DE LA REPRESIÓN DICTATORIAL A LA REFORMA LIBERTARIA
La represión a la clase trabajadora durante la dictadura, tal como la analiza Victoria Basualdo en su ensayo “La clase trabajadora durante la última dictadura militar argentina – 1976-1983”, no fue solo un capítulo del pasado: resuena hoy en la avanzada del gobierno de Javier Milei con la Ley Bases y su propuesta de reforma laboral, que busca desarticular derechos conquistados y reconfigurar el mundo del trabajo bajo una lógica de disciplinamiento estructural.
Victoria Basualdo demuestra que la represión no fue un exceso colateral, sino una estrategia deliberada para desarticular el poder sindical y facilitar la implementación de un nuevo modelo económico. Delegados desaparecidos, comisiones internas desmanteladas, fábricas militarizadas: el terror como herramienta de reconfiguración del trabajo.
Hoy, bajo el gobierno de Javier Milei, esa lógica retorna con otros ropajes. La Ley Bases II, anunciada como un “megapaquete de reformas”, incluye una reforma laboral que propone:
Extensión de la jornada laboral hasta 12 horas- indemnizaciones en cuotas con un tope de diez- Convenios por empresa en lugar de convenios colectivos por actividad- Aumentos salariales atados a la productividad- Flexibilización de contratos y reducción de cargas patronales.
Aunque el discurso oficial insiste en que “no se tocan derechos”, el proyecto apunta a debilitar la negociación colectiva, fragmentar la representación sindical y abaratar el costo laboral, en nombre de la “modernización” y la “formalización del empleo”.
LA REFORMA ES UN SUEÑO ETERNO
La lectura de Basualdo permite trazar una línea de continuidad en el intento de reforma laboral: ayer fue la represión armada, hoy es la desregulación institucional. En ambos casos, el objetivo es el mismo: despojar a la clase trabajadora de su capacidad de organización y resistencia, para facilitar un modelo económico excluyente.

El secretario de desregulación Alejandro Cacace anunció que la reforma laboral, incluida en la Ley Bases II, será la primera medida a implementar por el gobierno de manera urgente.
La dictadura necesitó campos de concentración; el presente necesita decretos, leyes ómnibus y discursos de odio. Pero el efecto buscado es similar: disciplinar el conflicto social, neutralizar la memoria colectiva y naturalizar la desigualdad como destino inevitable.
Teniendo en cuenta el ensayo de Basualdo, lo que ayer fue el secuestro del delegado; hoy es su invisibilización legal. La historia no se repite, pero rima: la Ley Bases no es solo una reforma, es la continuación de una guerra contra el trabajo por otros medios.
“En el pliegue entre la memoria y la urgencia, la clase trabajadora vuelve a ser interpelada. No como víctima, sino como sujeto de una historia que aún resiste. Porque donde hubo organización, puede haber futuro. Y donde hubo represión, aún late la posibilidad de justicia.”
EL ALGORITMO DEL DISCIPLINAMIENTO
En los años setenta, el disciplinamiento fue brutal. Secuestros, torturas, listas negras. El Estado como máquina de guerra contra sus propios obreros. Basualdo lo muestra con precisión quirúrgica: la represión no fue solo política, fue económica. El objetivo era desarticular la capacidad de negociación, romper el tejido sindical, convertir al trabajador en individuo aislado, temeroso, funcional.
En 2025, el disciplinamiento es más sutil. Y funciona de manera ineluctable. Es el propio pueblo que exige, mediante el voto, la pulverización de sus derechos laborales. La reforma laboral propone jornadas de 12 horas, indemnizaciones en cuotas, convenios por empresa, beneficios fiscales para empleadores. Todo en nombre de la eficiencia. Todo en nombre de la libertad. Pero la libertad, en este contexto, es la libertad de los fuertes. La libertad de despedir, de precarizar, de convertir el salario en propina.
Es, según dijo Aliverti “la negociación entre la vaca y el frigorífico”
La clase trabajadora, mientras tanto, vuelve a aprender a susurrar.
MEMORIA COMO RESISTENCIA
Librepensante.com lo diría así: Hay algo profundamente inquietante en esta escena: el ruido blanco de la maquinaria, el lenguaje corporativo como forma de anestesia, la sensación de que algo se está desmoronando, pero nadie puede nombrarlo del todo.
En “Ruido de fondo” de Don de Lillo, el miedo era la muerte. En Argentina, el miedo es el olvido.

Jóvenes trabajadores impedidos de protestar contra la reforma laboral durante la dictadura. Foto: Pablo Lasansky
Basualdo insiste en que la memoria obrera no debe ser solo conmemorativa. Debe ser estratégica. Recordar cómo se desarticuló la clase trabajadora en los años 70 permite entender por qué hoy se vuelve a atacar su capacidad organizativa. La memoria no es archivo: es herramienta.
Y, sin embargo, el archivo importa. Porque en él están los nombres. Los rostros. Las voces. Y en un país donde el poder insiste en convertir la historia en anécdota, nombrar es resistir.
EL LENGUAJE COMO CAMPO DE BATALLA
Librepensante.com agregaría: La reforma laboral no solo cambia leyes. Cambia palabras. “Flexibilización”, “modernización”, “productividad”. Son términos que suenan bien en los titulares, pero que esconden una violencia estructural. Como en la dictadura, el lenguaje es parte del dispositivo represivo. En lugar de “despido”, se habla de “readecuación”. En lugar de “precarización”, se habla de “dinamismo”.
El lenguaje puede ser arma o refugio. En Argentina, hoy, es campo de batalla.
Asimismo, la clase trabajadora no es un obstáculo: es memoria viva, es soberanía en movimiento. La reforma laboral de Milei no moderniza: reedita el viejo proyecto de disciplinamiento.
Como en los años oscuros, la resistencia obrera será el faro que impida que la historia se escriba sin sus protagonistas. No en las redes ni en el algoritmo apropiado por la derecha libertaria.
En la calle.
En el verdadero teatro de operaciones donde el sujeto histórico no es avatar, sino pueblo cuya materialidad encarnará la verdadera razón de existir de la clase trabajadora.
Alejandro Lamaisón
Fuente: «La clase trabajadora durante la última dictadura militar argentina 1976-1983». Victoria Basualdo