La elección que no fue elección
La elección no fue una elección. Fue un gesto reflejo. Un espasmo colectivo. Una coreografía del miedo «kuka» ejecutada en silencio, sin épica, sin fervor. El pueblo votó como quien pulsa un botón en la penumbra. No por convicción, sino por hábito. Por la promesa de que el dolor tiene sentido si lo administra alguien que grita más fuerte.
Trump ganó. No en Estados Unidos. Ganó en Argentina. Ganó en la mente de los votantes que eligieron a Milei como su emisario. Ganó en los algoritmos que repiten su nombre como un mantra. Ganó en los fondos de inversión que no necesitan urnas. Ganó en la estética del colapso, en la lógica del shock, en la idea de que el Estado es un enemigo y el mercado una religión.
La primera minoría renovó su crédito. No a Milei, sino al modelo. Al modelo que promete libertad mientras ajusta, que habla de futuro mientras recorta jubilaciones, que invoca la palabra “despegue” mientras despide trabajadores. El ausentismo fue récord, pero no importa. Porque el ausente no existe en la narrativa oficial. No votó, no cuenta.
Si en algún lugar de la provincia, un comerciante ve su casa inundada por primera vez, culpa al pasado. A gobiernos anteriores. A fantasmas. No importa que el gobierno actual haya abandonado las obras. No importa que la avenida General Paz se haya convertido en un río. Lo que importa es la ilusión de control. La fantasía de que el sacrificio tiene sentido.
Pero el sacrificio no tiene sentido. No hay redención. Solo hay más sacrificio.
Y así, el poder se perpetúa. No por la fuerza, sino por la fe. Por la fe en que el dolor es necesario. Por la fe en que el verdugo sabe lo que hace.
Una elección polarizada
La elección fue Milei o antimileísmo. No hubo matices. No hubo espacio para la crítica. La oposición se disolvió en la polarización. La izquierda no logró articularse como opción de gobierno. El peronismo quedó atrapado en su propio espejo retrovisor. Y mientras tanto, el miedo operó como fuerza centrífuga. Como lenguaje único.
En los barrios, en las redes, en los noticieros, la consigna fue clara: “No abandonar a mitad del camino”. Como si el camino fuera una autopista hacia el abismo. Como si el sufrimiento fuera un peaje necesario. Como si el sacrificio fuera una virtud. La propaganda oficial no prometió bienestar. Prometió aguante. Prometió que estar mal es mejor que estar peor.
Y el pueblo aceptó. No por fe, sino por saturación. Porque ya no hay relato. Solo ruido. Solo una sucesión de frases vacías que se repiten como latidos. “Todos son iguales”. “No hay alternativa”. “Hay que seguir”.
En este sentido, la performance electoral del gobierno es un fenómeno que desafía la lógica. No por su eficacia, sino por su capacidad de transformar el dolor en fidelidad. Estafas con criptomonedas, coimas con remedios, vínculos con el narcotráfico: todo eso flota en el aire como una niebla tóxica. Pero no alcanza para quebrar la narrativa. Porque la narrativa no necesita verdad. Solo necesita repetición.
Una elección con varios ganadores (foráneos)
El resultado de esta elección no abre expectativas. Las cierra. Las clausura. Las únicas que se confirman son las del FMI, del Tesoro norteamericano, de JP Morgan, de Black Rock. Ellos no votaron, pero ganaron. Ganaron con cada recorte, con cada privatización, con cada jubilado que acepta su miseria como parte del plan.

Uno de los verdaderos ganadores de la elección
Los votantes, en cambio, empeoraron sus expectativas. Comerciantes que no venden. Trabajadores despedidos. Jubilados que no llegan. Pero votaron igual. Votaron como quien firma un contrato sin leerlo. Como quien acepta una condena con la esperanza de que sea breve.
Trump no necesita estar presente. Su modelo ya está instalado. Su estética ya fue exportada. Su lógica ya se volvió sentido común. En Argentina, ganó sin competir. Ganó porque el miedo es más fuerte que la memoria. Ganó porque el algoritmo lo repite. Ganó porque el pueblo, agotado, eligió el látigo que conoce.
Y así, el poder se perpetúa. No por la fuerza, sino por la repetición. Por la capacidad de convertir el colapso en rutina. Por la habilidad de transformar el dolor en paisaje.
Como diría el periodista Eduardo Aliverti en Pagina 12: “Por ahora, ganó Trump”.
Alejandro Lamaisón