El repliegue del imperio
La escena se repite con la obstinación de un fantasma histórico: El imperio americano vuelve a mirar hacia el sur como quien reclama un patio trasero. El ataque contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro no son un episodio aislado, sino el gesto inaugural de una estrategia que se presenta como nueva pero que en realidad es tan vieja como la Doctrina Monroe. La administración Trump, con su teatralidad brutal, ha decidido reinstalar la hegemonía hemisférica como si el tiempo no hubiera pasado, como si China no existiera, como si las cicatrices de Irak y Afganistán no hubieran demostrado el límite de su poder.
La pregunta que atraviesa la región es doble: ¿hasta qué punto debemos tomarnos en serio las amenazas del imperio de nuevas agresiones contra Cuba y Colombia? ¿Y cuáles son las posibilidades de resistencia de una centro-izquierda que, aunque fragmentada, aún late en gobiernos como los de Brasil, México o Colombia? La respuesta, como señala Tony Wood, no está en la ilusión de un frente unido, sino en la constatación de que Venezuela ha sido convertida en un blanco solitario, tóxico incluso para sus aliados progresistas. La solidaridad se expresa en comunicados diplomáticos, pero rara vez se traduce en acciones concretas.
La llamada “marea rosa 2.0” es un mosaico heterogéneo que se diferencia apodícticamente de la del 2001, liderada nada menos que por figuras como Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Lula da Silva a principios de los 2000.

Primera marea rosa en la que el imperio había descuidado su patio trasero, no por distracción, sino por intereses geopolíticos globales prioritarios para sus intereses imperialistas.
Hoy, Boric se distancia del chavismo con un énfasis en credenciales democráticas; Lula mantiene una ambigüedad calculada; México condena la intervención, pero no se compromete más allá de lo retórico. La figura de Maduro, aislada y desgastada, no genera entusiasmo ni siquiera entre quienes comparten una tradición de izquierda. La emigración masiva de venezolanos, que ha tensionado las sociedades de Colombia, Chile y Brasil, refuerza esa distancia: muchos gobiernos preferirían un régimen dócil en Caracas que reduzca los flujos migratorios antes que una confrontación abierta con Washington.
Cuba: la dignidad contra el imperio
Pese a que el imperio ha profundizado su discurso anticomunista, el caso cubano es distinto. La isla atraviesa una crisis humanitaria profunda: sanciones endurecidas, infraestructura colapsada, éxodo masivo. Sin embargo, su gobierno es más sólido y menos personalista que el venezolano.
El imperio, con Trump y su círculo —con Marco Rubio como vocero del exilio derechista— sueñan con repetir la jugada de Caracas, pero carecen de una oposición interna preparada para ocupar el poder.
En tal sentido, la estrategia parece ser la presión prolongada, el estrangulamiento económico y la amenaza constante. Cuba resiste, pero el costo humano es insoportable: décadas de sanciones inmorales que convierten la vida cotidiana en un campo de batalla silencioso.
Colombia: entre la amenaza del imperio y la elección
La amenaza del imperio contra Colombia revela otra lógica. Con elecciones parlamentarias y presidenciales en el horizonte, Estados Unidos apuesta a la desestabilización más que a la invasión.
Petro, con logros parciales en redistribución y reducción de la pobreza, enfrenta a una derecha paramilitar y neoliberal que podría recuperar el poder por vía electoral. La intervención militar directa sería contraproducente: reforzaría la narrativa de soberanía y podría beneficiar a la izquierda.
La estrategia, entonces, es más sutil y más peligrosa: fomentar la violencia, sembrar inseguridad, inclinar la balanza hacia candidatos afines a Washington.
La respuesta latina a las bravuconadas del imperio
Por otra parte, en las calles, la reacción contra el imperio norteamericano es desigual. Hay manifestaciones contra la intervención en México, Brasil y otros países, pero la ofensiva de Estados Unidos es selectiva, fragmentada, difícil de convertir en un eje de organización continental.
La inseguridad creciente, la violencia cotidiana, la migración masiva, todo conspira contra la posibilidad de una resistencia sostenida.
La izquierda latinoamericana ha demostrado capacidad para movilizarse contra reformas neoliberales o para ganar elecciones, pero también una tendencia a la desmovilización posterior.
El desafío es construir una resistencia civil duradera frente a un imperialismo que se reinventa con drones y portaaviones.
El retorno de la Doctrina Monroe
Lo que se despliega es un patrón antiguo con ropajes nuevos. El imperio americano se repliega al hemisferio occidental para reinventarse en medio de su crisis interna: declive del neoliberalismo, burbujas financieras, competencia con China. El Caribe se convierte en escenario principal de la agresión, Sudamérica en terreno secundario pero estratégico. Puerto Rico funciona como portaaviones, y la sombra de nuevas operaciones como la de Venezuela se cierne sobre la región. La alianza entre el capital estadounidense y su aparato militar es explícita, brutal, y al mismo tiempo ofrece un foco de organización para quienes buscan resistir.
La historia latinoamericana conoce este guion: cada vez que Estados Unidos se siente en crisis, vuelve al sur para reafirmar su poder. La diferencia es que hoy ese poder está disputado por China y por la propia resistencia social de la región. La izquierda enfrenta un dilema: cómo organizarse en medio de la inseguridad, cómo sostener la movilización más allá de las coyunturas electorales, cómo transformar el rechazo al imperialismo en un proyecto emancipador. Las tropelías que deja el paso del imperio pueden convertirse en semilla de resistencia, pero solo si se logra articular una solidaridad real, más allá de los comunicados diplomáticos y las consignas retóricas.
El futuro inmediato parece oscuro: más sanciones, más amenazas, más intervenciones selectivas. Pero la historia enseña que cada agresión del imperio ha generado también una respuesta popular. La pregunta es si esta vez la respuesta será lo suficientemente fuerte para quebrar el ciclo y abrir un horizonte distinto.
Alejandro Lamaisón
Fuente: Revista Jacobin