EL ODIO EN LA ERA DE LA HIPERCOMUNICACIÓN
En la era de la hipercomunicación, el odio se ha convertido en el lenguaje dominante del poder. Ya no se trata de informar, sino de inocular. La memoria colectiva, antes refugio de la experiencia, hoy se ve colonizada por dispositivos simbólicos que paralizan, fragmentan y anestesian
El nuevo milenio abrió la puerta a una revolución digital.
Pantallas encendidas, dispositivos inteligentes, acceso ilimitado. La biblioteca de Babel se volvió real: noticias, textos, imágenes, sonidos. Todo, al alcance de la mano.
La promesa era libertad. La participación activa del receptor. La ilusión de que cualquiera podía intervenir en el flujo. Pero la escuela de Frankfurt ya había lo advertido. Benjamin lo dijo: la tecnología podía ser propaganda, podía ser fascismo. El siglo lo confirmó.
Hoy todo está disponible. Los archivos no se borran, se vuelven obsoletos. La memoria no se destruye, se atrofia. La experiencia se diluye en la repetición infinita y el aura desaparece.
La política se convierte en consumo. Un objeto más en el escaparate de la cultura de masas. La multitud bombardeada se fragmenta. Individuos aislados, refugiados en la saturación informativa. La representación política se vuelve imposible. El discurso se torna ambiguo. Lo real y lo virtual se confunden. El ser humano se desvanece. La política pierde su ejercicio. Hablando a todos, no se habla a nadie.
El voto se convierte en simulacro. No elegimos candidatos, ni ideologías. Elegimos un sistema que nunca funcionó. Y lo hacemos una y otra vez.
Los pobres entregan recursos a los ricos. Los mismos artífices del saqueo regresan al poder.
La indignación no aparece. El hambre mata como moscas. La memoria se borra.
Argentina lo sabe.
El neoliberalismo resurge como espectro disfrazado de fascismo ultraliberal.
Tres veces, cuatro veces, dejando siempre tierra arrasada.
Se borró próceres de las monedas, se reemplazó símbolos por animales, se ignoró fechas patrias, se suprimió el revisionismo histórico. Se abandonó la soberanía. La bandera celeste y blanca con un sol convive con la de barras rojas y 50 estrellas y la memoria nacional se convierte en vacío.
Benjamin lo anticipó: la utopía máxima de cambiar el mundo se reduce a la mínima de sobrevivir. La conciencia social se desvanece si no hay conciencia individual.
El poder coloniza la memoria, la convierte en tabula rasa. La hipercomunicación no libera: paraliza. La política se convierte en espectáculo. La sociedad en audiencia.
Y el futuro en ruido.
FALSA CONCIENCIA Y EL ODIO COMO DISPOSITIVO
Marx habló de alienación. De la falsa conciencia que oculta los intereses verdaderos.
El neoliberalismo perfeccionó el mecanismo. Los medios imponen las formas mentales de la clase dominante utilizando el sentido común como dogma y la visión del mundo como mercancía.
Argentina lo mostró en las urnas. Trabajadores votando a quien los empobreció. Cuarenta por ciento de la clase obrera entregada al verdugo. Conciencia de clase disuelta en el discurso del capital financiero global.
¿Cómo se logra?
Inoculando el odio.

