IA Y CAPITALISMO
La renuncia del investigador especialista en IA Jacob Coxton a la empresa Anthropic no es casual, sino consecuencia de que el científico descubrió que estos sistemas de desarrollo tecnológico podrían llegar a ser capaces de «matarnos a todos» antes del final de esta década y aseguró que esa posibilidad no es una estrategia de marketing ni una exageración, sino una realidad.
Según Coxon, Anthropic entiende mejor que otras compañías la gravedad del problema, pero está atrapada en una carrera tecnológica en la que cada empresa teme que, si no desarrolla primero una superinteligencia, otra compañía lo hará sin las mismas precauciones. Y en esta carrera alocada la humanidad depende de ello.
Por otra parte, muchos investigadores aseguran que la ilusión de que la IA es un sujeto autónomo, capaz de decidir y de moldear el mundo por sí mismo, es sólo eso: una ilusión creada por el exceso de imaginación.

Según los científicos, existe una tendencia a humanizar la IA, ya sea como ilusión o por exceso de imaginación.
El investigador del CONICET Gerardo Simari, especialista en IA y bases de datos, advierte que esa fantasía es un “sueño de drogado”, porque las máquinas no tienen intención ni horizonte humano; lo que sí existe son empresas que las usan como un medio para satisfacer sus propios intereses. Musk, con Grok, encarna esa paradoja: promete liberar la conversación de sesgos, pero en realidad la encierra en un feudo digital diseñado para sostener su poder económico y cultural.
En este sentido, el discurso sobre la “IA anti‑woke” se revela como un simulacro: no busca la verdad, sino fabricar un relato que legitime la tecnocracia de los magnates. Simari lo describe con claridad: el problema no son las máquinas, sino las malas decisiones humanas, el sesgo inevitable de los datos y la tentación de convertir la tecnología en arma o negocio.

Elon Musk (Tesla), Mark Zuckerberg (Meta) y Jeff Bezos (Amazon), los tres magnates tecnológicos más importantes de occidente.
Asimismo, Musk lo confirma desde otro ángulo: Grok no es un avance científico, sino un dispositivo metapolítico para inundar el espacio público con ruido y reforzar la lógica de la monarquía digital.
La conclusión, en clave librepensante, es que la inteligencia artificial no amenaza a la humanidad por sí misma; lo que amenaza es la alianza entre el capitalismo insaciable -y endeudado- y la fantasía de control absoluto. El peligro no está en que las máquinas “piensen solas”, sino en que los hombres que las programan decidan que el futuro debe ser un feudo gobernado por algoritmos al servicio de su propia épica.
La pregunta que queda abierta es menos tecnológica que política: ¿seguiremos aceptando que el fin del mundo es más imaginable que el fin del capitalismo?
LA IA EN EL TEATRO DE SOMBRAS
El debate sobre la IA se despliega en todo el mundo sin premisas claras y en medio de un teatro de sombras plagado de intereses comerciales. No es la máquina la que amenaza con el apocalipsis, sino los hombres que la manipulan, los hombres que la convierten en un arma, en un fetiche económico, en un dispositivo de poder.
La IA aparece como la imagen del mundo fragmentada en la pantalla rota de los dispositivos electrónico (Black Mirror): refleja la ansiedad de las naciones, la codicia de las corporaciones y la pulsión de dominio que atraviesa la historia.
En este sentido, Trump teme un frenazo regulatorio que deje a Estados Unidos detrás de China. El miedo no es a la máquina, sino a perder la carrera. Chips, energía, infraestructura, datos: la materia prima de un nuevo orden mundial. La conclusión es brutal: si la política tecnológica se organiza bajo la lógica geopolítica, todo límite se convierte en ventaja para el adversario. La regulación se transforma en sospecha, en traición.
Por tal motivo, la profecía del apocalipsis cumple una función económica. Cuanto más inevitable parece la superinteligencia, más razonable resulta invertir hoy. El miedo se convierte en modelo de negocio. La paradoja es que quienes anuncian la extinción continúan desarrollando la tecnología, porque si no lo hacen ellos, lo hará otro. Es la lógica nuclear, el círculo vicioso de la carrera armamentística: el riesgo exige acelerar, la aceleración aumenta el riesgo.

Como en toda economía planificada, en China la IA no está ajena a esta política de regulación.
China, en cambio, introduce otra narrativa. Allí la regulación y la expansión tecnológica no son términos contradictorios. El Estado regula y acelera al mismo tiempo, movilizando recursos industriales en función de una estrategia nacional. No se trata de quién llega primero a la superinteligencia, sino de qué sistema será capaz de producir la próxima gran infraestructura tecnológica. Occidente corre detrás de una máquina que aún no existe, Oriente construye la arquitectura para sostenerla.
Paranoia, conspiraciones, el murmullo blanco de las corporaciones y el lenguaje de la catástrofe. Todo esto se puede evitar si se utilizan políticas públicas capaces de orientar el desarrollo tecnológico sin caer en mitologías libertarias de autorregulación de mercado.
La IA no es el fin del mundo. El fin del mundo es la carrera por poseerla. El apocalipsis no está en los algoritmos, sino en la política que los convierte en armas, en la economía que los convierte en mercancía y en la geopolítica que los convierte en frontera.
La verdadera máquina de destrucción es el miedo. El miedo produce poder. El miedo organiza la inversión, legitima la concentración, justifica la aceleración. El miedo convence al mundo de que la llegada de la superinteligencia autogenerativa es inevitable. Y en esa inevitabilidad se esconde la trampa: no se trata de construir la máquina, sino de definir quién puede diseñar el futuro.
Alejandro Lamaisón