BRUTALISMO: LA GUERRA CONTRA LA MATERIA
Hubo un tiempo durante el siglo pasado en el que el brutalismo arquitectónico transformó la estética de la materia en honestidad estructural, a menudo cargada de una impronta social e ideológica propia de una época revolucionaria.
Hoy el significado estructural del brutalismo trasciende la arquitectura para expandirse a todo el ámbito de la esfera social transformado en pulsión civilizatoria, como una grieta en el lenguaje: el brutalismo como guerra contra la materia, como perforación de cuerpos y territorios, como extracción infinita.
El mapa de los nombres es un mapa de combate. Nombrar la época es reconocer el adversario. Y el adversario hoy se llama brutalismo. No es sólo política ni economía, es cosmopolítica: la mina a cielo abierto que devora el planeta, la combustión del mundo. Una nueva corriente que no edifica valores, no funda civilizaciones, sólo fractura, fisura, arranca energías hasta el agotamiento.
En esta economía libidinal, esta tendencia pretende abolir el inconsciente, esa reserva de noche que nos hacía únicos. Digitalización integral, algoritmización, captura total de la materia. Pero lo que emerge no es orden, sino crueldad. Se abre paso a un virilismo desenfrenado, sin pudor ni límite, donde la imagen del padre incestuoso sustituye al padre de la ley. La culpa ya no es gozar demasiado, sino no haber gozado lo suficiente.
Los cuerpos se vuelven frontera. El brutalismo administra migraciones como guerra, como negocio, como necropolítica. Gaza como paradigma, Lesbos como campo de retención, el Mediterráneo como fosa común. Se endurecen controles, se fijan movimientos y se decide quién puede desplazarse y quién debe morir. La superfluidad de poblaciones enteras recuerda la advertencia de Arendt: el totalitarismo nace cuando la humanidad se vuelve sobrante.
Pero no todo es catástrofe. Achille Mbembe, siguiendo a Bloch, insiste en la potencia utópica de la materia. La materia no es objeto pasivo, sino tejido de relaciones, reserva de futuro. El brutalismo le hace la guerra porque teme su movimiento interno, su principio activo. Resistir es regenerar, reparar, devolver a los objetos su condición de vehículos de energía. Resistir es practicar una democracia de los vivos, una economía de bienes comunes, una des-fronterización del mundo.
El nuevo mundo quiere blanquear la noche, abolir el misterio, reducirnos a número. Pero la materia insiste, utopiza, se rehace. En cada grieta, en cada resto, late la posibilidad de otro mundo. El periodismo crítico, como escritura de la época, debe nombrar esa tensión: entre la combustión del mundo y la potencia de lo vivo. Entre el brutalismo y la utopía.
El ensayo se convierte entonces en un acto de resistencia contra esta corriente infame, repitiendo su nombre hasta revelar su núcleo vacío. Porque nombrar es combatir. Porque escribir es abrir un espacio donde la materia pueda volver a respirar.
EL RUIDO DEL BRUTALISMO POLÍTICO
Una cumbre que parece un eco, un murmullo que se expande por las pantallas y las plazas, pero que en realidad es un ruido blanco: el ruido del brutalismo político. Madrid, 29 de mayo de 2024. No es fascismo histórico, no es liberalismo ni socialismo. Es otra cosa, un fenómeno que se desliza por debajo de las categorías, que muta en la piel de la sociedad y en la mente de los cuerpos.
La escena es conocida: líderes de la ultraderecha blanca occidental reunidos, discursos que repiten clichés de supremacismo, de miedo, de guerra. Pero lo que vibra detrás no es el programa, sino la mutación antropológica. El Anthropos 2.0, como si la mente conectiva hubiera sustituido al juicio crítico, como si la dopamina de la pantalla hubiera reemplazado la ética. La multitud no sigue a Trump a pesar de sus mentiras, sino precisamente porque miente. No apoya a Netanyahu a pesar del genocidio, sino porque lo practica. La inversión del juicio ético se convierte en espectáculo, y el espectador quiere siempre el estímulo más fuerte.
El brutalismo social se instala como principio universal: la competencia como guerra, la ferocidad como norma. Milei afirma que la justicia social es una aberración y miles de jóvenes lo celebran como si fuera un himno. La empatía se ridiculiza, la solidaridad se erosiona, la civilización se desmorona. El capitalismo gore, como lo llamó Sayak Valencia, se convierte en paisaje cotidiano.

