EL ASCENSO DE MAMDANI: ENTRE EL RUIDO Y LA FURIA
En una ciudad donde los rascacielos parecen vigilar los sueños de sus habitantes, Zohran Mamdani se convirtió en el nuevo alcalde de Nueva York. Su victoria no fue solo electoral: fue una irrupción en el lenguaje del poder, una fractura en la narrativa dominante. Un musulmán, socialista, de ascendencia ugandesa, venciendo al establishment en la ciudad más simbólica del imperio. Como un guion de la posmodernidad, el ruido de los helicópteros sobre Manhattan no era solo tráfico aéreo: era vigilancia, era paranoia, era historia en tiempo real.
34 años. 50,4% de los votos. Un nombre que hasta hace meses era apenas un susurro en los pasillos del Bronx. Mamdani derrotó al exgobernador Andrew Cuomo y al republicano Curtis Sliwa, en una contienda marcada por el miedo, la retórica incendiaria y la amenaza presidencial. Donald Trump, desde el Despacho Oval, advirtió que recortaría fondos federales si Mamdani ganaba. Lo llamó “comunista” y “confeso odiador de judíos”. Pero Nueva York respondió con una mueca de ironía, como si supiera que el lenguaje del poder ya no tiene el monopolio del significado.
POLÍTICA CÓMO PERFORMANCE: EL ESTILO MAMDANI
En el imaginario de la clase trabajadora del imperio, de los “condenados de la tierra” versión siglo XXI, Mamdani no es solo un político. Es un símbolo. Su campaña fue una coreografía de cuerpos en movimiento, pancartas en idiomas múltiples, discursos que parecían poemas urbanos. “El futuro está en nuestras manos”, dijo en su cierre de campaña, mientras detrás suyo se proyectaban imágenes de trenes, fábricas y niños jugando en Harlem. No era un eslogan: era una declaración estética. Como si entendiera que en la era de la saturación informativa, la política debe ser también arte.

Mamdani junto a su esposa Rama
La victoria de Mamdani fue parte de un triple golpe electoral al gobierno de Trump. Los demócratas también ganaron en Nueva Jersey y Virginia, en lo que algunos analistas llaman “la ola progresista”. Pero más allá de los números, lo que se impone es una sensación: el lenguaje del poder está siendo reescrito. Ya no se trata solo de políticas públicas, sino de símbolos, de cuerpos, de narrativas. Mamdani, con su historia migrante, su fe musulmana y su militancia socialista, encarna esa reescritura.
EL SÍMBOLO QUE DESAFIÓ AL IMPERIO
En la Nueva York de Mamdani, el ruido no cesa. Los drones sobrevolando Brooklyn, las cámaras en cada esquina, los algoritmos que predicen comportamientos. Como un “fallo en la Matrix» o una breve e inexplicable ruptura de los códigos de la música, la ciudad parece atrapada en una sinfonía de datos y sospechas. Pero Mamdani propone otra melodía: la de la comunidad, la del encuentro, la del desacuerdo sin odio. ¿Puede un alcalde cambiar el tono de una ciudad? Esa es la pregunta que flota entre los edificios.
Zohran Mamdani no solo ganó una elección, ganó una batalla por el significado, mientras el presidente Trump amenaza con cortar fondos, como si el dinero pudiera domesticar el significado. En tiempos donde el lenguaje se ha vuelto arma, su victoria es una invitación a imaginar otras formas de decir, de gobernar, de vivir. Como diría Derrida: “El mundo es un texto que hay que deconstruir, y Mamdani acaba de escribir un nuevo capítulo con los escombros de una democracia fragmentada y en decadencia.”
Trump habló desde el vértice del poder, pero Mamdani respondió desde el subsuelo del discurso. No con gritos, sino con símbolos. No con miedo, sino con el arte de lo disruptivo. La victoria fue un acto de escritura: una ciudad que se reescribe a sí misma, que se niega a ser leída desde arriba. La incertidumbre continúa a la orden del día, pero ahora tiene otra textura. Ya no es paranoia: es posibilidad.
Alejandro Lamaisón