La filosofía peronista: una herramienta de la praxis
El eco de las palabras de Perón en 1949 -cuando presentó La comunidad organizada en el Congreso de Filosofía- resuena hoy como un murmullo espectral en medio del desconcierto contemporáneo. La filosofía peronista, irreverente y libre en su apropiación de la tradición occidental, se propuso como una respuesta total: un sistema capaz de superar las antinomias que habían desgarrado la historia del pensamiento. Desde Aristóteles hasta Hegel, desde Santo Tomás hasta Marx, todo era convocado para ser resuelto en la síntesis justicialista.
Ese gesto, que algunos podrían leer como arrogancia, era en realidad una apuesta radical: habitar el pensamiento universal sin servilismo, sin parasitismo, con la libertad de quien se sabe protagonista de su propia historia. Borges, el gran antagonista del peronismo, había dicho que los argentinos podían usar la tradición universal con irreverencia, “hacer lo que se nos canta”. El peronismo lo hizo, pero con un objetivo político: construir una filosofía popular, práctica, profundamente cristiana y humanista, que no se quedara en la abstracción, sino que se ensuciara en el barro de la praxis.
La frase de Perón —“mejor que decir es hacer, y mejor que prometer es realizar”— condensaba esa filosofía de acción. No se trataba de especular sobre el hombre en general, sino de resolver los problemas concretos de la vida diaria. El trabajador, “los nadie, los re jodidos” por el sistema, eran el centro de esa filosofía. Frente al individualismo liberal, que reduce lo común a la competencia meritocrática, y frente al colectivismo estatista, que convierte al Estado en único privilegiado, la tercera posición se erigía como alternativa superadora: una doctrina tomada del pueblo y devuelta al pueblo.

Los desplazados de la sociedad habían comenzado a ser el centro de la filosofía peronista. «Las patas en la fuente» simboliza ese momento de superación.
Hoy, sin embargo, el escenario ha cambiado. La tercera posición nació en un mundo dividido en dos bloques: la Unión Soviética y Estados Unidos. Ese mapa ya no existe. El colectivismo marxista se derrumbó, y el liberalismo se transformó en un capitalismo global sin alternativa visible. Lo que queda son populismos de derecha e izquierda, intentos fragmentarios de reconstruir lo comunitario en un tiempo dominado por el individualismo.
La filosofía libertaria, que Milei y sus intelectuales de cabecera exhiben como dogma, también tiene su justificación filosófica: el individuo como fin en sí mismo, la negación de la sociedad, la exaltación del egoísmo como motor. Margaret Thatcher lo había dicho con brutal claridad: “No existe la sociedad”. Esa concepción, que hoy se infiltra en las instituciones debilitadas y desprestigiadas, es la que la filosofía peronista cuestionaba desde sus orígenes.
El problema es que ya no basta con repetir las fórmulas del pasado. La comunidad organizada debe ser repensada en un contexto donde el trabajo se redefine, donde la propiedad adquiere nuevas funciones sociales, donde la identidad se construye a través del consumo y las tecnologías. ¿Qué significa hoy “los hombres que trabajan” cuando millones quedan fuera del mercado laboral? ¿Qué implica la función social de la propiedad cuando la salud, la educación y hasta la información se mercantilizan?
Una filosofía que se sostiene en el tiempo
La filosofía peronista envejeció bien porque nunca fue dogma cerrado. Su irreverencia frente a la tradición occidental la convierte en un instrumento útil para dialogar con el presente. La psicología y la antropología han demostrado que el individuo no es por naturaleza egoísta: también es gregario, también busca el nosotros. La comunidad organizada, en ese sentido, anticipó lo que hoy la ciencia confirma.
Pero el desafío es mayor: reconstruir lo común en un tiempo donde lo comunitario parece haber desaparecido. La pandemia, el aislamiento, la fragmentación digital, han erosionado los vínculos. La política ya no busca legitimación en los filósofos, sino en estrellas pop o futbolistas. Los pseudointelectuales libertarios llenan el vacío con discursos sobre consumismo e individualismo. Frente a eso, volver a poner en juego los conceptos de la filosofía peronista -especialmente el de comunidad organizada- es un acto de resistencia cultural.

La política ya no busca legitimación en la filosofía, sino por ejemplo, en algunas estrellas pop cuyo carisma les permite, al igual que el movimiento peronista, reconocerse en el pueblo y desde allí enfrentarse al poder.
Cada vez que las cosas van mal, se vuelve al origen. Los dirigentes citan La comunidad organizada como si allí hubiera una verdad a la que aferrarse. Pero no se trata de nostalgia. Se trata de repensar, de actualizar, de dialogar con el presente. La tercera posición no puede ser repetida como mantra en un mundo donde ya no existen dos posiciones. Debe ser reinventada como filosofía de lo común en un tiempo de individualismo absoluto.
El peronismo, en su versión filosófica, siempre fue praxis: salir a la calle, ensuciarse en el barro, reconocer al pueblo como protagonista. Hoy, en el tembladeral del presente, esa praxis debe volver a encenderse. No como copia de lo que fue, sino como creación irreverente de lo que puede ser. Porque, como decía Perón, “lo que el Pueblo quiere lo hemos traducido en una doctrina”. La tarea ahora es escuchar de nuevo al Pueblo, en sus nuevas formas, en sus nuevas luchas, y traducirlo en una filosofía que vuelva a organizar la comunidad perdida.
Alejandro Lamaisón