LA SALUD EN DISPUTA
La Marcha Federal por la salud pública expone con crudeza el impacto del ajuste de Javier Milei al demostrarnos cómo el sistema sanitario argentino, alguna vez orgullo regional, se deshilacha en silencio.
No es el desgaste lento de la desinversión, sino la violencia explícita de un proyecto que anuncia su desmantelamiento con orgullo. El Estado se retira, y en ese vacío queda la intemperie: hospitales exhaustos, programas interrumpidos, pacientes que esperan medicación que nunca llega.

La salud ha dejado de ser para todos gracias a los recortes y muchos argentinos pobres mueren esperando su medicación.
Las cifras son frías, pero detrás laten cuerpos concretos. Más de 60 personas fallecieron esperando medicación que nunca llegó, dice el “periodismo ensobrado”. La frase se convierte en un alarido gutural que atraviesa pasillos, guardias saturadas, salas de oncología donde la morfina se convierte en un lujo. El Garrahan, centro pediátrico de referencia, atiende 600.000 consultas en un año mientras pierde médicos y residentes. La sobrecarga se traduce en riesgo, en errores, en la fragilidad de un sistema que se quiebra por dentro.
SALUD FRAGMENTADA
La salida de la Organización Mundial de la Salud es otro gesto de aislamiento cruel e idiota. Una renuncia simbólica y material: perder voz en la construcción colectiva de protocolos, vacunas, respuestas globales. La salud deja de ser un bien compartido y se convierte en mercancía, sometida a la lógica del mercado. El texto lo dice con crudeza: “Algunas vidas se consideran costeables; otras, prescindibles.”
Las desigualdades territoriales se intensifican. El código postal se vuelve sentencia: mortalidad materna siete veces mayor en Santiago del Estero que en Buenos Aires, tuberculosis en el Chaco comparable a países pobres. La rectoría nacional se diluye, y con ella la posibilidad de equidad.
En el trasfondo, la pregunta es política y ética: ¿la salud como derecho o como privilegio? La respuesta la susurra la voz quebrada de Judith Butler: no todas las vidas serán igualmente lloradas. Algunas quedarán fuera del duelo, invisibles, borradas.
La atmósfera es de fragmentación, abandono, soledad. Los suicidios adolescentes -394 en 2025, más de uno por día- no son síntomas aislados, sino expresiones de una época que ha roto sus redes. La salud, como la vida, no se sostiene en soledad.

A pesar de que no se publican las muertes por suicidio, la salud mental es la que más ha sido castigada por los recortes.
El contraste es brutal. Por un lado, la mentira escandalosa oficial que asegura que “el financiamiento está garantizado” y que se invierten casi 2 billones de pesos en territorio bonaerense. Por otro, la realidad de hospitales que acumulan deudas, profesionales que renuncian y pacientes que esperan prótesis, medicamentos o tratamientos que nunca llegan. El Garrahan denuncia que 814 niños esperan desde 2022 prótesis para poder ser operados, un dato que desarma cualquier discurso de eficiencia administrativa.
El Hospital de Clínicas, símbolo de la formación médica y de la atención pública, enfrenta la misma lógica de ajuste: presupuestos insuficientes, servicios recortados, salarios congelados. El Instituto Roffo, referencia en oncología, se ve debilitado en un contexto donde los medicamentos de alto costo se convierten en un privilegio inaccesible. La protesta no es solo gremial: es un grito colectivo contra la erosión de un sistema que debería garantizar derechos básicos.
La interrupción del programa RemediAr, el retroceso en salud mental y el debilitamiento del PAMI son síntomas de un modelo en el que el sufrimiento humano les importa un pito con tal de dibujar un equilibrio fiscal inexistente, dejando en claro que el desfinanciamiento no es un tecnicismo contable, sino una política de estado que impacta en los más vulnerables.
LA SALUD EN EMERGENCIA
La salud pública argentina se sostiene en instituciones que son más que edificios: son símbolos de equidad, de acceso universal, de ciencia aplicada al cuidado. Desfinanciarlas es desmantelar la memoria colectiva de un país que alguna vez creyó que la salud era un derecho. La marcha hacia Plaza de Mayo no fue solo un recorrido físico: fue la metáfora de un sistema que camina al borde del colapso, mientras el poder insiste en negar lo evidente.

Marcha Federal por la Salud Pública, gratuita y de calidad.
Un país que se retira de sí mismo. Un presidente que se emociona ante la imagen de su perro clonado mientras deja morir a recién nacidos por haber desmantelado el programa de Cardiopatías Congénitas. Guardias vacías, farmacias sin stock, adolescentes que se pierden en la noche.
El dios mercado exige sacrificios, y el Estado obedece.
La pregunta queda suspendida en el aire:
¿quién decide qué vidas merecen ser cuidadas, y cuáles se disuelven sin dejar huella?
Alejandro Lamaisón