capitales.
Todos recordaremos las consecuencias de dicha ley a finales del 2002: Pérdida de competitividad y recesión, endeudamiento masivo y el famoso «corralito» con el consiguiente estallido social.
LA FALACIA DE LA INDEPENDENCIA DEL BANCO CENTRAL
En este sentido, la independencia del Banco Central es una falacia. No existe en ningún país del mundo un banco central neutral. Estados Unidos y China, las dos potencias planetarias, combinan objetivos múltiples: inflación baja, sí, pero también crecimiento y empleo. En estos países el Banco Central actúa como un motor activo de la política económica e industrial acordada en planes de desarrollo a corto y mediano plazo.

Tanto el Banco Central de EEUU cómo el de China son herramientas fundamentales para el desarrollo productivo.
La Unión Europea, en cambio, lleva dos décadas de estancamiento por haber reducido su banco central a un guardián obsesivo de la inflación, a una filosofía de política monetaria que establece que la emisión no debe utilizarse para intentar estimular la economía ni el empleo, sino para frenar la inflación como única meta.
La reforma de 2012, impulsada por Cristina Kirchner y Marcó del Pont, recuperó el mandato histórico del BCRA: estabilidad monetaria, sí, pero también empleo, producción, equidad y estabilidad financiera. Milei pretende borrar todo eso de un plumazo, prohibiendo incluso la asistencia al Tesoro mediante emisión monetaria, bajo amenaza de sanciones penales.

Precisamente, deurante el gobierno de Cristina, la Ampliación de Adelantos Transitorios al Tesoro elevó considerablemente los márgenes legales para que el Banco Central le preste dinero de forma directa al Poder Ejecutivo para cubrir gastos corrientes y destinarlos a proyectos productivos.
La reforma de Milei, en cambio, prohibe taxativamente de forma explícita que el BCRA financie al fisco (sea nacional, provincial o municipal) a través de adelantos transitorios o emisión monetaria directa.
El resultado es dejar que “el mercado decida”, y como ya todos sabemos por experiencia, cuando no hay ningún organismo que intervenga, el que pierde siempre es el pueblo. La prueba está en que hoy, la brecha entre lo que se paga por un plazo fijo (20%) y lo que se cobra en una tarjeta de crédito (80–85%) es de casi cuatro veces, cuando en 2023 era apenas de 1,5. Esa desigualdad no es un accidente: es el síntoma de un sistema financiero liberado de toda regulación, donde el Banco Central se convierte en espectador impotente.
RIGI: COLONIAJE Y BATALLA CULTURAL
La reforma monetaria se complementa con otros dispositivos de desposesión: el RIGI, la venta de tierras y la libre disponibilidad de dólares.
Muchos economistas progresistas advierte que el RIGI ni siquiera garantiza que las exportaciones se liquiden en el país dado que es un régimen que regala recursos naturales estratégicos —litio, gas, petróleo— sin exigir empleo, desarrollo industrial ni transferencia tecnológica.
En este sentido, Argentina está a contramano del mundo. Mientras países como Indonesia, Zimbabue o Chile negocian con el capital extranjero para que deje algo, aquí se entrega todo “a cuenta de nada”. Es un proceso de coloniaje, un vaciamiento estructural que condicionará a cualquier gobierno futuro.

La discusión sobre la carta orgánica del Banco Central ya no es meramente técnicismo económico, sino una batalla cultural. Se trata de decidir si aceptamos que la política económica quede reducida a un dogma monetarista para impedir de manera definitiva el financiamiento del déficit fiscal, o si defendemos la idea de que el Estado debe coordinar objetivos múltiples a las necesidades de desarrollo del Poder Ejecutivo: inflación, sí, pero también empleo, producción, equidad y soberanía.
La obsesión neoliberal es amputar, reducir, disciplinar. La tarea crítica de una oposición progresista es recordar que la economía no es un laboratorio de tecnócratas, sino un campo de disputa social.
Y que un Banco Central convertido en “Estado Vaticano dentro del Estado nacional” no sólo crea una independencia boba de una poderosa herramienta de desarrollo, sino que la transforma en servidumbre absoluta y definitiva al sistema financiero.
Alejandro Lamaisón