RELATOS COMO ARMAS INVISIBLES
El mundo se desliza en relatos. No en datos, no en cifras, no en estadísticas que se acumulan como polvo en los estantes de la burocracia. Relatos. Historias que nos atraviesan como ráfagas de viento en un pasillo oscuro. El cerebro, ese animal cansado, busca atajos. Prefiere la línea recta, aunque lo lleve al precipicio. Prefiere la simplificación, aunque lo condene a la falacia.
Susan Fiske y Shelley Taylor lo dijeron con precisión quirúrgica: somos avaros cognitivos. Pensamos lo justo, lo mínimo, lo necesario para sobrevivir. Y en ese mínimo se cuela la manipulación. Los frames, los marcos conceptuales, no son más que relatos que se convierten en filtros invisibles. El multimedio más grande de Argentina dice que el impuesto a la riqueza es un subsidio para vagos. Que en los actos kirchneristas sólo hay chorros y brutos. Las frases circulan como un virus. Nadie se detiene a comprobarla. Nadie tiene tiempo. La verosimilitud basta.

Los relatos antikirchneristas funcionan como frames
En este sentido, los relatos ultraderechistas trabajan como un dispositivo de seducción. No necesitan planes, ni ideologías, ni programas. Necesitan emociones. Miedo, odio, frustración. La triada que se repite como un mantra en las redes sociales, en los noticieros, en los pasillos de la política. El trabajador humilde vota por quienes planean precarizarlo. El jubilado olvida las luchas sindicales que le dieron su derecho. La memoria se evapora en la pantalla.
La ultraderecha construye enemigos visibles. El kirchnerismo, los mapuches, los inmigrantes, las mujeres que reclaman derechos, el progresismo que reclama por un Estado fuerte y por justicia social. Todos convertidos en amenaza. Todos convertidos en el Otro que viene a ocupar, a despojar, a corromper. La lógica binaria se instala: pueblo contra corruptos, nación contra invasores, tradición contra degeneración, mercado contra Estado.
RELATOS QUE MANIPULAN LA MEMORIA COLECTIVA
Los relatos se apropian de las palabras. Libertad, justicia, igualdad, felicidad. Vacías de sentido, resignificadas hasta volverse irreconocibles. La injusticia ya no es la explotación de ricos sobre pobres, sino el Estado de Bienestar que supuestamente roba a los trabajadores para dárselo a los extranjeros. La frustración se canaliza hacia chivos expiatorios accesibles, tangibles, castigables en las urnas.
La astucia de los relatos es esta: hacer pasar lo irracional por sentido común. Que el odio parezca normal. Que el miedo se disfrace de prudencia. Que la frustración se convierta en voto. El discurso ultra no dice qué es normal. Deja que cada ciudadano rellene el vacío con sus propios valores, sus prejuicios, sus resentimientos. Y ese relleno se llama sentido común.
El progresismo, mientras tanto, sigue hablando en clave racional. Grandes oradores, discursos de barricada, consignas que ya no encuentran eco en la era de los focus groups y los algoritmos. No han comprendido que la política se juega en la segmentación de audiencias, en la eficiencia del mensaje, en la sofisticación tecnológica. La vieja política se hunde en su propio lenguaje obsoleto.
La ultraderecha avanza porque sabe narrar los relatos que construye. Porque sabe activar emociones. Porque sabe que el cerebro humano, cansado, busca atajos. Y esos atajos son sesgos cognitivos que operan sin que lo notemos. La gente cree que piensa racionalmente, pero en realidad justifica irracionalmente sus posiciones.

El relato violento de Milei activa el pensamiento irracional y resulta altamente efectivo al momento de votar
Parafraseando a Diego, los relatos son cómo las hormigas: están en todo el mundo. Francia, Chile, Alemania, Argentina. El mismo mecanismo, la misma triada, la misma manipulación. El mismo trabajador que vota contra sí mismo. La misma clase media que olvida sus conquistas. La misma frustración que se dirige hacia el enemigo equivocado.
Andreu Jerez lo advierte: los partidos políticos tienen una oportunidad única. Abandonar la dicotomía razón vs. emoción. Redescubrir sus valores. Construir frames alternativos. Si no lo hacen, seguirán siendo la vieja política, incapaz de competir con la narrativa ultra.
Esta columna termina, pero la generación de sentido en el imaginario social sigue en quienes tienen en estos momentos el monopolio de los relatos. Se infiltra en cada conversación, en cada titular, en cada meme compartido en la madrugada. Es el ruido de fondo de nuestra época.
Y mientras tanto, el eco de lo irracional se disfraza de verdad para seguir latiendo en cada gesto, en cada voto y en la insoportable levedad de la conciencia colectiva.
Alejandro Lamaisón
…Continuará…