DERRUMBE ECONÓMICO E INVERSIÓN ROTA
Luego de cuatro trimestres sin inversión, la Argentina se ha convertido en un escenario donde la economía y la política se entrelazan como dos placas tectónicas que, al rozarse, generan un temblor constante. El exsecretario de prensa de Milei Eduardo Serenellini lo dijo con crudeza: “La gente no llega a fin de mes; la clase media se está pulverizando lentamente”.
Esa frase emitida por un libertario funciona como un disparo en la penumbra, iluminando por un instante el derrumbe transversal que atraviesa a médicos, comerciantes, docentes, obreros, empleados públicos. La estructura económica se desmorona, y con ella la superestructura política, social, ambiental e industrial.
El país se desliza hacia un abismo donde las leyes parecen diseñadas para desarmar los cimientos (El topo que vino a destruir el Estado desde adentro). La Ley de Emergencia en Discapacidad, aprobada y vetada, promulgada y suspendida, se convierte en un símbolo de la desidia institucional: un texto que existe en el papel pero que se evapora en la práctica.

Familias enteras marchan en banderazos federales reclamando terapias, pensiones, transporte. La política se muestra como un teatro vacío, donde las palabras se pronuncian pero no se cumplen. El abandono se institucionaliza.
En paralelo, la extranjerización de la tierra avanza como un nuevo estatuto del coloniaje. El proyecto de Sturzenegger sobre la “Inviolabilidad de la Propiedad Privada” abre la puerta a que los Lewis de la vida se apropien de lagos, bosques y fronteras. La soberanía se convierte en un concepto arqueológico, algo que se recuerda en conferencias con citas de Yupanqui y el Papa, mientras el territorio se fragmenta en manos extranjeras.

La increíble manción de Lewis en Lago Escondido
La superestructura política se pliega a los intereses de los grandes propietarios, acelerando desalojos y desmantelando regulaciones ambientales. El fuego, antes visto como amenaza, ahora es herramienta de expansión inmobiliaria.
La agroindustria, blindada por récords de exportación y libre disponibilidad de dólares, se opone a la tipificación del ecocidio en el Código Penal. El rechazo revela la lógica de un sistema que privilegia la rentabilidad inmediata sobre la supervivencia del ecosistema. La palabra “irreversible” se vuelve intolerable para quienes conciben la tierra como mercancía. La superestructura ambiental se desangra en debates parlamentarios que parecen escritos por corporaciones más que por legisladores.

Mientras la inversión se derrumba, la agroindustria empuja el PBI hacia arriba dejando una población contaminada de Glifosato.
El PBI crece 2,3% en el primer trimestre, pero la inversión se derrumba 11,6%. Es el espejismo estadístico de una economía que se sostiene en la pesca, la agricultura y la minería, mientras la industria y el comercio se hunden. El ciclo expansivo que celebra el ministro Caputo es un ciclo de superficie: un crecimiento que no derrama, que no construye futuro, que apenas maquilla la anemia de la demanda interna. La estructura económica se convierte en un cuerpo sin órganos, incapaz de sostener la vida cotidiana de millones.
La Argentina es hoy un país donde las cifras oficiales conviven con la precariedad de las changas, donde las leyes se aprueban pero no se cumplen, donde la tierra se entrega y el ambiente se destruye. La estructura y la superestructura se precipitan juntas, como un edificio que colapsa desde sus cimientos hasta sus fachadas. Lo que queda es un vacío, un territorio sin cimientos, un país que se desmorona en cámara lenta.
INVERSIÓN EN CAÍDA ES EL MODELO A SEGUIR
El modelo económico de Javier Milei se presenta como un tablero de luces frías: algunos sectores -energía, agroexportación, finanzas- aparecen como ganadores, mientras el resto del cuerpo productivo permanece inmóvil. El dato central es alarmante: la inversión privada se derrumba, incluso en un contexto de beneficios estatales extraordinarios para los grandes capitales.