El odio a Cristina no surge como consecuencia de su gestión, sino a través de una construcción de los medios de comunicación hegemónicos.
Los medios ya no informan. Son apéndices del poder. Siembran miedo, angustia, terror.
Criminalizan la protesta construyendo enemigos imaginarios.
El vecino, el extranjero, el pobre, la mujer, el trabajador a través de “la industria del juicio”
Siempre alguien que amenaza la seguridad, el patrimonio, la Nación.
Miedo, odio, castigo. Tres escenarios que articulan la estrategia del establishment.
La imagen sustituye al discurso. Impacto inmediato, grabado en la mente. Un signo de incertidumbre que paraliza.
“Vamos camino a ser como Venezuela”. La frase repetida, instalada, convertida en estado crónico. La amenaza se vuelve permanente. El sujeto vive en alerta y la sociedad se fragmenta.
El odio reemplaza al agente coercitivo.La represión es ideológica. Nueva guerra de baja intensidad. Todos se sienten amenazados, aunque no sean parte del problema.
El votante lo sabe. Sabe que el político del establishment no mejorará su vida.
Sabe que la empeorará. Pero acepta el sacrificio. Prefiere que el otro, el odiado, esté peor. La política como castigo. La democracia como revancha.
Empleados públicos, comerciantes, changarines repiten consignas vacías: “se robaron un PBI”, sin saber qué significan las siglas. Odian a los desocupados que sobreviven con planes. Odian a las mujeres que cobran asignaciones. Sadismo desproporcionado.
Conciencia de clase anulada.
El neoliberalismo convierte al ser humano en mercancía, usable, desechable.
El odio como forma homogénea de pensar. La reflexión desaparece.
Benjamin lo anticipó: atrofia de la experiencia, sólo que ahora a través del resentimiento y el rencor.
El chivo expiatorio es la táctica. Populistas etiquetados como corruptos. Racismo, xenofobia, machismo, odio de clase los 365 días al año. El ciudadano al borde del paroxismo.
Dominar con violencia, angustia, miedo. Destruir la opinión pública. Colonizar la subjetividad. Convertir la política en lucha de pobres contra pobres.
El resultado es siempre el mismo: la dependencia eterna, el FMI como espectro, la memoria borrada, la conciencia anulada.
LOS MASS MEDIA Y LA CONSTRUCCIÓN DEL ODIO
La peste negra. Siglo XIV. Un tercio de Europa desaparece.
Las ratas, las pulgas, la enfermedad. Y el enemigo inventado: los judíos.
Pozos envenenados, rumores, pogromos. La Iglesia construyó el odio. El odio como estrategia de supervivencia.

El odio inoculado: Cuadro de 1894 que representa la masacre de la población judía de Estrasburgo en el año 1349
Setecientos años después, el guion se repite.
El neoliberalismo necesita un enemigo. El Estado de Bienestar convertido en peste.
Los gobernantes progresistas perseguidos como herejes. La dignidad borrada de la memoria. La propaganda como virus. La miseria como resultado.
Los gurúes del monetarismo prescriben la caída del PBI. Reducción del déficit. Destrucción del empleo. Pobreza digna. La receta del paraíso neoliberal: un ejército de desocupados vendiendo su fuerza de trabajo esclava para afrontar la tasa decreciente de ganancias.
El odio se inocula. Presidentes progresistas convertidos en corruptos. Dirigentes encarcelados. La memoria anulada. La experiencia borrada. La dignidad convertida en delito.
Ya no hace falta mentir. Los candidatos anuncian de antemano la eliminación de derechos. El pueblo vota su propio sacrificio. Las deudas se multiplican.
El FMI dicta las instrucciones. Los países centrales deciden el destino.
Cada noticia lleva un fascismo implícito. Siempre hay un enemigo. Siempre hay un culpable. La posverdad convierte hechos en emociones. La mentira maquillada como espectáculo. La verdad relegada a un segundo plano.
Las frases se repiten como consignas industriales: “Turbulencias del mercado”, “achicar el Estado para agrandar la república”, “en 30 años seremos Alemania”, “con el culo ajeno todos somos putos”.
Metáforas vacías, clichés ofensivos.
El pensamiento sustituido por el producto ya elaborado.
La sociedad de la información piensa por nosotros. Nos impone líderes como espectros: Trump,Milei. Bukele, Meloni, Corina Machado. El ascenso de la ultraderecha anunciado en titulares. El fascismo disfrazado de democracia.
Boaventura de Santos Souza lo llamó fascismo social.
El miedo y el odio como eje de campaña. La derecha desprecia las instituciones que dice defender. La hegemonía se construye con violencia simbólica. La estetización de la política reaparece y la violencia se convierte en espectáculo.

El odio a Maduro (justificado o no si tenemos en cuenta el gobierno autoritario del presidente) llegó a tal punto que los venezolanos festejan con alegría pasar a partir de ahora a depender política y económicamente de EEUU.
El populismo es culpable. El peronismo es malo. Lula es ladrón. Cuba y Venezuela deben ser bloqueadas. La pobreza es digna. El hombre común convertido en responsable de su propia miseria, mientras que los factores de poder quedan fuera de escena.
Benjamin lo anticipó: La humanidad como espectáculo de sí misma. La autoalienación como goce estético y la destrucción vivida como entretenimiento.
La resistencia es mínima, pero existe. Una parte de la sociedad aún alerta. La responsabilidad es suya: advertir, denunciar, recordar. Desterrar a los verdugos.
Si triunfa la razón, el voto será el arma.
El disparo final contra el odio.
Alejandro Lamaisón
…Continuará…