ESCENAS DE LA VIDA COLONIAL
La escena colonial se repite con una cadencia obsesiva: Javier Milei sube a un avión rumbo a Estados Unidos, como si la Casa Rosada fuera apenas una escala intermedia entre vuelos. Dieciocho viajes desde diciembre de 2023. Dieciocho gestos de subordinación.
La fecha elegida -el 4 de julio, celebración de los 250 años de independencia norteamericana- es más que un símbolo: es la confirmación de que la independencia argentina ha quedado en suspenso, sustituida por un tutelaje imperial que dicta las reglas desde Washington.
Nuevo gesto colonial: Milei viaja a EE.UU. para el Día de la Independencia© cedoc
El presidente libertario ya no gobierna Argentina. Gobierna Estados Unidos a través de él. Las decisiones se toman en inglés, se celebran en dólares, se justifican con la retórica del mercado. El balcón de Balcarce 50 se convierte en un decorado para congresistas republicanos que desfilan como dueños de casa. La foto con Mario Díaz-Balart no es diplomacia: es administración colonial.
La deuda externa es un monumento grotesco, una cifra que se multiplica como un eco interminable. No hay generación capaz de pagarla. Es un mecanismo de prisión colonial: cada dólar prestado es un grillete, cada renegociación una confesión de impotencia. Milei, que alguna vez denunció al Fondo Monetario Internacional como una “banda de ladrones”, hoy se arrodilla ante sus exigencias.
MODELO COLONIAL SIGLO XXI
La contradicción no es un error: es la esencia del modelo colonial. El Fondo presta, el país entrega. El resultado es una Argentina inviable, condenada a ser colonia financiera, con capital en Washington.
El Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) es presentado como motor de crecimiento, pero en realidad es un dispositivo de concentración. Cuatro sectores -energía, minería, agroexportación y finanzas- se expanden bajo su amparo, mientras el resto del país se hunde. Las acciones suben, los bonos se celebran, los titulares hablan de superávit. Pero detrás de cada festejo bursátil hay un plato vacío en la mesa de los argentinos. El mercado sonríe porque promete ganancias que provienen del hambre.

En el Buenos Aires neo colonial el éxito del mundo de las finanzas contrasta con la pobreza extrema
El consumo desplomado no es un dato abstracto: son alimentos no comprados, medicamentos no adquiridos, vidas interrumpidas. La inflación, que Milei definió como su gran objetivo, se convierte en un fantasma que ya ni siquiera intenta combatir. El pueblo se empobrece, los sectores concentrados se enriquecen, y el relato oficial borra los audios incómodos, las pruebas de su fracaso.
Milei miente con naturalidad porque la verdad ya no vale nada. Se presenta como víctima de un periodismo hostil cuando los medios celebran cada ajuste, cada recorte, cada señal de crueldad. La mentira es el lenguaje oficial de la Argentina colonial. El presidente es apenas un intérprete servil de un sistema perverso que lo utiliza como máscara.
Argentina ya no existe como nación soberana. Existe como territorio administrado por acreedores, como laboratorio de políticas dictadas desde el norte. El imperio americano celebra su independencia mientras nosotros entregamos la nuestra. Milei no gobierna: obedece.
Y en esa obediencia indecorosa se consuma la transformación anhelada por el topo que vino a destruir el Estado: Una Argentina soberana en republiqueta colonial, un pueblo con movilidad social ascendente en estadística bursátil, una historia plagada de guerras independentistas en fútil mercancía chocarrera.
Alejandro Lamaisón