BANALIZACIÓN DE LA SOBERANÍA
El gobierno de Javier Milei ha decidido que el Mar Argentino ya no es territorio de soberanía, sino un “bien común global”. La fórmula, importada del léxico diplomático de Washington, funciona como un dispositivo de desposesión: lo que era dominio argentino se convierte en espacio compartido, administrado por otros.
La cesión no se anuncia en el Congreso ni en la Plaza, ni en la Casa Rosada, sino en la Embajada de los Estados Unidos. La transparencia institucional se sustituye por el comunicado extranjero.
El documento recuerda el “Ejercicio Tridente”, autorizado por decreto en 2025, que permitió el ingreso de tropas estadounidenses en Mar del Plata, Bahía Blanca y Ushuaia. La repetición es elocuente: cada maniobra conjunta, cada visita de un almirante norteamericano, cada entrega de equipamiento militar, profundiza la dependencia y erosiona la soberanía.

Soberanía cedida por el gobierno de Javier Milei para que aeronaves norteamericanas monitoreen y vigilen nuestro espacio marítimo.
“La zona económica exclusiva dentro del Mar Argentino no es un bien global: es soberanía argentina”, advierte Sabina Frederic en un documento. La frase funciona como un contrapunto, un recordatorio de lo obvio que, sin embargo, se desvanece en la práctica.
La firma de la carta de intención entre la Armada Argentina y la Cuarta Flota del Comando Sur es apenas un capítulo más de un relato mayor: el alineamiento automático con los designios de Donald Trump. Ya lo vimos en el “Escudo para las Américas”, en la sonrisa de Milei sobre el portaaviones USS Nimitz, en la visita a la jefa del Comando Sur en Ushuaia. Cada gesto es una escena de subordinación, un ritual de entrega, una coreografía de la dependencia.
El embajador Peter Lamelas habla de “alianza estratégica” y de “bienes comunes globales”. Traducción: acceso a recursos naturales estratégicos, control sobre rutas marítimas, vigilancia sobre la proyección antártica, todo bajo la pérdida de soberanía.
La narrativa oficial se sostiene en la amenaza de los barcos chinos que depredan en el límite de las 200 millas. Pero el verdadero interés de Estados Unidos no es proteger la fauna marina, sino alejar a China del Atlántico Sur y consolidar su presencia militar en una región clave. La cooperación técnica es apenas la máscara de una disputa geopolítica que compromete la soberanía.
SOBERANÍA VS. BIEN COMÚN
El jefe de la Armada, Juan Carlos Romay, sostiene que soberanía es fortalecer la base industrial de Defensa, es invertir en vigilancia para de es amanera responder rápido. Pero lo que se firma es lo contrario: entregar la vigilancia a otra potencia, aceptar que la autonomía se condicione a la “ayuda” extranjera. La paradoja es brutal: se invoca la defensa para justificar la entrega del patrimonio nacional.
El Atlántico Sur no es un espacio abstracto. Allí se inscribe la herida de las Malvinas, la proyección hacia la Antártida, las rutas bioceánicas, el petróleo offshore, los minerales submarinos. Convertirlo en “bien común global” es repetir la lógica colonial: lo tuyo es mío y lo mío es mío, negando la soberanía.

Milei durante su visita al portaaviones Nimitz, de Estados Unidos. HANDOUT. AFP
El exministro Jorge Taiana lo advierte: “La defensa de la soberanía no puede quedar condicionada por acuerdos que, bajo discursos de cooperación, seguridad o protección ambiental, terminan habilitando mayores niveles de injerencia extranjera sobre áreas clave para el desarrollo y el futuro del país”.
Desde el CECIM, Ernesto Alonso lo formula con crudeza: “Hoy hay un plan sistemático de entrega”. La frase resuena como un eco de la dictadura, pero aplicada al presente: la entrega de soberanía.
La atmósfera recuerda al 1984 de Orwell: un mundo donde las palabras oficiales esconden la violencia de lo real, donde la tecnología y la geopolítica se entrelazan para producir un paisaje de control. La Argentina, en este relato, aparece como un personaje secundario, atrapado en la trama de otros, despojada de autoridad.
El gobierno de Milei ha convertido la soberanía en mercancía negociable. Bajo la retórica de la seguridad marítima, se habilita la injerencia extranjera en un espacio vital para el futuro argentino. El Atlántico Sur, que debería ser horizonte de soberanía, se transforma en laboratorio de subordinación.
La entrega no es sólo militar: es simbólica, cultural, histórica. Es aceptar que lo nuestro puede ser administrado por otros. Es repetir la lógica colonial en pleno siglo XXI, con la soberanía como palabra ausente.
Y así, mientras se invoca la defensa, se consuma la entrega. Mientras se habla de seguridad, se habilita la injerencia. Mientras se proclama soberanía, se firma su desaparición.
El Atlántico Sur, entonces, queda suspendido entre dos frases: la oficial, que lo llama “bien común global”; y la verdadera, que lo recuerda como lo que siempre fue: soberanía argentina, memoria de lucha, frontera de futuro.
Alejandro Lamaisón