Žižek Lacaniano
En un mundo de Trumps, Mileis, Bukeles, fake news, crisis climática y capitalismo tardío, Slavoj Žižek nos obliga a cuestionar nuestras certezas. Su filosofía no ofrece soluciones fáciles, pero sí herramientas para pensar de manera crítica.
La pregunta que nos hace Žižek -ese filósofo que parece emerger de una neblina de tics y rigor europeo- flota en el aire como una partícula de polución que nadie quiere inhalar: ¿por qué votamos a nuestro propio verdugo?
Para entender la sumisión de las clases populares y el suicidio programado de las pymes ante el avance de la ultraderecha neoliberal, hay que abandonar la lógica del «sentido común» y entrar en la catedral de la fantasía ideológica.

El sublime objeto de la ideología», de Slavoj Žižek, libro publicado en 1989 y considerado por muchos su obra maestra
Vivimos en un marasmo de variables. El desempleo, la inflación, la inseguridad, la obsolescencia de las personas ante el avance tecnológico. Es un ruido blanco insoportable.
Para Žižek, aquí es donde opera lo que Lacan llamó el “point de capiton” o punto de almohadillado. La ultraderecha no ofrece soluciones técnicas; ofrece un Significante-Amo. Un núcleo que aglutina el caos. Puede ser «La Libertad», «La Casta» o «El Orden».
No importa que bajo ese nombre se esconda el desmantelamiento de la red de seguridad del obrero o la quiebra del fabricante de tornillos. El Significante-Amo actúa como un remache en la tapicería de la realidad: detiene el deslizamiento del sentido. El votante no vota un programa económico; vota el fin de la angustia de la dispersión. Prefiere una prisión con nombre propio que un desierto sin fronteras.
El Cinismo en la óptica de Žižek
Žižek nos advierte: la ideología hoy no es una venda en los ojos. No es que el obrero «no sepa» que los recortes le quitarán los medicamentos, o que el empresario PYME «ignore» que la apertura de importaciones vaciará sus galpones.
Ellos lo saben.
Pero actúan como si no lo supieran. Es el cinismo contemporáneo. La ideología ha dejado de ser un error de percepción para convertirse en una configuración ritual. El sujeto goza de su síntoma.
Existe un placer oscuro, casi erótico, en participar de la propia destrucción si esa destrucción viene envuelta en el celofán de una narrativa de «limpieza» o «reinicio». Es la lógica del jugador de casino: sabe que la casa siempre gana, pero necesita el trance de la apuesta para sentirse vivo en un sistema que ya lo ha declarado muerto.
El Fetichismo de la Crueldad
Para el industrial manufacturero, el neoliberalismo es una promesa de pertenencia a una clase a la que nunca terminará de entrar. Es el fetichismo de la mercancía desplazado al poder político. El pequeño empresario vota contra el consumo interno -su propia sangre- porque ideológicamente se identifica con el capital transnacional. Cree que, al votar como un magnate, de alguna manera transmuta su pequeña fábrica de bolsitas de polietileno en una corporación global. Es una doble ilusión: ignora que la ilusión misma es lo que vertebra su realidad.
En tal sentido, para Žižek, la ideología es efectiva cuando no hay fractura. Cuando el ciudadano camina por la calle y solo ve confirmaciones de sus prejuicios. Si el consumo cae, la ideología le dirá que es un «sacrificio necesario para la purificación». Si la clase popular pierde derechos, se le dirá que ha ganado «libertad individual».
La Cárcel sin Ventanas
Marx hablaba de una cárcel. Una estructura de pensamiento definida por la clase dominante. Pero la versión actual, sostiene Žižek, es más sofisticada: es una cárcel donde los presos decoran sus celdas con los colores del carcelero. No hay punto de fuga porque el lenguaje mismo ha sido colonizado.
El voto de las clases populares al neoliberalismo no es un error de cálculo; es un acto de fe performativo. Sin esa creencia, el edificio de su realidad social se desintegraría. Prefieren el rigor de un sistema que los desprecia abiertamente a la incertidumbre de un sistema que los obliga a ser responsables de su propia emancipación.
Al final, como en un capítulo de Black Mirror, nos quedamos mirando el resplandor de las pantallas, esperando que el próximo choque económico sea lo suficientemente estético como para justificar nuestra complicidad. La ignorancia no es falta de información; es una voluntad de no saber para poder seguir funcionando.
Es el triunfo del síntoma sobre la supervivencia. El murmullo del capital que nos dice, mientras nos quita el aire: esto es lo que querías, ¿verdad?
¿Hasta qué punto creés que esta identificación estética con el poder -que ha reemplazado por completo el interés económico personal del votante moderno- puede sostenerse?
Carlos Heller dice que el ajuste es directamente proporcional a la resistencia del ajustado. Si el oprimido soporta alegremente confirmando incluso con el voto su propia explotación, el opresor continuará ajustado sin límite.
La pregunta no es por qué creemos, sino por qué necesitamos creer.
En un país marcado por crisis cíclicas y promesas incumplidas, la ideología es la única maquinaria que garantiza continuidad. Sin ella, la vida social se desintegraría.
La fe en la ruina es, entonces, la condición de posibilidad de lo político.
Y la tragedia argentina -como toda tragedia- se sostiene en el coro que canta, aun sabiendo que el desenlace será fatal.
Alejandro Lamaisón