El brutalismo social encarnado en la figura estrafalaria de un presidente
La mutación tecnocomunicativa acelera el proceso. Trece horas al día expuestos a la infosfera, la mente ya no distingue entre verdad y falsedad. El juego sustituye al juicio. La excitación dopaminérgica reemplaza la crítica. El espectador quiere horror, quiere escándalo, quiere lo inesperado. Y lo obtiene.
La gran migración añade su peso. El sur colonizado empuja hacia el norte imperialista. El teléfono celular se convierte en pasaporte, en narrador de historias de persecución, en dispositivo de deseo. Las imágenes de cafés en Berlín sustituyen al arroz en los campos inundados. El miedo del norte se traduce en racismo, en genocidio, en fronteras convertidas en tumbas. El brutalismo no es sólo occidental ni blanco: Rusia, India, Israel, Argentina, cada uno con su propia versión de la indiferencia ante la muerte.
La campana demográfica se eleva hacia los diez mil millones y luego caerá. Pero antes de que caiga, dice el texto, la fuerza destructiva del Tercer Reich global puede borrar todo rastro de vida humana. El brutalismo libertario acumula energía, y esa energía parece imparable, como un ciclón que arrasa con las defensas construidas después de la Segunda Guerra Mundial.
La columna no busca respuestas fáciles. Sólo nombra el ruido, la mutación, la inversión del juicio. El brutalismo es la palabra que captura la época, el ruido blanco que atraviesa las pantallas y las plazas, la furia que galvaniza multitudes. Y en ese ruido, la pregunta persiste: ¿cómo resistir cuando la mente misma ha sido colonizada por el espectáculo?
CONTRA EL BRUTALISMO, REFUNDAR LO HUMANO
Frente a la hegemonía de lo cuantificable, frente al imperio del número y la abstracción, el brutalismo se impone como la gran maquinaria de nuestro tiempo. Todo se mide, todo se captura, todo se reduce a datos. El capital penetra cada esfera de la existencia y organiza las sociedades bajo la directiva del Big Data. Pero, como recuerda Mbembe, el viejo mundo de cuerpos y distancias, de objetos y fronteras, no ha desaparecido. Late todavía, resiste todavía.
En este choque entre la digitalización acelerada y el regreso del animismo, el brutalismo se revela como superposición estrecha entre lo económico, lo electrónico y lo biológico. Es la fusión que convierte a la humanidad en materia y energía, en combustible de un sistema que amenaza con la combustión del mundo. Esta tendencia no es sólo técnica, es proyecto último: disolver lo humano en la lógica de la extracción, abolir la singularidad en la cuantificación.

El brutalismo comunicacional, aún sin definición consensuada, se caracteriza por lenguaje ofensivo, descalificación, polarización y uso de redes para amplificar el conflicto. / Foto: BITE
Y sin embargo, allí donde todo parece perdido, emerge la posibilidad de refundación. Mbembe nos recuerda que la comunidad humana puede rehacerse, pero sólo a condición de reparar lo dañado. No basta con indignarse, no basta con denunciar. Se trata de regenerar la materia herida, de restituir la energía robada, de volver a tejer la solidaridad con el conjunto de los seres vivos.
El brutalismo quiere reducirnos a cifras, pero la materia insiste en su potencia. Quiere abolir el misterio, pero el animismo regresa como memoria de lo sagrado. Quiere transformar la humanidad en energía desechable, pero la utopía nos exige refundar la comunidad en cuidado y reparación.
La pregunta decisiva es si seremos capaces de escuchar ese llamado. Si podremos saltar, como tigres, hacia el pasado para rescatar las resistencias que nos preceden. Si podremos abrir un futuro donde la democracia de los vivos sustituya la necropolítica, donde la economía de los bienes comunes desplace la lógica de la extracción.
Nombrar el brutalismo es reconocer la herida. Resistirlo es apostar por la reparación. Y culminar este ensayo es afirmar, con fuerza emotiva, que la refundación de lo humano no será un cálculo ni un algoritmo, sino un acto de solidaridad radical con todos los habitantes de la tierra. Porque sólo reparando lo dañado podremos sobrevivir al tiempo del brutalismo y abrir paso a la esperanza.
Alejandro Lamaisón