El laboratorio austral del tecnofascismo
Si se toma en cuenta el tecnofascismo que constituye el alma mater de las grandes empresas tecnológicas (Big Tech), la clausura de la Casa Rosada el 23 de abril, no fue un gesto aislado. El silencio impuesto sobre la prensa coincidió con la visita de Peter Thiel, magnate de Silicon Valley, arquitecto de Palantir, ideólogo de un capitalismo que se disfraza de libertad mientras dinamita la democracia. El despacho se convirtió en búnker: puertas cerradas, voces apagadas, un país reducido a rumor.
En ese espacio hermético, Javier Milei habría ofrecido lo que Argentina guarda en su subsuelo y en sus ríos: energía abundante, agua potable suficiente para enfriar servidores, territorios del sur donde instalar unicornios tecnológicos. La Patagonia como maqueta de un tecnofascismo distópico: granjas de datos alimentadas por glaciares, algoritmos respirando en la penumbra.

El tecnofascismo no es gratuito: algunos data centers o racks con servidores que acumulan bits pueden consumir más de un millón de litros de agua potable diarios, incluso en regiones con estrés hídrico.
La hipótesis se vuelve verosímil porque Thiel no viaja en vano. Palantir no es una empresa más: es el tablero de control del Pentágono, el software que cruza bases de datos, que geolocaliza, que convierte la vida cotidiana en coordenadas militares. En Israel, en Francia, en Estados Unidos, sus sistemas ya operan como un ojo invisible. Ahora, la pregunta: ¿qué busca en Buenos Aires?
El Presidente lo llama “maravilloso encuentro entre anarcocapitalistas”. Pero detrás de la retórica libertaria se esconde la entrega total al tecnofascismo: bases de datos de ANSES, Migraciones, Defensa, absorbidas y entrecruzadas con redes sociales. La ciudadanía convertida en mapa, cada movimiento registrado: un Uber, un turno médico, un boleto de colectivo. La vigilancia como servicio tercerizado.
Tecnofascismo: La convergencia ideológica
Milei y Thiel comparten una visión: Imponer el tecnofascismo bajo la excusa de la desregulación estatal como motor de la innovación tecnológica. El libertario argentino sueña con un Estado reducido a cenizas; el magnate californiano construye algoritmos que reemplazan a las instituciones. Dos trayectorias que convergen en un mismo proyecto: desmantelar la democracia y sustituirla por un orden tecnofeudal.

La vigilancia digital del tecnofascismo se llevaría, además de la privacidad, los recursos naturales de los Argentinos.
El tecnofascismo de Thiel y el fascismo libertario de Milei se entrelazan en un pacto tácito: recursos naturales a cambio de vigilancia digital. El sur argentino como laboratorio, la Casa Rosada como terminal de datos. La alianza no es ideológica solamente: es pragmática, material, geopolítica.
La infraestructura del tecnofascismo como aparato de control
La creación de la Unidad de Inteligencia Artificial Aplicada a la Seguridad (UIAAS) en 2024 anticipa el terreno del tecnofascismo. Patrullar redes sociales, aplicaciones, la dark web. Predecir delitos, prevenirlos. Un Estado que se disuelve en algoritmos, que delega su soberanía en software importado.
Palantir ofrece tableros de diseño para vigilancia permanente. Bases de datos cruzadas con perfiles de Facebook, con huellas digitales, con geolocalizaciones. La vida convertida en estadística, la ciudadanía en coordenadas. La opacidad como norma, la privacidad como sacrificio.
Recursos y feudos
La energía y el agua de la Patagonia aparecen como piezas centrales. Territorios ofrecidos para instalar centros de datos, servidores que respiran con glaciares derretidos. La reforma de la Ley de Glaciares abre la puerta a la minería en áreas antes protegidas. El litio, el cobre, la plata, el oro: materias primas esenciales para el complejo tecnológico-militar.

Uno de los data centers de Stargate Abilene, Texas, EEUU, similar al que Thiel, con el apoyo de Milei, piensa instalar en la Patagonia argentina (REUTERS/Daniel Cole/File Photo/File Photo)
El Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI) garantiza concesiones fiscales por treinta años. Un país convertido en feudo corporativo, donde las empresas se instalan con privilegios medievales. El tecnofeudalismo se materializa en el tecnofascismo: castillos de datos en la Patagonia, vigilancia digital en Buenos Aires, recursos naturales entregados como tributo.
La familia y la sombra del fascismo
Thiel ya compró mansión en Barrio Parque. Instalación material y simbólica: Silicon Valley incrustado en Buenos Aires. La familia como señal de permanencia, el desembarco como proyecto de largo plazo. El magnate no viene a visitar: viene a colonizar.
Un siglo después del fascismo clásico, emerge su mutación digital. El tecnofascismo. La alianza entre tecnocracia y etnocracia, entre recursos naturales y algoritmos de control. La promesa es seguridad, el precio es la libertad.
El laboratorio austral del tecnofascismo ya está en marcha. La Argentina se convierte en maqueta de un futuro tecnofeudal: un país sometido al dominio de corporaciones, un territorio ofrecido como tablero de datos, una sociedad reducida a coordenadas.
Alejandro Lamaisón