Entre la sombra del fascismo y la posibilidad del milagro
El milagro no es un acontecimiento divino, sino que es la capacidad humana de reinventar su destino, de pensar en medio del ruido, la grieta inesperada que interrumpe la continuidad del poder o del orden establecido.
El siglo XXI se nos aparece como un espejo deformado del XX: guerras que se repiten con otros nombres, líderes que evocan viejas pulsiones autoritarias, corporaciones que concentran poder como nuevos señores feudales y una conversación pública que se degrada en ruido y violencia.
Esta situación nos recuerda que las comparaciones, aunque “odiosas”, son necesarias para comprender la continuidad de las amenazas y la mutación de las formas de dominación.
Sin embargo, detenernos solo en el diagnóstico sería aceptar el abismo como destino. La tarea crítica es encontrar la fisura por donde pueda filtrarse la esperanza, el momento de ruptura que, como decía Walter Benjamin, “parte aguas y te toma de sorpresa”.
El eco del fascismo y la banalización del discurso
Muchos intelectuales contemporáneos señalan con precisión cómo los fascismos del siglo XX encuentran resonancias en líderes contemporáneos: Trump, Milei, Bukele, Netanyahu, Orbán. La violencia discursiva y la desinformación reproducida en redes sociales configuran un terreno fértil para la neo barbarie. La paradoja es brutal: en una era de hiperinformación, la conversación pública se degrada hasta el nivel del subsuelo.
Pero aquí aparece un punto clave: la banalización también abre la posibilidad de que voces críticas, aunque marginadas, encuentren canales alternativos. La misma red que difunde basura puede ser usada para irradiar lucidez. La historia demuestra que los momentos de mayor oscuridad suelen incubar nuevas formas de resistencia cultural.
El tecno-feudalismo y la mercancía del cuerpo
La concentración de riqueza en manos de corporaciones globales recuerda al feudalismo medieval. Los trabajadores se transforman en mercancía, y la tecnología se convierte en arma de guerra económica y simbólica. Sin embargo, este diagnóstico no debe llevarnos al fatalismo.

“Llaman milagro al desarrollo, pero el milagro está en el reparto”. Cartel anónimo colocado en la puerta de la iglesia de Sástago (Zaragoza)
La mutación del capitalismo abre también grietas: movimientos cooperativos, economías solidarias, redes descentralizadas que cuestionan el monopolio corporativo. El mismo sistema que convierte al cuerpo en mercancía puede ser hackeado para devolverle dignidad. La clave está en reconocer que la tecnología no es neutral, pero tampoco está condenada a servir solo a los nuevos señores feudales.
La pobreza intelectual y la posibilidad del milagro
Pese al milagro de las nuevas tecnologías comunicacionales, el nuevo siglo vino acompañado de una exuberante “pobreza intelectual” en la conversación pública, donde la reflexión profunda quedó prácticamente relegada en su totalidad.
Asimismo, la historia muestra que las anomalías -incluso las más grotescas, como el terraplanismo o el negacionismo- pueden generar rupturas inesperadas. La irrupción de discursos absurdos obliga a replantear los marcos de debate y, en ocasiones, despierta nuevas formas de pensamiento crítico.
Benjamin lo intuía: el progreso no está en la continuidad lógica, sino en los momentos de ruptura. La esperanza no surge de la acumulación lineal de ideas, sino del acontecimiento que desestabiliza lo dado.
Una salida optimista: la insurgencia de lo común
La humanidad parece caminar hacia un precipicio, pero la historia nunca ha sido una línea recta. El fascismo muta, se disfraza, se infiltra en las redes sociales y en los discursos banales, pero también genera resistencias inesperadas.
La idiotización tecnológica, esa avalancha de pantallas y algoritmos que reducen la conversación pública a ruido, puede ser revertida si aprendemos a usar la misma herramienta para construir pensamiento crítico, para devolverle densidad a la palabra.
Si el mundo está en declive, la salida no está en negar la crisis, sino en reconocer que toda crisis es también oportunidad. La violencia global, el tecno-feudalismo y la banalización del discurso pueden ser enfrentados desde lo común:
a) La memoria crítica: rescatar las lecciones del siglo XX para evitar repetir sus horrores.
b) La cooperación descentralizada: usar la tecnología para crear redes solidarias que escapen al control corporativo.
c) La insurgencia cultural: producir pensamiento, arte y narrativas que desbanalicen la conversación pública.
d) La ética del cuerpo: devolverle significación, dignidad y cuidado frente a la lógica de exterminio.
La salida optimista no es ingenua: no se trata de creer que el milagro vendrá por sí solo, sino de construir las condiciones para que ese milagro ocurra. La historia está llena de momentos donde lo imposible se volvió real: la caída de muros, la emancipación de pueblos, la irrupción de movimientos sociales que cambiaron el rumbo.
El dilema del destino y la ruptura
El pensamiento crítico nos coloca frente a un dilema: aceptar la continuidad del fascismo y el ultraliberalismo como destino, o apostar por la ruptura como posibilidad y así reconocer que el milagro no es un acto celestial, sino la capacidad humana de reinventar su historia.
El mundo está plagado de guerras y neo fascismos, sí. Pero también está lleno de grietas, de anomalías que pueden convertirse en semillas de transformación.
La esperanza no es un lujo, sino una estrategia política: creer que el abismo no es inevitable, que la humanidad puede sorprenderse a sí misma y abrir un nuevo período civilizatorio donde la conversación pública recupere su dignidad y la vida vuelva a ser el centro.
El milagro como insurgencia de lo común
Los nuevos tiempos están hechos de fragmentos, de interferencias, de voces que se cruzan en un espacio saturado. Pero en esos recortes también puede surgir la chispa de lo nuevo.
En este sentido, el milagro también estaría en la capacidad humana de interrumpir la lógica del poder, de inventar un lenguaje que no se someta al algoritmo, de devolverle al cuerpo su dignidad frente a la maquinaria que lo quiere mercancía.

La salida optimista está en la insurgencia de lo común: en la memoria crítica que rescata las lecciones del siglo XX, en la cooperación descentralizada que desafía a los nuevos señores feudales, en la ética del cuidado que devuelve sentido al cuerpo del otro.
El desafío es no rendirse al ruido, no aceptar la banalización como destino. La esperanza no es ingenua: es un acto político, una estrategia de supervivencia. Y quizá, en medio del caos, en medio de las pantallas que nos vuelve cada día más estúpidos, podamos descubrir que todavía somos capaces del milagro.
El milagro de pensar, de resistir, de crear. Pensar para entender lo que nos pasa, resistir para frenar al perverso y crear para recuperar la dialéctica superadora de la historia.
Alejandro Lamaisón