TRAICIÓN LEGISLATIVA EN NOMBRE DE LA MODERNIZACIÓN
La política argentina se prepara para sesiones extraordinarias entre el 2 y el 27 de febrero, no para votar una ley, sino para firmar un sucio pacto de traición.
Por supuesto que no todos los diputados y senadores se prestarán a esta infamia extorsiva, dado que algunos (y no son pocos), aún conservan la dignidad de honrar sus mandatos.
Pero, para confirmación de quienes denominan democracias de baja intensidad a los gobiernos latinoamericanos actuales, desde hace varios años, la representación popular a través de sus legisladores se ha convertido en simulacro.
El mandato del pueblo trabajador se ha sustituido por la obediencia al poder económico y el Congreso ha dejado de ser espacio de deliberación para transformarse en escribanía de intereses patronales.
Ellos (los legisladores) saben tanto como nosotros -los ciudadanos de a pie- que la reforma laboral que el Gobierno instala en el temario de las extraordinarias no es modernización: es regresión.
Bajo el ropaje de la eficiencia, se consuma un despojo que arranca al trabajador cada conquista histórica y entrega al empresario cada privilegio fiscal y contractual.
El trabajador pierde todo, absolutamente todo. El empresario gana todo, absolutamente todo.
Diego Santilli, operador clave del oficialismo, intentará persuadir a los gobernadores para que ordenen a sus diputados y senadores votar a favor de la llamada “modernización laboral”. El movimiento no es menor: significa convertir a nuestros legisladores en ejecutores de una traición histórica contra el pueblo trabajador.

Santilli intentará que los gobernadores impulsen la traición de los legisladores al pueblo trabajador votando la reforma laboral.
La presión de Santilli buscará transformar a las provincias en engranajes de una maquinaria de disciplinamiento. No se trata de convencer: se trata de ordenar. No se trata de debatir, se trata de traicionar.
De tal manera, los mandatarios provinciales, en lugar de defender a sus pueblos, se convertirán en transmisores de una orden que los obliga a sacrificar a sus trabajadores en el altar del capital.
SECUELAS DE LA TRAICIÓN
Es probable que nuestros honorables legisladores se sientan ofendidos al acusarlos de traición al pueblo que los eligió, pero hay que ser muy estúpido para no darse cuenta de la devastación que producirán sus honorables votos a favor de la “Modernización laboral”:
La jornada limitada, conquista centenaria, se estira hasta las 12 horas. Los “bancos de horas” convierten el tiempo en mercancía flexible, donde el descanso se negocia como si fuera un lujo. El cuerpo del trabajador se vuelve territorio de explotación infinita.
El nuevo concepto de “salario dinámico” destruye el principio de remuneración justa y digna. El sueldo deja de ser garantía de subsistencia para convertirse en variable de ajuste. La justicia social se evapora en fórmulas contables.

La reforma fomenta la tercerización irresponsable, limitando la responsabilidad solidaria entre empleadores. Los trabajadores de plataformas digitales quedan fuera de toda protección laboral, condenados a la intemperie jurídica.
Incluso se derogan estatutos especiales, como el de los periodistas: la palabra crítica también se precariza.
Libertad sindical cercenada: La negociación individual se impone sobre la colectiva. Los convenios de empresa fragmentan la fuerza gremial, reducen pisos uniformes de derechos y debilitan la solidaridad obrera.
El derecho de huelga, las asambleas y la acción colectiva se obstaculizan. La autonomía sindical se erosiona, su patrimonio se vulnera. La voz organizada se convierte en murmullo.
El Fondo de Asistencia Laboral (FAL) financia despidos con ingresos que antes sostenían la ANSES. Los aportes patronales a las obras sociales se reducen del 6% al 5%, golpeando directamente la calidad de la salud de las familias trabajadoras. El costo del ajuste se paga con cuerpos enfermos.
EL CONGRESO COMO ESCRIBANÍA DEL DESPOJO
La reforma laboral incluye un paquete impositivo que transfiere ingresos al sector empresario:
- Reducción de alícuotas de Ganancias.
- Eliminación de impuestos internos sobre seguros, telefonía y bienes suntuarios.
- Exenciones fiscales para el FAL y para inversiones agroindustriales.
- Beneficios para feedlots y especulación inmobiliaria.
En este sentido, la reforma privilegia convenios de empresa sobre los de actividad, fragmentando la fuerza gremial y debilitando la solidaridad obrera. Limita el derecho de huelga, las asambleas y la acción colectiva.
Cada artículo es un regalo al capital, cada cláusula un saqueo al trabajador y la suma de toda la ley, un retorno a principios del siglo XX.
Si los legisladores se prestan a esta traición, estarán votando no sólo a favor del sueño húmedo del establishment empresarial, sino también contra la voz organizada de los trabajadores y contra la posibilidad misma de resistencia.
En conclusión, la presión de Santilli sobre los gobernadores desnuda la lógica de este proyecto: no se busca consenso, se busca obediencia. Si diputados y senadores apoyan la “modernización laboral”, será la mayor traición al pueblo trabajador en décadas.
La historia argentina los recordará no como representantes, sino como cómplices de una expoliación de derechos jamás vista desde que se recuperó la democracia.
Quizá en otra vida, Dios y la Patria se lo demanden, dado que el pueblo, agotado por jornadas interminables y salarios que se deshacen en el aire, ya no encontrará fuerzas para rebelarse. La explotación lo reducirá a un sobreviviente vacío de energía y de esperanza. Y en ese silencio forzado, en esa resignación que se confunde con obediencia, se consumará la victoria del poder patronal: un pueblo debilitado, incapaz de levantarse, convertido en espectador de su propio despojo.
Alejandro Lamaisón