GRAMSCI Y MERLIN
La palabra hegemonía, en Gramsci, vibra como un eco de guerra civil y de cultura. No es sólo dirección política, es también el arte de unir insurrección y levantamiento popular, el modo de que una clase se vuelva dirigente antes de ser dominante.
“La hegemonía no puede ser solamente ético-política sino también económica”, escribe en los Cuadernos, como si la praxis necesitara un suelo material para sostener la conciencia. La hegemonía es estrategia, transición y horizonte histórico-universal: un mapa que oscila entre la rebelión objetiva y el momento militar decisivo.
Gramsci se aleja del “determinismo económico” del marxismo tradicional y construye la categoría de hegemonía para analizar y proponer la acción política
Nora Merlin, desde otro ángulo, describe la colonización de la subjetividad neoliberal. Los medios ocupan el lugar del Ideal, fabrican obediencia inconsciente, convierten al ciudadano en consumidor dócil. La masa hipnotizada, dice, es pasión por ser Uno: repetición, odio, fascinación con la imagen.
El neoliberalismo no sólo organiza la economía, sino que captura la subjetividad, la convierte en campo de batalla simbólico. La democracia se degrada en simulacro, la política se disuelve en moralismo, el odio se vuelve signo de totalitarismo.
La conexión entre Antonio Gramsci y Nora Merlin es sumamente fértil, ya que ambos exploran cómo el poder logra sostenerse no solo mediante la fuerza física, sino a través del consentimiento y la construcción de la realidad psíquica de los individuos.
GRAMSCI Y LA COLONIZACIÓN DEL DESEO
Para Gramsci, la hegemonía es el proceso por el cual una clase dominante logra que su visión del mundo sea aceptada como el «sentido común» por las clases subalternas. No se impone solo con la policía (dominación), sino a través de la cultura, la educación y la religión.
Nora Merlin lleva esto al plano del psicoanálisis político. Ella sostiene que el neoliberalismo no solo domina la economía, sino que produce un tipo de subjetividad. El «control de la subjetividad» es, en términos gramscianos, la fase más sofisticada de la hegemonía: cuando el poder ya no necesita convencerte desde afuera, porque ya ha colonizado tu deseo y tu identidad.
Hegemonía y control de la subjetividad: Las dos caras de una misma moneda
Gramsci y Merlin se cruzan en un punto invisible: la batalla cultural. Para el primero, hegemonía es la capacidad de una clase de articular aliados, de construir un bloque histórico que supere lo corporativo. Para la segunda, el neoliberalismo triunfa colonizando la subjetividad, imponiendo un discurso único que naturaliza la obediencia. La hegemonía proletaria exige conquistar campesinos y construir un nuevo Estado; la hegemonía neoliberal se sostiene en imágenes repetidas, en la fascinación ante las pantallas y en el odio como cohesión social.
Gramsci habla del «sentido común» como un conjunto disgregado de ideas heredadas que impiden que el sujeto vea su propia opresión.
Merlin utiliza categorías lacanianas para explicar que el sistema opera sobre la pulsión. El control de la subjetividad busca capturar el deseo del sujeto, transformándolo en un «consumidor» o en alguien que se identifica con los intereses de quien lo explota (el fenómeno de votar a los propios verdugos).
LA BATALLA POR EL SIGNO
La intersección es brutal: sin hegemonía cultural, no hay insurrección posible; sin resistencia subjetiva, no hay emancipación. La guerra civil que Gramsci piensa como horizonte estratégico se ha desplazado al terreno de las pantallas, donde la insurrección ya no es sólo militar sino semiótica.
La relación es directa: el control de la subjetividad de Merlin es la herramienta técnica y psicológica actual de la hegemonía. Mientras Gramsci veía la hegemonía como una batalla de ideas, Merlin advierte que hoy es una batalla por los afectos (como el miedo o el odio), donde la comunicación digital permite un nivel de penetración en el inconsciente que en la época de Gramsci era inimaginable.
En resumen, Merlin le da a la «hegemonía» gramsciana la profundidad del aparato psíquico, explicando cómo se siente y cómo se ama al poder desde adentro.
La colonización neoliberal convierte la política en espectáculo, la democracia en ceocracia moralista. La hegemonía, entonces, no es sólo cuestión de alianzas sociales, sino de descolonizar la subjetividad, de romper la hipnosis colectiva.
La operación es conocida: construir enemigos disponibles -periodistas, “kukas”, “comunistas”- y encuadrar allí todas las frustraciones sociales. Una simplificación brutal que, sin embargo, rinde políticamente.
Quizás haya que asumir que estamos frente a una guerra por la subjetividad. Que se necesitan psicólogos, psicoanalistas, comunicadores, especialistas en cultura y memoria, no para manipular, sino para comprender qué le pasa a una sociedad sometida diariamente a una pedagogía del odio. Sin esa lectura, cualquier proyecto transformador queda desarmado frente a la maquinaria emocional de la ultraderecha.
El futuro político no se juega solo en urnas, sino en pantallas, en afectos, en la intimidad de la percepción. La democracia, si quiere sobrevivir, deberá aprender a disputar ese territorio invisible.
La hegemonía proletaria, dice Gramsci, requiere un nuevo concepto de inmanencia: economía, filosofía, historia y política en unidad. Merlin advierte que el neoliberalismo ya logró esa síntesis, pero invertida: economía, medios, marketing y odio como nueva inmanencia colonizada.

La batalla en el campo semiótico: El odio como estrategia de manipulación
El contexto epocal se cierra como un plano cinematográfico:
La plaza vacía, las pantallas encendidas, la voz repetida que dice “corrupción, pesada herencia”. El eco gramsciano que insiste: sin hegemonía no hay victoria. El murmullo merliniano que advierte: sin subjetividad libre no hay democracia.
Entre ambos, queda la pregunta suspendida: ¿cómo construir una hegemonía emancipadora en un mundo donde la guerra civil se libra en la mente colonizada de las masas?
Alejandro Lamaisón
Fuentes: Antonio Gramsci. Cuadernos de la cárcel (Quaderni del carcere), escritos entre 1929 y 1935 mientras estaba encarcelado por el régimen fascista.
Nora Merlin: Artículos publicados en Página 12.