Los dos artífices del industricidio sin inversión y de la reducción drástica del consumo para mantener el simulacro de inflación estable.
Equilibra advierte que el PBI crece, pero la inversión cae por cuarto trimestre consecutivo, algo inédito desde 1993. La paradoja es clara: expansión estadística sin creación de empleo formal, reemplazado por trabajo precario en aplicaciones. La anomalía se explica por un crecimiento parcial: unos pocos sectores avanzan, el resto se retrae.
Misión Productiva agrega que la economía se sostiene en exportaciones y recursos naturales, pero sin motor interno. La inversión, dependiente de expectativas, se frena por cinco razones:
a) Demanda debilitada: ingresos formales 10% por debajo de 2023, consumo reducido.
b) Obra pública paralizada: rutas, viviendas, infraestructura detenida, cadenas proveedoras quebradas.
c) Construcción privada sin compensación: costos en dólares altos, crédito hipotecario insuficiente.
d) Financiamiento productivo ausente: uno de los niveles de crédito más bajos de la región.
e) Incertidumbre estructural: horizonte de inversión de largo plazo bloqueado por dudas sobre sostenibilidad.
El resultado es un país que exhibe crecimiento estadístico pero carece de expansión real. Una economía que se sostiene en cifras de exportación mientras la inversión y el empleo formal se desmoronan. El motor está apagado: la expectativa, que debería encenderlo, permanece atrapada en la penumbra.
La nota de Leandro Renou en Página 12 agrega un matiz decisivo: el modelo económico de Javier Milei no solo profundiza desigualdades, sino que instala una anomalía histórica. El PBI crece, pero la inversión se desploma. Es un crecimiento sin motor, un espejismo estadístico sostenido por sectores primarios y exportadores, mientras el 80% de la economía -la que se siente en la calle, en los talleres, en las fábricas, en los comercios- permanece paralizada.

Un grupo de trabajadores se sienta en la vereda frente a la planta Fate, en medio del conflicto laboral por el cierre de la fábrica (Maximiliano Luna)
Asimismo, la consultora Equilibra lo sintetiza con precisión: “Desde 1993 nunca se observaron cuatro trimestres consecutivos de caída de la inversión con expansión del PBI”. Esa paradoja revela que el ciclo expansivo es apenas un promedio distorsionado: unos pocos sectores avanzan, el resto se retrae. El resultado es menos empleo formal, más trabajo basura, más changas en aplicaciones. La economía se convierte en un mosaico roto, donde las piezas no encajan en un proyecto común.
Misión Productiva aporta la otra cara: la expectativa apagada. La inversión es hija de la confianza en el futuro, pero hoy las empresas perciben demanda débil, obra pública paralizada, costos dolarizados, crédito inexistente y reglas inciertas. Sin horizonte, no hay inversión. Y sin inversión, no hay empleo ni expansión productiva. El país se desliza hacia un modelo extractivo, donde los recursos naturales sostienen cifras de exportación, pero no generan tejido social ni industrial.

Vaca Muerta imparable: Neuquén sigue batiendo récords de producción.
La reflexión final es que el mileísmo ha elegido ganadores y perdedores con una claridad brutal: los grandes capitales concentrados reciben beneficios estatales, mientras la mayoría de la sociedad se hunde en la parálisis. La anomalía del crecimiento sin inversión es el signo de un tiempo donde el Estado se reduce a garante de rentabilidad para unos pocos, y la Nación se precipita al abismo de la desindustrialización y el desempleo. El verdadero dato no está en el PBI, sino en el vacío: un país que crece en números pero se achica en vidas.
Alejandro Lamaisón
Fuentes:
Artículo de Leandro Renou en Página 12 «Javier Milei en el país donde nadie invierte»
Ruy Mauro Marini: Dialéctica de la dependencia (1973).
Claudio Katz: Bajo el imperio del capital (2011)