ALEMÁN MAPEA EL PODER
Cuando Jorge Alemán piensa, piensa en serio.
En su nueva publicación «Neoemperadores- El goce del poder» su agudeza filosófica se abre con un murmullo de época: la revolución como fantasma, como recuerdo de un acontecimiento que destituía al Amo de turno.
La francesa, la bolchevique, la china, la cubana. Todas con eco, todas con ruptura. Pero después, como señaló Fukuyama vía Kojeve, la historia se volvió repetición, evitó los antagonismos, se estabilizó en el capitalismo como dominación sin fisuras.
El error fue pensar que esa estabilización implicaba necesariamente democracia liberal.
El capitalismo podía prescindir de ella y hoy asistimos a una mutación: la ultraderecha mundial intenta realizar su propia revolución. No es mera reacción, no es conservadurismo clásico. Es aceleracionismo neofascista.
Una revolución que busca alterar la raíz del ser humano, conectar cuerpos y cerebros a dispositivos técnicos, disolver comunidades, suprimir poblaciones enteras. La técnica como consumación del nihilismo. Heidegger lo anticipó: destrucción de la verdad, consumación de la técnica. El resultado es un mundo irreconocible, incomparable con los anteriores.
Para Jorge Alemán, la figura de Peter Thiel aparece como emblema. La muerte como accidente que debe corregirse. La prolongación de la vida como proyecto tecnológico. Los CEOs como sustitutos de la política. La “catedral” como todo lo público, los empleados estatales reducidos a parasitología.
Trump, Putin, los neoemperadores que se mueven en un imperio recentralizado, donde las barreras neuróticas ya no cuentan. “Mi único límite es mi moral”, dice Trump. Traducido: no hay límite. Solo goce del poder.

Para Alemán, el neoemperador sólo busca el goce del poder, dado que, tanto su imperio como su moral no tienen límite.
El aceleracionismo, nacido en la izquierda, muta en ideología de ultraderecha. La singularidad: cerebros conectados no entre sí, sino a través de dispositivos tecnológicos.
La izquierda que alguna vez señaló las iniquidades de la democracia liberal ahora se vuelve conservadora, defensora de lo que merece ser preservado: una escuela pública, una iglesia, un hospital. La revolución ya no acelera hacia la justicia o la igualdad, sino hacia la reproducción ilimitada del capitalismo.
En la Argentina, la dificultad es doble. No solo captar el fenómeno, sino asumir la confrontación. La ultraderecha no es solo Milei, es un dispositivo internacional. Cuando Milei recibe a Thiel y este le pregunta cómo seguir el proyecto más allá de su presidencia, queda expuesto el carácter descartable del líder local.
El proyecto es más amplio, más profundo, más internacional. La exigencia es histórica: construir frentes antifascistas que no se pierdan en contradicciones internas.
En sucesivas entrevistas, la teoría de Jorge Alemán se vuelve atmósfera: fragmentos, silencios, repeticiones. La revolución como recuerdo. La ultraderecha como mutación. Los neoemperadores como figuras teatrales. La técnica como dispositivo de dominación. La política argentina como escenario donde no se percibe el peligro, donde el antagonismo con la ultraderecha aún no se asume.
LA TESIS DE JORGE ALEMÁN
Alemán sostiene que la revolución bizarra se despliega como un teatro de sombras. No es la épica de los pueblos que destituyen al Amo, ni la irrupción de multitudes que quiebran el orden. Es otra cosa: un proyecto que se disfraza de revolución, pero que en realidad busca mutar la raíz del ser humano, disolver comunidades, conectar cuerpos a dispositivos técnicos, suprimir poblaciones enteras.
En este paisaje, los neoemperadores avanzan con sus gestos teatrales, con su moral reducida al goce del poder. Trump, Thiel, los magnates de la técnica: figuras que condensan la aceleración neofascista, la fusión del neoliberalismo con el nihilismo. La historia ya no se concibe como ruptura, sino como repetición infinita de un capitalismo que se reproduce incluso en la catástrofe.

La revolución bizarra no promete justicia ni igualdad. Promete un mundo irreconocible, un imperio sin fin, un tiempo donde las guerras no tienen principio ni final, donde la pobreza se convierte en paisaje natural, desligada de la política. Es la consumación de la técnica como dominación, la dispersión permanente, el mundo feliz de la ocupación constante de la mente.
En la Argentina, el peligro aún no se asume. Se discuten coyunturas internas, se repiten mantras de resignación, pero no se percibe que la ultraderecha es un dispositivo internacional, una estructura demencial que excede a Milei y que busca instalarse como nueva forma de poder.
LA PREGUNTA DE ALEMÁN HABRE NUEVOS HORIZONTES
En este sentido Alemán advierte que la confrontación con ese proyecto debería ser histórica, no táctica, dado que hemos ingresado en un tiempo histórico donde la revolución ya no es patrimonio de la izquierda. La ultraderecha mundial intenta realizar su propia revolución, apoyada en la técnica, el nihilismo y el neoliberalismo.
El resultado es un mundo irreconocible, un paisaje de pobreza desligado de la política, una humanidad conectada a dispositivos que garantizan la reproducción del capital. La pregunta que Jorge Alemán parecería dejar flotando es si habrá fuerzas capaces de construir un límite, una autoridad política firme y consistente que impida que los neoemperadores conviertan el planeta en un imperio sin fin.
Con su habitual agudeza analítica, Jorge Alemán construye en Neoemperadores una cartografía psicológica de las ultraderechas
Para Librepensante, el nuevo libro de Jorge Alemán nos permite anticipadamente, como en una novela de ciencia ficción, sobrevolar sobre un río oscuro que avanza sin cauce, un imperio que se extiende sin fronteras, un tiempo que se acelera hasta borrar los rostros.
La revolución bizarra no es un acontecimiento, es un dispositivo. No destituye al Amo, lo multiplica. No libera al sujeto, lo conecta a la máquina. No abre un futuro, lo clausura en la repetición.
Y sin embargo, en ese murmullo de época, queda la exigencia de un límite. Una autoridad política capaz de frenar la mutación, de sostener la memoria, de preservar lo que merece ser conservado: la escuela, la comunidad, la palabra. Porque si no, el mundo que viene será un imperio sin fin, un teatro de emperadores que juegan con nuestras vidas como si fueran cenizas en el viento.
Alejandro Lamaisón