DOMINAR, PRECARIZAR Y DISCIPLINAR
La historia argentina parece escrita por intentos sistemáticos de dominar al pueblo en capítulos que se repiten con variaciones mínimas: cada vez que el país intenta emanciparse, cada vez que la clase trabajadora conquista derechos, aparece la maquinaria del disciplinamiento. A veces con la violencia descarnada de los golpes militares, otras con la sofisticación de los organismos internacionales de crédito.
El resultado, sin embargo, es siempre el mismo: endeudamiento, precarización, pérdida de soberanía.
La contrarreforma laboral que impulsa el gobierno de Javier Milei bajo el nombre de “modernización” se inscribe en esa lógica. No es un hecho aislado, sino la tercera fase de un proceso iniciado en 1976, cuando la dictadura militar prohibió huelgas, intervino sindicatos y desmanteló la Ley de Contrato de Trabajo.
Los años noventa profundizaron la ofensiva con la flexibilización laboral, y hoy asistimos a una nueva embestida: reducción de aportes patronales, debilitamiento de la negociación colectiva, limitaciones al derecho de huelga, y un Fondo de Asistencia Laboral que transfiere recursos de la seguridad social a los empleadores. Una transferencia multimillonaria del bolsillo de los trabajadores hacia el capital.
La lógica es clara: disciplinar al trabajador, fragmentar la acción sindical, erosionar la capacidad de negociación colectiva y finalmente dominar. La contrarreforma no promete más empleo ni mejores condiciones, sino un mercado laboral más precario, más atomizado, más funcional a los intereses empresariales. En paralelo, se debilita el financiamiento de las obras sociales y se compromete el futuro de jubilados y pensionados. La “modernización” es, en realidad, un retroceso histórico.
DOMINAR EN EL PRESENTE
La contrarreforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei es otra pieza en ese engranaje de dominar: reducir aportes patronales, debilitar sindicatos, fragmentar la negociación colectiva y transferir recursos del trabajo al capital. No se trata de modernizar, sino de reinstalar un orden donde el empleador concentra poder absoluto y el trabajador queda aislado, sin protección ni horizonte de derechos.
Este guion no es nuevo. Ya en 1956, tras el bombardeo de la Revolución Libertadora, Argentina ingresaba al Fondo Monetario Internacional bajo el mando de Pedro Eugenio Aramburu.Perón había rechazado esa adhesión, advirtiendo que el FMI era un instrumento de sometimiento para dominar políticamente.
Su diagnóstico fue preciso: el organismo no estabilizó monedas ni consolidó economías, sino que las envileció, imponiendo políticas de ajuste que desmantelaron el desarrollo industrial y reprimarizaron la economía. Desde entonces, cada acuerdo con el Fondo significó más deuda, más desigualdad, más subordinación.
El FMI y las reformas laborales regresivas son dos caras de la misma moneda. Endeudar para dominar, precarizar para disciplinar. La deuda externa, que alcanzó los 1.051 millones de dólares al final del gobierno de Aramburu, se convirtió en el mecanismo estructural de dependencia.
Décadas después, el préstamo contraído por Mauricio Macri —el mayor de la historia argentina— no financió hospitales ni escuelas, sino la fuga de capitales hacia paraísos fiscales. Un fraude monumental que aún permanece impune.

No sólo es endeudar para dominar. Caputo lo hizo y lo continúa haciendo para fugar y/o para la timba financiera.
Joseph Stiglitz lo sintetizó con crudeza: “Cuando una nación está en crisis, el FMI toma ventaja y le exprime hasta la última gota de sangre”. Esa lógica se repite en cada ciclo: reducción del gasto público, privatizaciones, deterioro de servicios sociales, reformas laborales que debilitan derechos.
El objetivo no es cobrar la deuda, sino condicionar las políticas económicas de los países deudores. En Argentina, ese condicionamiento se traduce en reformas que afectan directamente la vida cotidiana: pensiones, salarios, educación, salud.
La contrarreforma laboral y el endeudamiento externo son parte de un mismo proyecto para dominar: reinstalar la ley del más fuerte, garantizar la supremacía de las elites locales y extranjeras y sacrificar la soberanía nacional en nombre de un mercado que nunca se democratiza.
La historia demuestra que cada vez que Argentina intentó emanciparse, el poder internacional y sus aliados internos respondieron con violencia, con deuda, con precarización. Hoy, el desafío es reconocer esa continuidad y resistir el “olvido planificado” que busca naturalizar la sumisión.
Porque endeudar y precarizar no son políticas técnicas: son estrategias para dominar. Y la memoria crítica es el primer paso para desarmarlas.
Alejandro Lamaisón