PRIVATIZACIÓN DE LA RIQUEZA, SOCIABILIZACIÓN DE LA POBREZA
La privatización de Nucleoeléctrica Argentina como síntoma de un país que entrega su núcleo para calmar la sed del dólar es la historia repetida de la clásica receta liberal.
La escena es grotesca. Centrales nucleares con cartel de remate, como si fueran galpones abandonados en una zona franca del alma nacional. Atucha I, Atucha II, Embalse: nombres que alguna vez resonaron como promesas de soberanía energética, hoy se ofrecen al mejor postor en una subasta que no tiene martillo, pero sí guillotina.
El Gobierno, siguiendo la partitura del Fondo Monetario Internacional, ha decidido vender el 44% de Nucleoeléctrica Argentina S.A. (NA-SA), la empresa estatal que opera los tres reactores nucleares del país. La excusa es la de siempre: “la privatización como fuente de ingreso de dólares”. Pero detrás de esa frase se esconde una lógica más profunda, más perversa: la entrega sistemática del núcleo simbólico de la nación.
Cuenta cierta leyenda urbana que, cuando los servicios de inteligencia le informaron a Churchill, luego de salir triunfante de la segunda guerra mundial que Perón planeaba llegar a la presidencia de Argentina, este declaró lo siguiente:
“No dejen que la Argentina se convierta en potencia. Arrastrará tras ella a toda América Latina (…) la estrategia es debilitar y corromper por dentro a la Argentina, destruir sus industrias (…) imponer dirigentes políticos que respondan a nuestro Imperio. Esto se logrará (…) gracias a una democracia controlable, donde sus representantes levantaran sus manos en masa en servil sumisión. Hay que humillar a la Argentina”.
Estados Unidos no teme al atraso argentino, lo cultiva: porque un país sin industria ni ciencia es un territorio sin voluntad, listo para ser administrado como colonia energética y emocional.
PRIVATIZACIÓN DEL NÚCLEO: DIEZ SÍNTOMAS DEL DESGUACE
Reglas básicas de la privatización como herramienta de sometimiento:
1. La energía como mercancía: Lo que antes era política de Estado, hoy se convierte en activo financiero. La energía nuclear deja de ser herramienta de desarrollo para convertirse en ficha de casino.
2. La ciencia como estorbo: El desmantelamiento del sector científico y tecnológico no es un error, es un proyecto. El conocimiento molesta cuando no se puede monetizar.
3. La soberanía como estafa: Vender centrales nucleares es como hipotecar el corazón para pagar la tarjeta de crédito. No hay retorno.
4. La memoria como obstáculo: Atucha no es solo una central, es historia. Privatizarla es borrar el archivo, quemar el diario íntimo del país.
5. La urgencia como método: Todo se hace rápido, sin debate, como si el apuro fuera virtud. Pero el apuro es la máscara del saqueo y la privatización, la estocada fatal.
6. El FMI como guionista: No hay autonomía cuando el libreto lo escribe otro. Y el FMI no escribe cuentos, escribe manuales de amputación.
7. El capital como juez: La lógica del mercado no entiende de símbolos. Si no rinde, se vende. Si no paga, se cierra. Si no obedece, se destruye.
8. El Estado como vendedor ambulante:** Ya no protege, ya no regula, ya no planifica. Solo vende. Vende todo. Se vende a sí mismo.
9. La energía como dependencia: Lo que se entrega hoy se paga mañana. Y se paga caro. En tarifas, en apagones, en humillación.
10. El futuro como rehén: Cada reactor privatizado es una generación condenada a la oscuridad. Literal y simbólicamente.

No es privatización: es remate y no al mejor postor, sino a medida del imperio.
“Nos están llevando al subdesarrollo”, dicen los especialistas. Y no es exageración. Se lo percibe los ojos de los técnicos desplazados, en los planos arrugados de los reactores inconclusos, en la indiferencia con que se firma la entrega. Se lo ve en el silencio de los que deberían gritar.
La privatización de Nucleoeléctrica no es una decisión económica. Es una declaración filosófica: el núcleo ya no importa. Lo esencial ya no es visible. Lo simbólico ya no tiene precio, porque se lo ha puesto en venta.
Cuando el capital de haber logrado abastecerse de energía nuclear se vende, el país se evapora. Y lo que queda no es humo, es ausencia.
EL SABOTAJE INVISIBLE
Hay formas de dominación que no necesitan ejércitos. Basta con impedir que el otro piense, que el otro fabrique, que el otro sueñe con autonomía. En ese sentido, el desarrollo tecnológico e industrial argentino no es solo un objetivo nacional: es una amenaza para quienes prefieren vernos como exportadores de materias primas y consumidores de software ajeno.
Esados Unidos no teme al atraso argentino. Lo necesita. Lo promueve. Lo financia con discursos de modernización que, en realidad, son manuales de dependencia. Cada vez que Argentina intenta construir su propio satélite, su propio reactor, su propio sistema operativo, aparece una traba, una recomendación, una condicionalidad. Y detrás de cada una, una sonrisa diplomática que oculta el miedo a que pensemos por cuenta propia.
El método: impedir sin declarar. No se trata de decir “no desarrollen tecnología”. Se trata de ahogar presupuestos, de condicionar préstamos, de instalar la idea de que la innovación solo es válida si viene de Silicon Valley. Se trata de convertir al científico en sospechoso, al ingeniero en gasto, al tecnólogo en amenaza.
La receta es conocida: Privatizar lo estratégico., desfinanciar lo simbólico, importar lo esencial y celebrar lo ajeno como progreso. Se lo ve en los pasillos vacíos de los institutos de investigación, en los laboratorios que se convierten en depósitos, en los técnicos que migran porque aquí el saber no cotiza. Se lo siente en los tratados de libre comercio que liberan todo menos la dignidad.
El núcleo del problema es que la Argentina no es pobre. Es empobrecida. Y su empobrecimiento no es casual: es funcional. Porque un país que no produce conocimiento, que no transforma materia, que no diseña sus propias herramientas, es un país que no molesta. No discute. No compite.
La privatización nos quieren sin industria para que no tengamos voz. Nos quieren sin ciencia para que no tengamos memoria. Nos quieren sin tecnología para que no tengamos futuro.
Es la extinción de la soberanía. Y ella, la “patria” misma, no se defiende solo con banderas. Se defiende con laboratorios encendidos, con fábricas que laten, con software que no obedecen. Cada vez que Argentina renuncia a su desarrollo, alguien en Washington sonríe. Y no es por cortesía. Es por impudicia.
Alejandro Lamaisón
Fuente: Página 12